La informalidad no es resiliencia heroica

La informalidad, ese 55.0 % que el INEGI acaba de confirmar para el cierre de 2025, no es un porcentaje abstracto que se debate en foros académicos o en columnas de opinión, sino el aire que se respira cada mañana en millones de hogares mexicanos, el que determina si el desayuno llega completo o a medias, si el niño va a la escuela con cuadernos nuevos o con los prestados del año anterior, si la tos persistente del abuelo se atiende en una clínica privada con deuda o se aguanta hasta que pase sola porque el IMSS es simplemente inalcanzable.

Piensa en la vendedora de tamales que se levanta a las cuatro de la madrugada en Iztapalapa o en Ecatepec, que carga su vaporera hasta el metro o hasta la esquina donde el tráfico la favorece, que gana lo suficiente para comer hoy y quizá mañana, pero sin un peso ahorrado para el día en que la lluvia la deje en casa o el gas suba otro por ciento, sin vacaciones que no sean las que impone la gripe, sin pensión que no sea la esperanza de que los hijos la mantengan cuando las piernas ya no respondan, sin aguinaldo que permita un juguete decente en Navidad o un par de zapatos para el regreso a clases.

O en el albañil de cuarenta y tantos que trabaja de sol a sol en una obra en alguna colonia de clase media o alta y que cobra por día o por avance, que no tiene contrato porque el patrón dice que así es más barato para todos, que llega a casa exhausto y con el cuerpo gritando, sabiendo que si se cae de un andamio o se lastima la espalda, la familia entera entrará en la ruleta de la caridad, de los préstamos informales con intereses que devoran, o de esperar que algún familiar en Estados Unidos mande algo por Western Union.

Mira al taxista o al repartidor de aplicaciones que recorre la ciudad de las seis de la mañana a las once de la noche, que paga gasolina, mantenimiento del auto o de la moto con lo que sobra después de la comisión de la plataforma, que no tiene seguro médico porque el del IMSS requiere trámites que no caben en su horario, que cuando el hijo se enferma grave pide prestado o vende el celular, que vive en un eterno presente porque el futuro es un lujo que no se puede permitir.

Y en la madre soltera que cuida niños ajenos en su casa de dos cuartos en Iztapalapa o en alguna periferia de Álvaro Obregón, que cobra por hora o por día, que no declara nada porque si lo hace el SAT le cobra más de lo que gana, que no tiene guardería porque no hay cupo o porque el costo excede lo que recibe, que educa a sus propios hijos con lo que le queda de energía después de lidiar con los ajenos, que sueña con que ellos estudien una carrera pero sabe que la universidad pública está saturada y la privada es un sueño imposible.

En cada uno de estos días a día, la informalidad no es solo ausencia de prestaciones, es la erosión lenta de la dignidad, la que impide planear más allá de la quincena, la que convierte la familia en un refugio precario donde el amor existe pero la estabilidad se escapa entre los dedos, la que hace que la comunidad —esa parroquia del barrio, ese grupo de vecinos que se ayudan— sea el único amortiguador frente a la enfermedad o la vejez, porque el Estado abstracto llega tarde o nunca y el mercado promete libertad pero entrega solo competencia feroz sin red.

La informalidad no es resiliencia heroica, aunque a veces se la pinte así en discursos que necesitan héroes para justificar la inacción; es la resignación convertida en rutina, el mecanismo que evita que el desempleo explote pero que condena a la precariedad perpetua, el que permite que la economía siga girando sin que la riqueza se distribuya de manera que genere responsabilidad compartida, arraigo, horizonte.

Y uno se pregunta, mientras camina por estas calles que huelen a tortillas recién hechas y a gasolina quemada, si el progreso verdadero no empezaría por hacer que el trabajo formal deje de ser un privilegio inalcanzable para convertirse en algo natural, alcanzable, deseable, no por decreto sino porque el costo de la informalidad —en salud perdida, en educación truncada, en familias que se deshacen bajo la presión— resulta al fin más caro que el de formalizar con inteligencia, con escala humana, con respeto por lo que permanece: el hogar como primer lugar de traducción entre lo universal y lo concreto, la propiedad modesta como raíz de responsabilidad, la comunidad que cuida sin esperar que el gran relato la salve.

¿Y si algún día el indicador que realmente importara fuera que una madre en la informalidad pudiera cerrar los ojos por la noche sin calcular cuántos días más aguantará antes de que todo se desmorone?