El Estado de la Unión apuntes sobre un discurso que se extiende casi dos horas para proclamar el regreso de una nación que nunca se fue del todo, pero que ahora, en febrero de 2026, se presenta como la más caliente del planeta, mientras México, ese vecino que siempre está ahí, en el borde del mapa mental yanqui, recibe el reflejo de una retórica que mezcla aranceles con murallas, promesas de seguridad con amenazas veladas y la economía como si fuera un mercado infinito donde la libertad se mide en dólares por barril.
En la noche del 24 de febrero, Donald Trump, con su corbata roja y esa gestualidad de quien ha leído demasiados manuales de ventas pero pocos tratados de prudencia política, se dirigió al Congreso en lo que se convirtió en el discurso más largo de su género en la historia moderna, casi una hora y cuarenta y ocho minutos de alabanza propia, donde la economía ruge como nunca, la inflación se desvanece, los precios de la gasolina caen, el mercado bursátil celebra y los empleos brotan en una primavera industrial que, según él, transforma a Estados Unidos de nación en crisis a la más envidiada del globo, aunque las encuestas, con su aprobación rondando el 39 por ciento y el descontento ciudadano ante la asequibilidad cotidiana, sugieran que el optimismo proclamado no resuena del todo en las cocinas donde se pagan las cuentas, recordándonos que las grandes narrativas de redención económica suelen ser más persuasivas en el podio que en el supermercado.
El tono, que comenzó en modo vendedor ambulante de prosperidad, viró hacia lo combativo, con reproches a los demócratas por no aplaudir sus logros, acusaciones de locura colectiva y un énfasis sostenido en la inmigración, ese tema que Trump maneja como un prestidigitador experto, invocando víctimas de crímenes cometidos por indocumentados para justificar una agenda de mano dura que ha reducido drásticamente los cruces ilegales en la frontera sur —casi a niveles históricos bajos—, pero que también ha generado caos en ciudades opositoras, muertes accidentales en operaciones y tensiones que convierten la frontera en un teatro permanente de control y estigmatización, donde México aparece no como socio sino como origen implícito de flujos que deben ser contenidos, ignorando, con esa selectividad que caracteriza al discurso populista, las raíces profundas de desigualdad y violencia que alimentan tales movimientos humanos.
Globalmente, el mensaje resuena como una declaración de supremacía proteccionista: tarifas que, pese al reciente revés de la Corte Suprema que las declaró en parte ilegales —un detalle que Trump calificó de “desafortunado”—, se defienden como herramienta para reequilibrar el comercio, con guiños a posibles acciones militares contra Irán o referencias al derribo de capos como El Mencho en México, todo ello en un contexto donde el “America First” se traduce en fragmentación de cadenas de suministro que afectan desde Europa hasta Asia, amenazando con elevar costos en un mundo que ya no tolera fácilmente el aislamiento disfrazado de soberanía, y donde el mesianismo del mercado fuerte choca con la realidad de comunidades que prefieren la escala humana a la abstracción devoradora del Estado o del capital global.
Para México, las implicaciones son más inmediatas y punzantes, pues la retórica inmigratoria no solo estigmatiza, sino que tensiona el USMCA en vísperas de su revisión conjunta en julio de 2026, con amenazas recurrentes de aranceles —incluso temporales del 10% sobre importaciones generales, aunque eximiendo bienes cumplidores del tratado— que confunden protección con retaliación, ignorando cómo la familia transfronteriza, esa red de lazos cotidianos que une pueblos más allá de los mercados, sufre cuando la voluntad del líder se erige en dogma infalible y la crítica en traición; recordemos las presiones por agua del Río Bravo, las negociaciones sobre fentanilo y minerales críticos, las amenazas de intervención militar contra cárteles que, aunque no se materializaron en invasión abierta, dejan un eco de desconfianza que erosiona la cooperación verdadera, esa que debería nacer de la mutua responsabilidad y no del músculo unilateral.
Y sin embargo, en medio de esta perorata maratoniana que promete renacimiento mientras refleja más desasosiego que gloria, queda la sospecha de que las fronteras, físicas o retóricas, rara vez resuelven lo que el tiempo lento ya sabe: que la verdadera fuerza reside en comunidades de escala humana, en la familia como primer traductor entre lo universal y lo concreto, en la propiedad entendida como raíz de deber y no como especulación, en una tradición católica interrumpida pero no cancelada que aún susurra contra los fascismos de buena conciencia y los populismos sentimentales; invitándonos, al final de esta larga respiración discursiva, a preguntarnos si este “turnaround for the ages” no es, en el fondo, un espejo que multiplica las fisuras en lugar de repararlas, dejando al lector con la melancólica certeza de que releer lo permanente —esas tres hectáreas, esa biblioteca, ese sentido común resistente— sigue siendo más revolucionario que cualquier discurso, por largo que sea.
