Horizonte conservador

Aquí estamos, lector amigo, con el INE ya sellando el último registro y las cifras de militancia circulando como actas notariales que nadie releerá con devoción inmediata. Tú, que en Valor Conservador has leído observaciones que respiran sin pedir aplausos efímeros, te detienes ante el mapa completo de Morena, Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional, Partido Verde Ecologista de México, Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano y los que acaban de cruzar la línea o están a punto: México tiene Vida, con su perfil explícitamente provida y raíces norteñas que reivindican valores éticos tradicionales; Partido PAZ, con herencia conservadora evangélica que promete rescate de la dignidad familiar aunque ya muestra disposición a alianzas pragmáticas; Somos México, surgido de movimientos cívicos que evoca instituciones y valores sin definirse estrictamente en el espectro pero evitando choques frontales en bioética.

Seguramente al igual que yo, ante la cruel realidad de no tener ningún partido conservador, te preguntas cómo se posicionan todos ellos, no solo ante el aborto y los derechos de la mujer, sino ante el entero horizonte de lo que el conservadurismo católico considera anterior a cualquier constitución o plataforma: la familia como estructura primera e irreemplazable donde lo universal se traduce en lo cotidiano sin intervención devoradora del Estado o del mercado; la propiedad como raíz de responsabilidad personal que obliga a responder por los frutos de la tierra y no como título especulativo que se compra y vende en mercados sin memoria; la comunidad de escala humana que resiste la abstracción centralizada y la disolución mercantil que reduce al vecino a consumidor anónimo; la subsidiaridad que desconfía de toda concentración de poder porque sabe que el bien común florece de abajo hacia arriba y no de planes quinquenales descendentes; la educación que forma el carácter y transmite saberes lentos antes que competencias fugaces que se olvidan con el siguiente cambio tecnológico; la libertad religiosa que reclama presencia pública para la Iglesia en la plaza sin pedir permiso al laicismo imperante; la verdad objetiva que no se somete a consensos ni a narrativas mayoritarias que cambian con la encuesta del mes; la belleza como reflejo de un orden que nos precede y nos llama en vez de expresión subjetiva que se agota en el gusto del momento.

Morena ofrece la maquinaria masiva y el acceso directo al Estado que permiten incidir en políticas nacionales, incluso proteger algún resquicio local de familia tradicional o propiedad responsable si se maniobra con astucia extrema en márgenes muy estrechos, el precio es estructural y casi ontológico: allí la familia se redefine por decreto según las necesidades del relato oficial, la propiedad se somete a intervenciones centralizadas que la vacían de dimensión ética y la convierten en variable redistributiva, la subsidiaridad se invierte hasta que el centro absorbe las decisiones periféricas, la educación se instrumentaliza para agendas que invierten la antropología cristiana desde los jardines de niños, la verdad se relativiza en nombre de un pueblo proclamado infalible, la belleza se reduce a patrimonio cultural sin vínculo divino y ante el aborto se presenta como avance civilizatorio inevitable, alineado con la jurisprudencia de la Suprema Corte que declaró inconstitucional la penalización absoluta y extendió la despenalización federal, promoviendo reformas que lo integran como derecho reproductivo sin que nadie ose cuestionarlo sin ser tildado de retroceso, dejando los derechos de la mujer enmarcados en autonomía absoluta sobre la vida del no nacido, con poco resquicio para quien ve en el feto una persona con dignidad ontológica.

Partido Acción Nacional conserva una herencia doctrinaria que aún permite evocar familia tradicional, subsidiaridad o propiedad responsable en campañas, ofreciendo espacio donde lo trascendente podría encontrar eco sin expulsión inmediata, pero ese eco rara vez resiste comisiones donde la defensa de lo no negociable se modula hasta retórica vacía que no incomoda a nadie, la libertad religiosa se negocia con laicismo dominante, la educación prioriza competencias técnicas sobre formación moral, la belleza se reduce a patrimonio turístico sin vínculo divino y ante el aborto se rechaza como mal grave, oponiéndose a la interrupción voluntaria, reconociendo el fallo de la Corte pero insistiendo en proteger la vida y apoyar a la mujer en vulnerabilidad antes, durante y después del embarazo, respirando doctrina social católica aunque en la práctica se diluya ante presiones electorales, convirtiéndose en resistencia defensiva más que en propuesta transformadora.

Partido Revolucionario Institucional con su pragmatismo centenario evita rupturas y permite equilibrar agendas sin perder relevancia, pero esa moderación convierte lo trascendente en tema secundario mencionado en plataformas y olvidado en el poder, donde familia, propiedad y comunidad se negocian como variables electorales, subsidiaridad queda en fórmula retórica, verdad se diluye en pluralismo indiferente, educación se trata como herramienta pragmática, belleza como accesorio cultural, el aborto se maneja como conciencia individual sin impulsar expansión ni oponerse con fuerza, alineándose tácitamente con jurisprudencia federal sin que la plataforma eleve autonomía a principio absoluto ni vida a inviolable ontológico, un equilibrio que diluye lo permanente en variable negociable.

Partido Verde Ecologista de México y Partido del Trabajo, con cuotas legislativas seguras y financiamiento estable, aseguran presencia continua que podría insertar propuestas modestas de comunidad o propiedad responsable, pero su pragmatismo doctrinal respalda giros progresistas en bioética cuando conviene la coalición, vaciando inserciones: propiedad pierde raíz ética, comunidad autonomía real, libertad religiosa pretensión pública, educación se instrumentaliza, belleza se reduce a ecología estética, ante el aborto respaldan despenalización y acceso a servicios seguros como derechos reproductivos sin que la vida del no nacido aparezca como criterio innegociable, convirtiendo testimonio en supervivencia administrativa sin horizonte.

Movimiento Ciudadano, con defensa consistente de la libertad económica que podría alinearse limitadamente con distributismo de la propiedad, erige la autonomía individual en absoluto que redefine familia como opción equivalente, educación como habilidades sin trascendencia, verdad como narrativa personal, belleza como subjetiva, subsidiaridad como obstáculo al mercado libre, comunidad se disuelve en individualismo, libertad religiosa se reduce a tolerancia privada, ante aborto se eleva a derecho irrenunciable, promoviendo iniciativas para derogar penalizaciones y garantizar acceso, los derechos reproductivos como expresión suprema de libertad personal sin cuestionamientos morales colectivos, chocando con la visión del no nacido como ser con derechos propios.

México tiene Vida, con perfil explícitamente provida y raíces norteñas, ofrece relativa frescura que permite proclamar con menos distorsión defensa de la vida, familia tradicional, propiedad responsable, comunidad que resiste centralismo, subsidiaridad que se reivindica, educación formativa, libertad religiosa pública, verdad objetiva, belleza como orden trascendente, vehículo donde el horizonte católico podría insertarse sin diluirse en los primeros años, pero la presión por votos forzaría suavizar contornos, equilibrar provida con guiños a diversidad que diluyen antropología, negociar subsidiaridad con Estado inclusivo, tratar educación como herramienta pragmática, la promesa inicial podría transformarse en ambigüedad programática una vez que el registro y recursos llegan, ante aborto defiende vida desde concepción hasta muerte natural oponiéndose como mal intrínseco, reivindicando familia como núcleo de sociedad en estatutos sin ambigüedades, derechos de la mujer enmarcados en apoyo integral a maternidad, interrupción voluntaria no como opción legítima, convicción ultraconservadora aunque presión electoral sugiere cautela.

Partido PAZ, con herencia conservadora evangélica que promete rescate de dignidad familiar, ofrece espacio para insertar propiedad responsable y educación formativa viable en los primeros años, pero el pragmatismo que acerca al poder en turno recuerda que vehículos conservadores nacen con convicción y aprenden pronto el compromiso, subsidiaridad se defiende, comunidad de escala humana, libertad religiosa se reivindica, verdad objetiva, belleza como orden divino, aunque oposición al aborto no es absoluta ni intransigente, atentado contra vida, valores éticos tradicionales priorizan familia y dignidad del no nacido, espacio para trascendente con cautela ante oportunismo electoral.

Somos México, surgido de movimientos cívicos que evoca instituciones y valores con indefinición espectral, evita choques bioéticos frontales permitiendo equilibrar libertad religiosa con presencia pública sin marginación inmediata, pero asamblea constitutiva validó por mayoría la defensa de aborto seguro y gratuito hasta doce semanas a nivel federal, integrándolo en su plan de acción, legalización de interrupción voluntaria, derecho a decidir sin criminalización, rechazando propuestas internas para eliminar referencias, optando por postura progresista en derechos reproductivos, vida del no nacido fuera de horizonte prioritario, familia se enmarca en diversidad, propiedad se negocia, instituciones se defienden sin anclaje trascendente, verdad plural, belleza subjetiva, subsidiaridad retórica, comunidad diluida, educación pragmática, trascendente pero negociará pronto por supervivencia electoral.

Así pues, sabemos que quedarse fuera no es un gesto de pureza teatral ni una retirada que se complace en su propia soledad, sino una decisión fría y lúcida que preserva la coherencia interna como quien guarda un manuscrito antiguo en estantería polvorienta sabiendo que su valor no depende de ser hojeado por multitudes sino de existir intacto para quien algún día lo busque con verdadera curiosidad, permite seguir desarrollando en Valor Conservador argumentos que no se miden por encuestas ni por comités de partido sino por su fidelidad a lo que permanece, mantiene la misa como eje del tiempo donde lo eterno se hace presente sin necesidad de agenda política ni de postureo público, defiende el horizonte católico conservador sin tener que calcular cada palabra por su rentabilidad electoral ni suavizarla para no espantar al votante mediano que lee columnas en tabletas luminosas, evita la dilución gradual que transforma convicciones firmes en eufemismos tolerables para no perder votos, la marginalidad interna que convierte al defensor en excéntrico incómodo mientras los pragmáticos negocian alianzas con quien ofrezca más curules, la cooptación silenciosa que transforma el vehículo recién registrado en satélite de poderes mayores que lo vacían de contenido una vez que el financiamiento público y las encuestas empiezan a pesar en la balanza, aunque la desventaja sea evidente en un sistema que solo amplifica a las organizaciones con boleta y presupuesto dejando el espacio público enteramente ocupado por narrativas que ya consideran lo permanente como residuo anacrónico o como obstáculo al progreso, un precio que se paga con la certeza de que la voz no se apaga del todo porque no depende de la megafonía estatal ni de los reflectores de campaña sino de la memoria lenta que se cultiva en tres hectáreas y una biblioteca personal.

Ingresar selectivamente es entonces, el camino que se impone, no porque algún partido contenga entero el horizonte católico conservador —ninguno lo hace, ninguno lo hará—, sino porque la política mexicana no tolera ya la voz que no lleva siglas, porque el debate nacional se da en las cámaras y no en los claustros imaginarios, porque plantar aunque sea una idea en un distrito modesto o en una comisión secundaria pesa más que la pureza que se queda callada.

Pero la pregunta que queda suspendida, que no se resuelve con listas de pros y contras ni con análisis exhaustivos, que flota como un significante que nadie se atreve a anclar del todo, es precisamente esta: ¿a cuál ingresar? ¿Cuál de estas siglas permitirá que una corriente conservadora auténtica —no la caricatura sentimental que se agota en consignas ni la versión domesticada que se modula para no perder votos— se abra paso en sus filas, en sus representaciones, en sus candidatos de elección popular, sin que se convierta en mera nota al pie de página o en excusa para que el pragmatismo electoral siga su curso habitual?

¿Morena, donde la voluntad popular se erige en dogma que aplasta lo no negociable y la maquinaria masiva se mueve en dirección opuesta a la antropología cristiana? ¿El PAN, donde la herencia doctrinaria aún permite evocar la familia tradicional pero la defensa se diluye en comisiones clave y la tibieza se ha convertido en hábito? ¿El PRI, donde el pragmatismo centenario equilibra todo pero diluye lo trascendente en temas secundarios que se olvidan en el ejercicio del poder? ¿El PVEM o el PT, aliados perpetuos que respaldan cualquier giro progresista por cuotas de supervivencia? ¿Movimiento Ciudadano, donde la autonomía individual se convierte en absoluto que redefine la familia y eleva el aborto a derecho irrenunciable? ¿O los nuevos —México tiene Vida con su provida explícito que aún no ha mutado del todo, Partido PAZ con su herencia conservadora que ya negocia alianzas, Somos México que evita choques frontales pero valida el aborto hasta las doce semanas en su plan de acción— donde la frescura relativa invita a la esperanza pero la presión por sobrevivir electoralmente ya empuja a suavizar contornos, a equilibrar convicciones con guiños que diluyen la antropología, a transformar la promesa inicial en ambigüedad programática una vez que el registro y los recursos llegan?

La pregunta queda abierta, lector, porque la respuesta no está en los estatutos que hoy se escriben ni en las plataformas que se aprueban en asambleas apresuradas, está en lo que ocurra después: en los primeros distritos donde se elijan candidatos, en las primeras comisiones donde se debatan reformas, en la primera vez que la presión por votos choque con la línea que no se cruza sin fractura, en si esa corriente conservadora logra plantar semillas que germinen o si termina siendo absorbida por el pragmatismo que devora todo lo que no se negocia con encuestas.

Al cabo, quizá la verdadera elección no sea hoy la sigla exacta sino la disposición a entrar con ojos abiertos, doctrina social en la cabeza, rosario en el bolsillo y la certeza de que se saldrá cuando la línea se cruce, preguntándonos si en este México donde las siglas se suceden como estaciones pasajeras no bastará con ser el que, desde dentro, recuerda en voz baja que lo trascendente no se negocia porque no pertenece al hombre sino a Dios, dejando que la pregunta siga flotando, sin respuesta inmediata, como un eco que obliga al que lee a sospechar de sus propias certidumbres.

Dime amigo conservador ¿tú cuál vas a elegir?