El conservadurismo que se niega a convertirse en secta.

El voto es un acto demasiado serio para tratarlo como una adhesión de por vida. No es un sacramento ni un contrato moral irrevocable. Es una decisión prudencial tomada en un momento determinado, con información siempre parcial y bajo circunstancias que no se repiten. Quien vota no entrega su juicio futuro a cambio de una promesa. Realiza una apuesta concreta: que ciertas personas, bajo ciertas condiciones, servirán mejor que otras al orden de la vida común. Esa apuesta puede —y en ocasiones debe— revisarse cuando la realidad muestra que los supuestos iniciales ya no se sostienen. Hacerlo no es inconstancia. Es la forma más elemental de seguir respondiendo por lo que ocurre.

La confusión más extendida en nuestros días consiste en convertir el voto en una forma de identidad o en una declaración de pertenencia tribal. Esta transformación no es accidental. La identidad tribal ofrece al individuo algo que la prudencia política raramente proporciona: un sentido inmediato de pertenencia, de significado y de protección frente a la incertidumbre. Al identificarse con un grupo, un líder o un relato, la persona obtiene un marco que le permite interpretar el mundo sin tener que evaluar continuamente cada hecho nuevo. La pertenencia se vuelve más importante que el juicio. La corrección de una opinión deja de ser un acto de responsabilidad y pasa a sentirse como una traición a uno mismo y a los propios. En este sentido, la identidad tribal no solo simplifica la realidad; la protege de la complejidad que la prescripción exige aceptar.

En México esta dinámica ha adquirido una fuerza particular en las últimas décadas. Por un lado, amplios sectores han convertido el apoyo a un proyecto político en una suerte de membresía casi religiosa. Se permanece dentro del grupo aunque la experiencia cotidiana muestre deterioro en la seguridad de las colonias, saturación hospitalaria, extorsión persistente sobre quienes trabajan o abandono de las responsabilidades institucionales más básicas. La lealtad ya no se mide por los frutos visibles ni por la capacidad de corregir lo que no funciona. Se mide por la constancia en repetir las palabras del relato y por la disposición a rechazar cualquier corrección como un acto de hostilidad externa. Quien cuestiona desde dentro es tratado como desertor; quien cuestiona desde fuera confirma la necesidad de cerrar filas. De este modo, el juicio político se subordina a la necesidad de mantener la cohesión del grupo.

Por otro lado, en ciertos espacios que se reclaman de la oposición o de tradiciones conservadoras, la adhesión a siglas, personalidades o modelos importados funciona también como una identidad cerrada. Aquí la pertenencia se construye muchas veces en oposición reactiva: se defiende la etiqueta o el liderazgo porque representa “lo otro” frente al proyecto dominante, aunque los resultados concretos sean pobres, incoherentes o meramente espectaculares. La revisión de una postura se interpreta como debilidad, oportunismo o falta de carácter. En estos casos, la identidad tribal no se alimenta tanto de la defensa de bienes concretos como de la necesidad de mantener una narrativa de resistencia permanente. El votante queda atrapado entre dos formas de pertenencia que, aunque opuestas en contenido, comparten la misma estructura: la lealtad al grupo o al relato se vuelve más importante que la verificación de los frutos.

En ambos casos, el votante deja de ejercer discernimiento y pasa a cumplir un rito de confirmación grupal. La identidad tribal tiene la virtud aparente de otorgar claridad y seguridad emocional, pero lo hace a un costo alto: debilita la capacidad de percibir la distancia entre lo que se declara y lo que realmente ocurre. Cuando la pertenencia se vuelve el criterio principal de juicio, la prescripción —esa sabiduría acumulada en costumbres, instituciones y experiencias probadas por el tiempo— pierde autoridad. Ya no se pregunta si una opción sigue sirviendo al orden que dice defender. Se pregunta si sigue siendo fiel al grupo al que se pertenece. Esta sustitución tiene consecuencias duraderas: empobrece el lenguaje político, reduce la posibilidad de alianzas prudentes y hace más costoso, emocionalmente, reconocer que una apuesta anterior ya no da los resultados esperados.

Russell Kirk, al recuperar la noción burkeana de prescripción, señaló que el orden moral y social no se inventa en cada generación ni se deduce de principios abstractos. Se recibe a través de la costumbre, la convención y lo establecido por uso inmemorial. La prescripción no es mera inercia ni apego ciego al pasado. Es la forma en que las generaciones anteriores prestan su experiencia acumulada a quienes, de otro modo, quedarían reducidos a su propia y limitada racionalidad privada. Su principal sanción no es la lógica de un diseño, sino su capacidad demostrada de permitir que las personas vivan juntas con cierta decencia y continuidad. Cuando se desprecia o se ignora esa herencia, la sociedad queda expuesta a los experimentos de quienes creen que pueden reconstruirla desde cero o desde un relato redentor.

El populismo, tal como se ha manifestado en México, opera de manera particularmente corrosiva sobre esta prescripción. Se presenta como una recuperación de la soberanía popular frente a instituciones capturadas y élites distantes. Sin embargo, para afirmar esa relación directa entre el líder y las mayorías, tiende a debilitar o despreciar las mediaciones que la prescripción requiere: los cuerpos intermedios, las responsabilidades locales, las costumbres arraigadas y las instituciones que limitan el poder mediante el tiempo y la experiencia acumulada. Al exaltar la lealtad carismática y la movilización emocional por encima de la continuidad y la mediación, el populismo sustituye la autoridad de lo probado por la urgencia del presente. Lo que se gana en intensidad de adhesión se pierde en capacidad de juicio sereno y en estabilidad de referentes.

Esta dinámica tiene consecuencias directas sobre la forma de ejercer el voto y de juzgar los principios. Cuando la prescripción se debilita, el ciudadano pierde referentes estables para evaluar si una opción sigue sirviendo al orden que dice defender. El voto, que en una sociedad de prescripción fuerte funciona como una apuesta prudente dentro de un marco de costumbres y responsabilidades heredadas, tiende a convertirse en un acto de confirmación emocional o de pertenencia tribal. La corrección serena de una apuesta —posible cuando existen referentes claros de lo que ha funcionado o dejado de funcionar a lo largo del tiempo— se vuelve más difícil, porque los referentes mismos han sido erosionados. Se repiten fórmulas sobre justicia, familia u orden mientras se tolera el deterioro de las condiciones concretas que permitirían que esos bienes existan realmente.

La imaginación moral que Kirk valoraba encuentra aquí uno de sus desafíos más serios. Esa imaginación permite percibir que el orden ético no se reduce a la voluntad del momento ni a la relación entre un líder y sus seguidores. Requiere la mediación de costumbres, instituciones y responsabilidades que han sido probadas por el tiempo. El populismo, al erosionar esas mediaciones en nombre de una supuesta pureza popular, empobrece la capacidad de los ciudadanos para ejercer esa imaginación. Les ofrece, a cambio, la ilusión de una relación directa e inmediata con el poder, que suele terminar reforzando la dependencia y debilitando las capacidades de juicio que la prescripción había cultivado.

El conservadurismo que Kirk reconocería no rechaza toda crítica a lo existente ni toda reforma. Rechaza, en cambio, la forma de crítica que procede destruyendo las condiciones mismas de la prescripción: la continuidad, la mediación y la prudencia. Por eso la revisión de una apuesta política, cuando está fundada en la observación atenta de los frutos, puede ser el acto más fiel a la prescripción. No se trata de romper con la herencia. Se trata de impedir que la herencia se degrade en mera repetición de fórmulas mientras la realidad cotidiana la desmiente.

Quien se deja formar por la prescripción que Kirk recuperó sabe que la tradición no es un refugio estático ni una coartada para no mirar. Es una responsabilidad viva que se ejerce con prudencia, con atención sostenida a los frutos y con la humildad de reconocer que ninguna generación tiene la última palabra sobre lo que merece transmitirse. Esa humildad es la que permite corregir una apuesta sin perder el norte. Y es también la que impide que el conservadurismo se degrade en otra forma de tribalismo o de espectáculo. Queda, al final, la cuestión de si estamos dispuestos a ejercer esa responsabilidad en las circunstancias concretas que nos han tocado, o si preferimos la comodidad de repetir fórmulas mientras la realidad sigue su curso.

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