Ayer, 1 de marzo de 2026, la Plaza de la Constitución se convirtió, una vez más, en el corazón palpitante de México, cuatrocientas mil almas —según cifras oficiales del Gobierno de la Ciudad— se congregaron para escuchar a Shkira cerrar su gira “Las Mujeres Ya No Lloran”, superó con creces el récord anterior y dejó imágenes que recorrerán el mundo: familias enteras cantando bajo el cielo de la capital, jóvenes y abuelos compartiendo el mismo ritmo y la bandera mexicana ondeando al final en manos de la artista colombiana que tantas veces ha llamado a este país su segunda casa.
Como empresario que ha invertido cuatro décadas en esta urbe y como político, no puedo sino celebrar lo que representa, la CDMX sigue siendo ese imán cultural que atrae talento global y genera derrama económica tangible: hoteles llenos, restaurantes trabajando a toda máquina, transporte público ajustado a última hora para evitar que la multitud se convirtiera en caos, habla de una ciudad viva, resiliente, capaz de organizar un evento de esa magnitud sin que se desbordara la violencia que tanto lamentamos en otras latitudes, habla también, de la identidad mexicana: generosa, hospitalaria, que abraza al visitante y lo hace sentir en casa.
Pero precisamente porque amo esta ciudad con todo el corazón, no puedo quedarme en la superficie festiva, el,espectáculo fue magnífico; la narrativa que se construye alrededor de él, en cambio, merece un examen sereno y sin consignas, se nos dice que esto demuestra “el éxito de un modelo”, que la multitud pacífica es prueba irrefutable de gobernanza impecable y aquí surge la primera contradicción que conviene señalar con respeto pero con claridad: la misma administración que despliega 3,800 elementos de seguridad, cierra el alcohol en el Centro Histórico y reabre estaciones del Metro a medianoche para evitar “tortura” a los asistentes, es la que día con día enfrenta contingencias ambientales, hoy no circula rutinario y reclamos permanentes por movilidad y seguridad en colonias enteras.
La libertad responsable no es un eslogan, es el principio que permite que 400 mil personas canten juntas sin que eso derive en tragedia y ese principio se sostiene gracias al orden social: policías visibles, coordinación con autoridades federales, empresarios locales que aceptaron restricciones, ciudadanos que respetaron las vallas y las indicaciones, cuando ese orden falla —y en eventos menores ya hemos visto empujones con ambulantes o sobrecarga en el transporte— la dignidad humana se resiente, no se trata de prohibir la fiesta; se trata de reconocer que la fiesta sólo es posible porque hay quienes, con anticipación y seriedad, planifican el contenedor que la contiene.
La CDMX no es solo un escenario para conciertos, es la capital económica de México, motor de más del 17 % del PIB nacional, sede de la diplomacia, cuna de instituciones centenarias y sobre todo, hogar de millones de familias que cada mañana salen a trabajar, a estudiar, a construir, familias merecen que el mismo rigor que se aplicó ayer para un evento de talla mundial se aplique también a los problemas estructurales que las aquejan: la vivienda digna en periferias, la recuperación real del espacio público en colonias donde el ambulantaje desordenado ahoga las banquetas, la preparación seria para el Mundial de 2026 que ya está a la vuelta de la esquina y que pondrá a prueba nuestra capacidad de recibir al mundo sin que el narcotráfico o la descoordinación empañen la imagen del país.
Aquí cabe una reflexión más profunda, casi semiótica: el Zócalo no es un espacio neutro, es el símbolo de nuestra continuidad histórica —azteca, virreinal, republicana, moderna—, cada vez que lo llenamos de música, de color, de vida, estamos reafirmando que México sigue siendo capaz de reunir voluntades diversas en torno a algo bello, pero ese símbolo exige reciprocidad: no podemos usarlo sólo para la foto del récord y luego olvidar que el verdadero bien común se construye en el día a día, en el respeto a la vida desde su concepción hasta su fin natural, en la protección de la familia como núcleo insustituible de la sociedad, en la libertad que no se confunde con licencia.
He conversado con comerciantes del Centro que ayer vendieron más que en todo un mes y que sin embargo, temen que el desorden informal termine por expulsarlos, escuchado a padres de familia que llevaron a sus hijos y celebran el espectáculo sano, pero se preguntan por qué no hay la misma energía para programas que fortalezcan la convivencia escolar o la formación en valores cívicos, he platicado con empresarios hoteleros que ven con optimismo el turismo cultural, pero exigen infraestructura que no colapse cada vez que hay un evento masivo, todas esas voces forman parte de un diálogo plural que no puede reducirse a “aplausos o crítica”, la CDMX que queremos es lo suficientemente madura para celebrar lo bueno y corregir lo mejorable sin que nadie se sienta atacado.
Por eso propongo, con espíritu constructivo y desde la experiencia de quien genera empleo y paga impuestos en esta ciudad:
- Un protocolo permanente de megaeventos que integre desde el diseño urbano hasta la logística de transporte y seguridad, con participación obligatoria de iniciativa privada y sociedad civil, no reinventar la rueda cada vez.
- Incentivos fiscales reales para que los comercios formales del Centro Histórico y zonas aledañas puedan prepararse con meses de anticipación y no queden a merced del ambulantaje descontrolado.
- Un fondo mixto público-privado destinado a la recuperación de espacios públicos en alcaldías periféricas, para que la “fiesta” no sea privilegio del Centro sino derecho extendido a toda la metrópoli.
- Campañas cívicas que recuerden que la libertad responsable incluye cuidar el medio ambiente (el hoy no circula de hoy mismo nos lo recuerda), respetar las normas de tránsito y priorizar la seguridad de los más vulnerables: niños, adultos mayores y mujeres.
No se trata de ser aguafiestas, se trata de ser consecuentes, la misma ciudad que ayer vibró con 400 mil voces puede y debe ser la que mañana ofrezca empleo digno, movilidad eficiente, aire respirable y calles seguras para que las familias mexicanas sigan eligiendo vivir aquí, no a pesar de su gobierno, sino gracias a un orden social que todos contribuimos a sostener.
Al final del concierto, cuando Shakira levantó la bandera de México, muchos sentimos un nudo en la garganta, ese símbolo no miente: esta es una nación grande, creativa, capaz de emocionar al mundo, pero los símbolos exigen sustancia, la sustancia de una CDMX ordenada, próspera y humana es la que estamos llamados a construir entre todos, más allá de colores partidistas, más allá de números de asistencia.
Porque al final, lo que realmente importa no es cuántos cupimos ayer en el Zócalo, sino cuántos seguiremos cabiendo mañana en una ciudad donde la dignidad de cada persona, el bien de cada familia y la libertad responsable sean el verdadero piso que nos sostenga.
Esa es la CDMX que amo, esa es la CDMX que defenderé siempre.
