La CDMX que aún late en el silencio de sus plazas, libertad que se proclama sin mirar a la familia

Como quien ha visto nacer y crecer esta Ciudad de México entre el rumor de sus mercados y el reposo de sus plazas al atardecer, no puedo sino detenerme un instante, con esa quietud que dejan los años de esfuerzo propio y la observación serena de lo que permanece, ante esa reforma al Código Penal local que, aprobada casi sin ruido a finales de marzo, eleva la edad para ciertos delitos de estupro e incesto de doce a quince años y en el mismo gesto casi imperceptible, abre un espacio donde el consentimiento de los jóvenes entre quince y diecisiete años se torna jurídicamente válido ante adultos, siempre que no medie violencia explícita o engaño probado, lo que en la práctica deja a miles de adolescentes expuestos a dinámicas de poder que nadie en su sano juicio negaría y sin embargo la narrativa dominante prefiere vestir de progreso técnico y alineación con recomendaciones internacionales, como si el corazón de una metrópoli que late con el pulso de familias enteras pudiera reducirse a un ajuste normativo sin consecuencias para el tejido mismo de lo que somos.

Uno camina por el Centro Histórico o por las colonias de Álvaro Obregón, se detiene ante un puesto de tacos donde un padre enseña a su hijo el valor de la palabra empeñada y se pregunta, con esa melancolía que no es lamento sino invitación a la pausa, cómo es posible que se celebre como avance la idea de que un muchacho o una muchacha de dieciséis años pueda, en nombre de una libertad que nadie ha definido con el rigor que merece, consentir una relación sexual con alguien que le dobla la edad, cuando jurídicamente aún no puede firmar un contrato de arrendamiento sin tutor, ni adquirir una propiedad, ni siquiera votar en las decisiones que moldean el futuro de esta ciudad que tanto amamos; ahí reside la contradicción que se envuelve en terciopelo de modernidad, esa que promete empoderamiento mientras erosiona, de manera casi imperceptible, la protección que el orden social debe a los más vulnerables, porque la verdadera libertad responsable no es un cheque en blanco entregado a la inmadurez emocional, sino un marco de contención donde la familia, primer y último refugio de la dignidad humana, pueda traducir lo universal en lo concreto sin que el Estado se arrogue el derecho de experimentar con el desarrollo psicosexual de quienes aún están formándose.

Y sin embargo, la CDMX que yo conozco y defiendo con el tesón callado de quien ha invertido en ella su vida entera no es un laboratorio de significados flotantes ni un escaparate de narrativas redentoras; es el lugar donde madres y padres, abuelos y tíos sostienen con callado heroísmo hogares que resisten la presión económica y la desintegración cultural, donde un pequeño negocio familiar en la colonia Roma o en Iztapalapa representa no solo sustento sino también escuela de responsabilidad, solidaridad y donde la inseguridad que obliga a una señora de sesenta y tres años en Chamontoya a defender a su hijo con un arma no surge del vacío sino de un orden social que se resquebraja cuando las instituciones prefieren priorizar el gesto simbólico sobre la protección real, invitándonos a reflexionar, en la quietud de la noche, si no estaremos confundiendo la ampliación de derechos con la renuncia a cuidar lo frágil.

La crítica, pues, no nace de la indignación histérica sino de la observación piadosa de quien ha leído lo suficiente como para saber que ninguna reforma legislativa, por bien intencionada que se proclame, puede sustituir el rol insustituible de la familia como pilar de la comunidad de escala humana; porque cuando se reduce la protección automática y se exige prueba de engaño para calificar un abuso, se está trasladando a los jóvenes la carga de demostrar su propia vulnerabilidad en un contexto donde las redes sociales, la brecha económica y la ausencia de acompañamiento afectivo multiplican los riesgos y el costo, como siempre, lo pagan las colonias populares, las madres solteras y los abuelos que aún cargan con la crianza que el sistema no alcanza a cubrir, obligándonos a preguntarnos, con humildad, si el verdadero progreso no consistirá precisamente en fortalecer aquello que nos hace humanos antes de declararlo obsoleto.

No se trata, claro está, de volver a un pasado idealizado ni de negar el diálogo con el mundo; se trata de reconocer, en la pausa reflexiva que exige todo amor verdadero por esta ciudad, que el progreso verdadero no consiste en derribar barreras sin medir sus consecuencias, sino en fortalecer, con inteligencia y respeto, aquello que permanece: la familia como primer espacio de traducción entre lo universal y lo concreto, la propiedad entendida como raíz de responsabilidad y no como mero título especulativo, el orden social que permite a esta ciudad brillar como polo económico y cultural del país sin que su corazón se desangre en experimentos ideológicos que, al final, dejan más solos a quienes más necesitan amparo.

Por eso invito, con la humildad de quien ha construido desde abajo y sabe que la pluralidad no es debilidad sino garantía de acierto, a un diálogo abierto y sin descalificaciones previas: que el Congreso convoque mesas con padres de familia, psicólogos del desarrollo, empresarios que generan empleo y representantes de todas las corrientes políticas, no para derogar por capricho sino para corregir efectos no deseados con evidencia científica sobre el cerebro adolescente; que se fortalezcan, en paralelo, programas reales de educación afectiva en las escuelas públicas, incentivos fiscales para microempresas familiares y campañas de prevención que hablen claro de riesgos sin eufemismos; que se recupere la seguridad en las calles con inteligencia y coordinación, porque una ciudad donde las familias puedan pasear los domingos sin miedo es la única que merece llamarse digna de su herencia mexicana y en esa contemplación serena radica quizá, la única forma de honrar lo que realmente importa.

Al final, la CDMX que amo no se mide por cuántas reformas se aprueban en silencio ni por cuántas libertades se proclaman en abstracto, sino por cuántos vulnerables se protegen en lo concreto, por cuántas familias se sostienen en pie y por cuánta responsabilidad se asume con la herencia que recibimos y la que dejaremos; y en ese sentido, quizá la única revolución que aún vale la pena sea aquella que, sin alzar la voz, pone al ser humano —con su dignidad intacta, su familia como centro y su libertad como ejercicio responsable— en el corazón mismo de cada decisión pública, invitándonos a seguir caminando estas calles con los ojos abiertos y el corazón sereno.

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