Cuando el golpe al capo enciende no solo calles sino los símbolos mismos del poder redistributivo y uno se pregunta si la fachada aún resiste o ya se resquebraja en llamas.
No resulta fácil, en esta madrugada del 23 de febrero de 2026 donde el humo de las sucursales incendiadas del Banco del Bienestar aún se eleva en Jalisco, Michoacán, Zacatecas y otros estados, afirmar con la precisión de un silogismo que México haya devenido narcoestado consumado, porque la noción exige una subordinación total, irreversible, donde el Estado no sea más que la prolongación armada del crimen organizado, donde las decisiones soberanas broten ya no de la plaza pública sino de las sierras que cocinan el fentanilo y las rutas que ignoran fronteras, y en ese umbral el país se mantiene, tambaleante, herido de muerte en muchas de sus fibras, pero sin haber cruzado del todo el abismo que separa la infiltración profunda de la captura absoluta.
Las reliquias que acumulan la sospecha son sin embargo, cada vez más elocuentes, casi como un retablo donde cada vela apagada narra una cesión: el CJNG, tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes —“El Mencho”—, abatido en el operativo de Tapalpa con inteligencia que cruzó el Río Bravo y permitió al Ejército herirlo mortalmente para morir durante el traslado aéreo a la Ciudad de México, responde con una retaliación que no se limita a narcobloqueos en carreteras ni a quema de vehículos, sino que alcanza, por primera vez en esta escala y con esta coordinación, decenas de sucursales del Banco del Bienestar —al menos veinte en Jalisco según el Gabinete de Seguridad, hasta cincuenta en reportes que suman otros estados como Michoacán, Zacatecas y Guanajuato— instituciones que no son meros bancos sino nodos vitales del aparato redistributivo federal, donde se entregan pensiones a adultos mayores, becas a estudiantes y apoyos sociales que el gobierno proclama como emblema de su transformación y en ese ataque inédito, que nunca se había visto ligado a operativos contra capos de esta envergadura, se revela algo más que furia criminal: una declaración simbólica, un asalto directo al corazón financiero del Estado en sus territorios más vulnerables, municipios medianos y pequeños donde la presencia gubernamental se reduce a esas ventanillas que dispensan lo que el narco percibe como competencia en el control social y económico de las comunidades.
Porque hasta ahora, en las olas de violencia posteriores a caídas anteriores —de capos que parecían intocables— las represalias se habían ceñido a bloqueos, quema de comercios privados, enfrentamientos con fuerzas de seguridad o ajustes internos, pero atacar masivamente al Banco del Bienestar, ese instrumento que el discurso oficial presenta como puente entre el poder central y el pueblo más desprotegido, cruza una línea que antes se evitaba o no se necesitaba cruzar y uno no puede evitar pensar que este gesto, coordinado y simultáneo en múltiples entidades, no es solo venganza ciega sino cálculo: una forma de demostrar que el cártel puede golpear donde más duele al gobierno su narrativa de inclusión, interrumpir el flujo de recursos que sostienen lealtades clientelares y quizá, en el fondo, enviar un mensaje a quienes dentro del aparato han servido de amortiguador o facilitador tácito, recordándoles que la protección no es eterna cuando el vacío de poder se abre.
Y aquí entra la reflexión que se impone: ¿será esta muerte, con su secuela de ataques a la banca estatal, el inicio de las traiciones del crimen organizado hacia los políticos que los han apoyado o tolerado? Porque la historia del narco mexicano enseña que las decapitaciónes espectaculares rara vez consolidan alianzas; al contrario, generan paranoia, vacíos que invitan a la delación, ajustes de cuentas y sobre todo, la sospecha mutua que erosiona los pactos no escritos y si el golpe contra “El Mencho” se percibe —como ya se susurra en pasillos y redes— como resultado de filtraciones internas, promesas rotas o inteligencia externa que no pudo ser vetada, entonces sí, podría inaugurarse una fase donde los cárteles, en lugar de seguir usando a sus aliados políticos como escudos útiles, comiencen a exponerlos, a castigarlos selectivamente o a reemplazarlos por figuras más manejables, acelerando la disolución de la fachada estatal, porque nada desestabiliza más un arreglo precario que la desconfianza recíproca y en ese escenario el narcoestado dejaría de ser sospecha para volverse constatación cotidiana, donde el ciudadano ya no distingue entre el funcionario y el encargo criminal.
Lo que sí se observa con meridiana claridad es ese pacto heredado de décadas, agravado por estrategias que, bajo el velo de humanismo o mesianismo popular, han permitido al crimen crecer sin confrontación frontal sostenida: se presume soberanía mientras se cede territorio, se celebra inteligencia mientras se tolera impunidad selectiva, se habla de transformación mientras la familia —ese reducto último de lo concreto— vive bajo el temor de la extorsión o la bala perdida, porque la verdadera erosión no está solo en la etiqueta de narcoestado, sino en la pérdida lenta de lo que permanece: la comunidad de escala humana donde la propiedad sea raíz de responsabilidad y no especulación, la tradición católica que ofrece un horizonte de sentido más allá de las narrativas redentoras que prometen paz con operativos mediáticos o con abrazos que ya nadie cree.
Y uno se detiene, en esta pausa obligada por el crepitar virtual de las alertas donde todos comentan pero pocos reconstruyen, a preguntarse si estos incendios en las sucursales del Bienestar no serán el último espejismo de control estatal —un golpe que apaga un fuego para encender una docena simbólica— o si, sin ilusiones mesiánicas, podrían forzar una reconquista modesta que empiece por lo humilde: recuperar la plaza sin miedo, la parroquia que une sin uniformar, el hogar donde se enseña que la libertad no es dogma carismático ni consumo infinito sino caminar por calles propias y quizá en esa melancólica constatación quede suspendida la pregunta: ¿seguiremos llamando Estado a lo que cada vez más se asemeja a un arreglo inestable con las sombras o encontraremos antes del colapso total, el coraje callado para defender lo permanente con ojos nuevos, sin promesas absolutas que ya conocemos su final?
