En estos días de marzo del 26, cuando el PRI conmemora su nonagésimo séptimo aniversario y Alejandro Moreno despliega, una vez más, sus diez razones para una gran alianza con el PAN y Movimiento Ciudadano, uno percibe en el gesto no tanto la urgencia de una visión compartida sino el eco de una pregunta que nadie formula en voz alta: ¿qué defendemos exactamente, más allá de desplazar al que hoy ocupa el poder?, porque el discurso, fluido en su retórica de salvación nacional, se detiene siempre en el umbral de lo negativo, repitiendo que la división beneficia al régimen, que rechazar la coalición es cerrar los ojos ante la realidad, que sin unión la oposición sirve involuntariamente a Morena, pero en ningún momento se abre, con la serenidad que merece el asunto, a nombrar qué México se construye una vez que el sillón cambie de manos, qué contrato social se renueva, qué cohesión profunda se ofrece a un pueblo que ya no compra promesas abstractas sino certezas cotidianas.
Es como si la oposición, en su conjunto, hubiera entrado en una amnesia selectiva, donde el mapa de sus antiguas convicciones se ha borrado para dejar solo el contorno del adversario, reduciendo la política a una operación de sustracción pura, un desalojo calculado que no necesita justificar el después porque el después, se supone, llegará por inercia y sin embargo la historia enseña, con la paciencia de un grabado antiguo, que los relevos sin relato propio terminan pareciéndose al régimen que desplazan, porque el vacío ideológico se llena con las mismas prácticas que se criticaban: el clientelismo disfrazado de pragmatismo, la centralización justificada por eficiencia, la promesa convertida en dogma que no admite fisuras.
Mira la escena que se repite en estas semanas: mientras Morena impulsa su reforma electoral, con la tenacidad de Sheinbaum que la presenta incluso sabiendo que tropieza con resistencias internas –el PT y el Verde que defienden sus espacios de representación y financiamiento, revelando que la unidad oficialista también es condicional cuando toca el presupuesto y las cuotas de poder– el bloque gobernante sostiene su avance no por unanimidad absoluta sino por un arraigo que traduce la entrega diaria en lealtad inquebrantable, mientras la oposición, fragmentada entre el cálculo del PAN que prefiere preservar cualquier cosa menos su identidad conservadora, la ambigüedad de Movimiento Ciudadano que apuesta al pacto directo con la ciudadanía y el PRI que ruega por coalición como último salvavidas, debate tácticas sin articular una afirmación positiva que responda a las preguntas que el desencantado lleva en el bolsillo: ¿dónde queda la familia como primer espacio de traducción entre lo universal y lo concreto, sin intermediarios estatales que la sustituyan?, ¿cómo se protege la comunidad de escala humana frente a la abstracción que devora lo local?, ¿en qué se convierte la propiedad cuando deja de ser raíz de responsabilidad transmitida de padres a hijos y se reduce a título especulativo o a dádiva condicionada?
Porque el verdadero déficit no está en los votos que se dispersan –aunque esa dispersión importe en distritos clave–, sino en la ausencia de una cohesión social que sume, un relato que convenza no con el rechazo al mesianismo contemporáneo, al populismo sentimental que convierte la voluntad popular en infalible y la crítica en pecado, sino con una defensa oblicua de lo permanente: los saberes lentos que resisten los programas quinquenales, las tres hectáreas propias y una biblioteca familiar como antídoto contra el mercado infinito y el Estado omnipresente, la tradición católica interrumpida pero no cancelada que aún ofrece un contrapeso a las narrativas que se proclaman absolutas sin admitir contradicciones.
Cuando lo único que une es el deseo de arrebatar el poder, el poder regresa intacto con otro nombre, porque un movimiento que no ofrece más que la alternancia sin alma termina siendo un espejo del que combate y el voto, ese juez silencioso que camina por calles mexicanas al atardecer, percibe el cálculo oportunista antes que la convicción arraigada, prefiere la certeza tangible del régimen –aunque sea clientelar– a las promesas vagas de quienes parecen haber olvidado por qué entraron alguna vez en la arena pública.
Imagina que paseamos juntos por una de esas calles donde una familia reúne aún a sus miembros alrededor de la mesa, donde se reza en voz baja antes de la cena, donde el sentido común resiste ser colonizado por significantes vacíos que prometen redención total y pregúntate si la oposición recuperará su voz no forzando alianzas por pánico electoral sino recordando, desde lo concreto y lo humilde, qué defiende con el alma entera: no solo el desalojo de un ocupante, sino un México donde la libertad se mida en responsabilidad compartida, la comunidad en escala humana prevalezca sobre la abstracción devoradora y lo permanente –esa herencia de siglos que no cabe en un sexenio– se lea con ojos nuevos, sin nostalgia paralizante ni fe ciega en el mañana que llega solo.
¿O será que, en el silencio que sigue a estos llamados repetidos, lo que emerge no es la coalición salvadora sino la invitación callada a repensar, desde las raíces mismas, qué cohesión social merece ser defendida antes de que el poder, cualquiera que lo detente, termine devorándola toda?
