La banca no “da” al país; cobra al país

La Presidenta pronuncia, con la calma de quien ya sabe que el auditorio asentirá antes de que termine la frase, que “la banca tiene mucho todavía que darle al país” y los banqueros, en efecto, asienten, sonríen con esa cortesía profesional que oculta más de lo que revela, comprometen elevar el crédito bancario del 38 al 45 % del PIB para 2030 como si fuera un regalo envuelto en papel tricolor, hermoso simulacro de concordia, sin duda, pero uno que invita a preguntarse cuánto teatro político cabe en una sola frase tan aparentemente generosa.

Porque si observamos con atención, sin dejarnos seducir por el brillo de los reflectores en Cancún, lo que se escenifica no es tanto una alianza patriótica cuanto una transacción velada: el Estado, que durante décadas ha mirado a la banca privada con la desconfianza de quien sabe que el capital siempre busca su propio interés antes que el bien común, ahora le ruega, casi le suplica, que “dé más”, como si el crédito fuera un acto de caridad y no el mecanismo mediante el cual un puñado de instituciones concentra poder económico, acumula utilidades récord en épocas de tasas altas y cuando conviene, retrae el flujo hacia los sectores que menos rentabilidad prometen, dejando a las pymes, a las familias de ingresos medios, a las comunidades rurales en el limbo de la exclusión financiera que México arrastra desde hace generaciones.

La banca no “da” al país; cobra al país y lo hace con una precisión que haría sonrojar a cualquier prestamista medieval: comisiones por todo, tasas que en muchos casos duplican la inflación real, requisitos que convierten el acceso al crédito en un laberinto burocrático diseñado para filtrar a los débiles, mientras los grandes corporativos obtienen líneas casi ilimitadas con condiciones preferenciales que nadie cuestiona en voz alta y sin embargo allí está la Presidenta, pidiendo más de lo mismo, celebrando el compromiso de llegar al 45% del PIB como si ese número mágico resolviera el estancamiento del 0.8 % anual, como si bastara con inyectar más deuda privada para que la prosperidad compartida deje de ser un eslogan y se convierta en realidad tangible para el tendero de la esquina o el agricultor que aún espera que el banco le preste para comprar semilla sin hipotecar tres generaciones.

Uno no puede evitar recordar, mientras escucha el eco de esos aplausos medidos, cómo la misma banca que ahora promete inclusión financiera fue la que en crisis pasadas, exigió rescates públicos con dinero de todos para salvarse a sí misma, cómo ha contribuido a la concentración de la riqueza en pocas manos, cómo su digitalización tan celebrada —pagos sin efectivo en gasolineras y casetas— termina siendo otra herramienta para capturar datos, para monetizar comportamientos, para convertir al ciudadano en un perfil de riesgo que se califica en segundos y se descarta en menos y todo ello envuelto en el discurso de la modernidad, de la innovación que “construye el futuro”, como reza el lema de la convención.

¿No resulta paradójico, querido paseante de estos claustros imaginarios, que en un régimen que se proclama defensor de los humildes, el gran aliado invocado sea precisamente el sector que menos ha democratizado la riqueza en las últimas décadas?, que se le pida “más” a quien ya retiene lo suficiente como para decidir en buena medida, quién crece y quién se estanca, que la voluntad popular, convertida en dogma, termine delegando en banqueros la traducción práctica de esa voluntad, como si el crédito bancario fuera el nuevo maná que caerá sobre las pymes y no un instrumento que históricamente, ha premiado la escala y castigado la precariedad.

Por supuesto que el crédito es necesario, que sin él la economía se asfixia, pero la verdadera pregunta, la que nadie formula en el podio tropical, es si este aumento prometido llegará realmente a quien lo necesita o se quedará, una vez más, en los circuitos cerrados de siempre, en los proyectos faraónicos que benefician a los cercanos al poder, en la especulación disfrazada de inversión productiva, mientras la familia mexicana —esa célula terca que resiste— sigue dependiendo de remesas, de transferencias directas o de la informalidad que el sistema financiero formal nunca ha sabido ni querido abrazar del todo.

Dejemos pues, que el coro suene en Cancún, que los flashes capturen la sonrisa de concordia, pero mantengamos la sospecha serena de quien ha visto demasiadas promesas disolverse en el aire caliente del Caribe: porque la generosidad verdadera no se mide en porcentajes del PIB ni en compromisos de convención, sino en la capacidad real de que un hombre común, con tres hectáreas y una idea modesta, pueda pedir prestado sin vender su alma al algoritmo o al burócrata de turno.

¿O será que al final, todos hemos aprendido a conformarnos con que la banca “dé” un poco más de lo que ya nos quita con elegancia?

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