Que tal cómo ya empezó la cosa del Mundial, llega a la casa después de caminar la ciudad, prende la tele y sale que ya hay canción oficial, que el estadio se llama de otra manera otra vez y que, para que la fiesta salga perfecta, mejor que la gente no ande tanto por ahí en ciertos horarios, como si los que vivimos aquí fuéramos el estorbo de nuestra propia celebración.
Afuerita sigue el tráfico de siempre, la luz que parpadea en la cuadra de en medio y el que tiene que llegar al trabajo a las cinco de la mañana ni se entera de los protocolos, pero en la pantalla todo es algarabía, ajolotes y colores oficiales, uno se queda viendo y se pregunta si la ciudad está cansada o si nomás nos están pidiendo que nos hagamos invisibles un rato para que la foto salga bien.
Hace cuarenta años en el 86, el Mundial sí fue nuestra fiesta, veníamos de los terremotos la peor herida que habíamos sufrido, y todo era unidad de verdad, el ciudadano estaba al frente, el Estado se quedó chiquito y fue el pueblo el que celebró con afición, con entrega, con pasión, los que lo vivieron o lo oyeron contar lo platican con los ojos brillantes, hoy en cambio, la apatía es la que llena, no hay algarabía de verdad, no hay expectación que salga de abajo, hay protocolos, hay marketing y hay la sensación de que la fiesta es de otros y nosotros solo tenemos que no estorbar.
Lo de la contaminación es de lo mejorcito, el gobierno dice que sin coches ya no hay problema, que hay que tener paciencia y no salir tanto, total como si la termoeléctrica de Tula se apagara sola cuando hay evento grande, uno camina por estas colonias y ve que el aire sigue igual de pesado, pero ahora le echan la culpa al vecino que prende el carro para ir a ganarse la vida, la fábrica de allá arriba sigue echando humo como si nada, la ciudad respira lo mismo de siempre.
El estadio ya cambió de nombre como cinco veces en estos preparativos, cambiar el letrero es fácil, queda padre en el comunicado y da la impresión de que algo importante pasa, pero el que recorre la ciudad sabe que lo que no cambia es cómo se llega hasta allá cuando no hay Mundial: el transporte que falla, las banquetas que obligan a caminar por la calle, el trajín diario de quien tiene que moverse sí o sí, renombrar es barato, dejar que las cosas funcionen para los que las usan todo el año es otra cosa.
La fiesta se siente un poco prestada, el color oficial y el ajolote de la campaña, falta esa alegría que sale cuando la vida diaria no es un coraje constante, uno platica con la gente y se nota: no están en contra del fútbol ni del evento, están hartos de que les pidan aplaudir mientras, al mismo tiempo, les piden que se hagan a un lado, esa doble exigencia cansa porque la ciudad ya vio varias veces cómo llegan las promesas grandes de verano y se van dejando lo mismo de siempre.
Lo que podría quedar después de julio no es solo el recuerdo de la canción o del nombre nuevo pegado a la fachada, podría quedar el transporte que se arregló para el evento y se queda arreglado para los que lo usan diario, el aire que se limpia de verdad, no solo cuando hay cámaras, la seguridad que se siente en la calle sin necesidad de fechas especiales, pero esas cosas no se logran con protocolos ni con mercadotecnia, se logran con la paciencia terca de quien sabe que una ciudad se arregla para los que se quedan cuando la fiesta se acaba.
Y después de julio, cuando ya nadie hable del Mundial y las pantallas pasen a otra cosa, la CDMX va a seguir aquí, con su cansancio y con sus victorias chiquitas de todos los días, va a seguir preguntándose, sin hacer tanto ruido, si esta vez algo concreto se quedó o si nomás nos pidieron que no estorbaran para que otros pudieran presumirnos un rato, la respuesta no está en las quinielas, está en lo que pase cuando ya no haya reflectores.
