El lado correcto de la Historia.

La frase “estar del lado correcto de la historia” resuena hoy con la insistencia de un mantra litúrgico, pronunciada con la misma convicción con que un monje medieval recitaba el salmo de la hora sexta, aunque sin la humildad de quien sabe que el juicio final no le pertenece, que la historia, si es que tiene un lado, lo decide un tribunal invisible y no el comité de campaña del momento, ni el algoritmo que certifica la viralidad moral.

Uno la escucha en mítines, en columnas de opinión que se creen profecías autocumplidas, en perfiles que celebran cada triunfo electoral como si la Providencia hubiera por fin tomado partido, y siempre lleva la misma estructura: nosotros (los buenos, los inevitables) contra ellos (los que ya están condenados por el tribunal del porvenir), una certeza que huele a determinismo barato, a hegelianismo de segunda mano filtrado por el optimismo publicitario del siglo XX, ese que creía que el progreso era una autopista de un solo sentido y que bastaba con subirse al coche adecuado para llegar al paraíso.

Y sin embargo, la historia, esa dama caprichosa que devora a sus amantes con la misma indiferencia con que un río arrastra los puentes que construimos, ha demostrado una y otra vez que el “lado correcto” es una ilusión retrospectiva, un juicio que solo puede pronunciarse cuando ya no hay riesgo de equivocarse, cuando los vencidos ya no pueden responder y los vencedores han tenido tiempo de escribir los manuales escolares, de renombrar las plazas, de borrar los nombres incómodos de las calles.

Piensa en aquellos que, en 1521, estaban convencidos de que el lado correcto era el de Moctezuma y los dioses que exigían corazones o en los que, en 1810, juraban que la verdadera historia marchaba con la corona y contra los insurgentes descalzos o en los que hace apenas unas décadas, firmaban manifiestos asegurando que el socialismo real era el futuro inevitable y que dudar de él equivalía a traicionar el sentido de la marcha universal, para descubrir luego, con sorpresa casi infantil, que el muro se caía y que la historia, lejos de tener un lado, tenía más bien un sentido del humor bastante cruel.

En el México de estos años, la expresión ha adquirido un sabor casi sacramental, como si la voluntad popular, canalizada por una sola figura carismática, hubiera heredado la infalibilidad que antes se atribuía al pontífice romano, y cuestionar el rumbo equivaliera a colocarse voluntariamente en el bando de los condenados por los siglos de los siglos, amén.

Pero la verdadera herejía, la que no se atreve a pronunciar su nombre en voz alta, consiste en sospechar que la historia no tiene lados, que no es una línea recta que avanza hacia la justicia o hacia la libertad o hacia cualquier otro ídolo que hayamos elevado al rango de fin último, sino más bien un tapiz deshilachado donde cada hebra se entrecruza con otras, donde el bien y el mal se mezclan en la misma trama, donde el héroe de ayer es el tirano de mañana y donde la única certeza duradera es la fragilidad de toda certeza política que se proclame absoluta.

Quizá lo más sabio, entonces, no sea apresurarse a elegir bando según el color de la bandera que ondea hoy más alto, sino cultivar una lealtad más modesta y más antigua: la que se debe a las cosas pequeñas que resisten el paso del tiempo, la mesa familiar donde se discute sin insultos, el libro que se lee despacio, la oración que se reza sin cámaras, la tierra que se cuida porque alguien tendrá que heredarla, la memoria de los que ya no están y que no pueden votar pero siguen hablando en silencio.

Porque cuando la historia pase factura, como siempre pasa, no preguntará si estuviste del lado correcto según los hashtags del momento, sino si fuiste capaz de reconocer, en medio del ruido, aquello que permanece cuando todas las banderas han sido arriadas y todos los profetas han callado.

¿Y tú, lector, qué lado crees que elegirá la historia cuando te toque rendir cuentas ante ella, no como militante, sino como simple mortal que intentó, con torpeza y con amor, no confundir el ruido del presente con la voz del eterno?

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