La cruz que el mundo moderno no soporta y que sin embargo, sigue sangrando en silencio, desde las sabanas africanas hasta los altares profanados de Occidente
En un mundo que se proclama emancipado de todo relato trascendente y que celebra cada amanecer como el triunfo definitivo de la razón autónoma sobre las tinieblas del dogma, resulta de una ironía casi cruel, casi piadosa, constatar cómo la figura misma de Cristo se ha convertido, una vez más, en el enemigo número uno de todos los poderes que aspiran a dominar el alma humana sin rendir cuentas a nada superior, porque mientras en Nigeria los fulani y los remanentes de Boko Haram siegan vidas por millares —tres mil cuatrocientos noventa solo en el último ciclo, según esos informes discretos que se publican y luego se archivan como reliquias incómodas que nadie quiere hojear con detenimiento—, dejando viudas que entierran a sus hijos bajo cruces improvisadas y aldeas enteras convertidas en cenizas como si la mera presencia de un crucifijo bastara para justificar la carnicería que arranca el pan de la mesa familiar y el canto de la misa dominical, en Jerusalén los misiles caen peligrosamente cerca del Santo Sepulcro y de los lugares más sagrados del cristianismo, recordándonos que la Ciudad Santa no es solo un museo de la fe antigua sino un campo de batalla donde la cruz vuelve a ser blanco de un odio que no distingue entre historia y presente, entre niño que juega en el atrio y peregrino que busca consuelo en la piedra que una vez guardó el cuerpo de Cristo.
Y uno se detiene, con esa melancolía serena de quien ha leído demasiados anales medievales y ha visto cómo las mismas llamas devoran una y otra vez lo que permanece, a observar cómo en Líbano, esa tierra que alguna vez fue faro de convivencia entre credos, la guerra ha destruido parroquias enteras en el sur, ha obligado al éxodo de comunidades centenarias y ha cobrado la vida de sacerdotes que solo pretendían ofrecer consuelo en medio del fuego cruzado, como si la fe que allí arraigó desde los tiempos apostólicos fuera ahora un estorbo que el conflicto moderno puede borrar sin que nadie levante la voz con la misma urgencia que se reserva para otras causas más fotogénicas, ni siquiera en la vieja Europa, cuna de catedrales y de aquella cristiandad que supo humanizar el continente, escapa esta persecución sorda: en Francia, donde centenares de iglesias sufren cada año profanaciones, incendios intencionales y vandalismo que las autoridades clasifican con pudoroso eufemismo, dejando altares vacíos que ya no resuenan con el eco de himnos antiguos y en Irlanda, donde parroquias históricas son atacadas o abandonadas al olvido secular como si la isla que una vez envió misioneros al mundo entero hubiera decidido ahora borrar sus propias raíces con una indiferencia que linda con el suicidio cultural, con el silencio de los bancos donde antaño se arrodillaban abuelos que contaban historias de santos a sus nietos.
Pero la cruz no se detiene en los confines de África o de Oriente Medio, ni se conforma con las profanaciones europeas, porque en Nicaragua la dictadura ha convertido la fe en enemigo público número uno, prohibiendo más de dieciséis mil quinientas procesiones y actos religiosos desde 2018, perpetrando más de mil setenta ataques directos contra la Iglesia católica, confiscando propiedades eclesiales y forzando al exilio a más de trescientos religiosos —obispos, sacerdotes, monjas— que ahora, desde lejanos refugios, lloran la pérdida de sus templos y de su pueblo, mientras miles de policías rodean los altares para que ni una misa, ni una misión puerta a puerta, ni un viacrucis escape a la vigilancia del régimen, como si la Iglesia, única voz independiente que aún osa recordar al pueblo que la dignidad no se negocia con el poder, fuera un peligro mayor que la miseria misma y uno imagina al sacerdote anciano arrancado de su parroquia, al niño que ya no podrá recibir la primera comunión en el lugar donde sus abuelos se casaron, al silencio que cae como losa sobre las plazas donde antes resonaba el “Viva Cristo Rey”, porque Cristo, el Enemigo Número Uno, sigue siendo el único que se atreve a cuestionar la divinidad del Estado totalitario.
Y aquí, en el propio México, donde la violencia de los cárteles no distingue entre fiel y pastor, se suman noventa y dos asesinatos de sacerdotes, religiosos y laicos vinculados a la parroquia desde 1990, con trece solo en los últimos siete años y casos recientes que manchan de sangre los preparativos de Semana Santa, mientras iglesias son robadas, profanadas o convertidas en escenarios de masacres —como la de ocho jóvenes en Salamanca— y el crimen organizado ataca a los líderes que se atreven a denunciar la corrupción o a proteger a sus comunidades, dejando viudas de mártires que aún sostienen el rosario con manos temblorosas y familias que entierran a sus padres bajo la misma cruz que los unió en vida, convirtiendo la cruz en estandarte de resistencia que se paga con sangre real, con cuerpos acribillados que los informes oficiales prefieren catalogar como “daños colaterales” y que sin embargo, siguen clamando desde la tierra como la sangre de Abel, porque en las tierras donde el narco erige su propio altar de poder absoluto, Cristo sigue siendo el Enemigo Número Uno, el que no se compra ni se silencia con plomo.
Ni siquiera en los Estados Unidos, ese faro que se pretende guardián de libertades, queda exenta la cruz del asedio: más de cuatrocientos incidentes de hostilidad contra templos en un solo año reciente —vandalismo con mensajes anticristianos, grafitis satánicos, incendios provocados, disparos y hasta explosivos en altares—, donde iglesias pentecostales, católicas o protestantes son marcadas como objetivo por un odio que ya no necesita machetes africanos ni misiles iraníes, sino que se basta con la indiferencia cultural y el silencio cómplice de quienes ven en toda afirmación de lo sagrado un obstáculo para el progreso ilimitado, dejando a los fieles que entran a orar con el corazón encogido ante la posibilidad de que el próximo domingo sea el último, porque en la patria del individualismo triunfante, donde el mercado y el Estado se reparten el alma del hombre, Cristo sigue siendo el Enemigo Número Uno, el que recuerda que la libertad verdadera no se mide en compras ni en votos sino en obediencia a una verdad que trasciende ambas.
Es curioso y a la vez profundamente revelador, cómo el progresismo que se erige en defensor universal de las minorías elige con tanto esmero cuáles merecen su abrazo público, ignorando que estos ataques —ya sean los machetes en las sabanas de Nigeria que dejan huérfanos gritando el nombre de sus padres, los misiles sobre los santuarios de Jerusalén que profanan la memoria misma de la Pasión, las bombas que arrasan parroquias libanesas, las profanaciones en Francia e Irlanda que apagan lámparas de santos, la represión sistemática en Nicaragua que exilia la voz de los pastores, la violencia cartelera en México que silencia a los que protegen a los pobres o el vandalismo creciente en los Estados Unidos que mancha de odio los muros donde se predicó el amor— no son meros incidentes aislados sino la prueba irrefutable de que Cristo es el Enemigo Número Uno de todo orden que se pretenda absoluto sin Él: del islamismo radical que no tolera rivales, de las dictaduras ateas que ven en la cruz un llamado a la rebeldía, de los cárteles que no admiten otra autoridad, del secularismo ilustrado que ha decretado que la fe es un virus del pasado y del liberalismo de consumo que confunde la dignidad con el derecho a elegir cualquier cosa menos la verdad.
La vieja cristiandad, con su memoria lenta de santos y su caridad que no espera subsidio estatal, se encuentra perseguida no solo por fanáticos armados o dictadores ateos, sino por el silencio cortés de quienes, en nombre de una neutralidad vacía, han decretado que ciertas víctimas ya no cuentan porque su fe les recuerda incómodamente que la dignidad humana no se negocia en las urnas ni se compra en los centros comerciales, que la cruz no es un símbolo vintage sino un madero donde aún hoy se clavan vidas enteras y que Cristo, precisamente por ser el Verbo encarnado, sigue siendo la piedra de escándalo que ninguna ideología redentora del presente logra digerir.
Y así, mientras la sangre de la cruz une continentes —de las aldeas africanas donde el humo de las iglesias quemadas sube al cielo como incienso invertido, a los templos confiscados de Managua donde el eco de la misa prohibida aún resuena en el alma, a las parroquias amenazadas de Guanajuato donde un niño aprende a rezar en secreto o a las iglesias vandalizadas de Filadelfia donde el altar profanado espera el regreso de la fe—, el mundo sigue avanzando con paso ligero hacia su próxima gran narrativa redentora, como si esta persecución, esta muerte, esta sangre vertida por Cristo no fuera también la nuestra, como si la fe que civilizó Occidente pudiera descartarse sin que el vacío resultante se llenara de barbarie disfrazada de modernidad, sin que el corazón humano se resquebrajara un poco más cada vez que ignora el grito de sus hermanos, porque al final del día lo que el siglo XXI no tolera no es la violencia en sí misma sino la humilde certeza de que solo lo que se paga con la propia vida merece llamarse verdad.
Quizá, si esta indiferencia selectiva no será el signo más elocuente de que hemos perdido algo irrecuperable, algo que ni todos los convenios internacionales ni todas las cumbres virtuales podrán restituir: la humilde certeza de que Cristo, el Enemigo Número Uno de los poderes de este mundo, sigue siendo, paradójicamente, el único que puede salvarlo.
