La sangre que no se calla nunca

A los héroes que dieron el corazón entero, en los días que nadie contó, en los que todos olvidaron, en los que el país fingió no ver y en los que sin embargo, la patria siguió respirando gracias a ellos

Detente un instante en medio del ruido que hoy satura las pantallas y las conversaciones, no solo el alba sangriento de ayer en la sierra jalisciense ni el atardecer de hoy entre el humo que se cuela por las rendijas de casas que se han convertido en refugios provisionales, sino la procesión entera, la que se extiende desde hace décadas como una vía crucis sin estaciones oficiales, cuando un infante de Marina, en una playa olvidada de Guerrero donde el mar parece conspirar con la oscuridad, sintió el primer impacto de la ráfaga y aún así mantuvo la posición para que el resto de la unidad pudiera completar la misión o cuando un soldado, en una emboscada de Michoacán que nunca llegó a los noticieros porque no hubo conferencia de prensa ni capo abatido en el parte oficial, cubrió con su cuerpo el fuego cruzado para que sus compañeros pudieran replegarse y cayó sin que el país entero lo supiera en ese instante preciso, pero su caída, igual que las de ayer, las de hoy y las de todos los días sin nombre propio, sostuvo la línea que de no haber sido sostenida con tanta obstinación callada, habría dejado que el miedo se instalara como el clima mismo de la patria, como un invierno perpetuo del que nadie se atreve a hablar en voz alta.

A ellos, los que murieron en operativos que se archivaron como “enfrentamientos menores” o “incidentes aislados”, en emboscadas que no generaron trending topics ni hilos virales ni debates en televisión matutina, en momentos sin noticias relevantes donde solo quedaron el eco de un disparo que se pierde en la sierra o en el rumor del mar, el olor a cordita que se disipa con el viento salado o con el polvo seco del altiplano y una madre que ya no esperará a su hijo a la puerta con el café caliente o con el mole que preparaba los domingos pensando en él, va este tributo que nace del fondo más hondo del pecho, porque su heroísmo no necesitó reflectores para ser auténtico, no requirió cámaras ni likes ni discursos de tribuna ni decretos presidenciales que lo elevaran a mártir oficial, fue una elección callada, lenta, dolorosa, la de entregar el alma entera por una soberanía que rara vez les devuelve el saludo con gratitud pública, pero que sin ellos sin los del Ejército que sostuvieron retenes en la sierra bajo la lluvia de plomo, sin los de la Guardia Nacional que cerraron plazas en el centro del país cuando el crimen ya había comprado la mitad de las voluntades locales, sin los de la Marina que entraron en cuevas húmedas y en ríos donde el agua misma parecía aliada del enemigo y el enemigo parecía invencible, sin los de los cuerpos de seguridad que repelen con un revólver calibres poderosos— habría sido devorada hace tiempo por la costumbre del silencio consentido, por esa resignación que se disfraza de realismo y que convierte la patria en un significante flotante que cualquiera puede reclamar pero nadie defiende cuando el precio sube.

Piensa, si puedes, en el joven marinero que hace una década en una operación nocturna frente a las costas de Sinaloa o Colima, se persignó antes de saltar de la lancha sabiendo que la inteligencia era defectuosa y el apoyo tardaría horas o quizá nunca llegaría o en el capitán que en una madrugada cualquiera de Veracruz o Quintana Roo defendió un punto de interdicción hasta que las balas le arrancaron la vida pedazo a pedazo, sin que nadie registrara su último aliento en video ni lo convirtiera en meme patriótico ni en consigna de campaña; en los soldados que cayeron en retenes de Zacatecas o Sonora donde el desierto mismo parecía cómplice del silencio posterior, en los guardias nacionales que murieron en plazas de Guanajuato o Michoacán cuando el pueblo ya había aprendido a mirar hacia otro lado para no ser testigo incómodo; en los que murieron solos, sin testigos más que sus compañeros que aún cargan el peso de haber sobrevivido cuando ellos no, en los que dejaron viudas que custodian el recuerdo con una dignidad que hace palidecer a los que solo saben lamentarse desde la distancia cómoda de las redes sociales, huérfanos que crecieron midiendo el mundo por la ausencia antes que por la infancia, padres que enterraron hijos uniformados —de verde olivo, de azul marino, de camuflaje urbano— y aún encuentran fuerzas para rezar por los que quedan, en todos ellos, los olvidados por los ciclos noticiosos, los que no entraron en las estadísticas heroicas ni en los murales oficiales ni en los libros de texto que ya prefieren hablar de paz sin mencionar el precio que se pagó por ella, pero cuya partida acumulada es el verdadero cimiento de lo que aún queda de nación, el suelo invisible sobre el que se camina sin darse cuenta de que cada paso está amortizado con sangre propia.

Y hoy, mientras el país se estremece de nuevo —Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Nayarit, Aguascalientes, Tamaulipas, Baja California, Guerrero, Sonora, Sinaloa, Zacatecas, Quintana Roo, Nuevo León, Querétaro y ecos lejanos en otros rincones que ya no sorprenden a nadie porque la sorpresa misma se ha convertido en lujo—, con bloqueos que paralizan carreteras principales como si fueran venas cortadas de golpe, incendios que convierten avenidas en antorchas improvisadas, transporte público suspendido, clases canceladas, códigos rojos activados, familias confinadas midiendo las horas por el rumor de las sirenas y el olor a quemado que entra por las rendijas como un recordatorio de que el mal organizado aún dicta el ritmo de la vida cotidiana, el abatimiento de “El Mencho” no cierra el ciclo, lo prolonga, lo hace visible por unas horas efímeras, pero el verdadero peso no está en el cuerpo caído del capo ni en los comunicados que proclaman victoria con la misma prisa con que olvidan a los caídos, sino en la suma de todos los cuerpos que cayeron antes, en silencio, sin que su partida moviera la aguja de la opinión pública ni un milímetro, en los que sostuvieron la línea cuando nadie los veía, cuando el país prefería mirar hacia otro lado para no tener que reconocer que la soberanía se defiende con sangre propia y no con consignas, no con abrazos que se proclaman más fuertes que las balas, no con narrativas que convierten la voluntad popular en dogma infalible y la crítica en pecado mortal.

Su sangre, derramada en todos esos días sin noticias relevantes, no es solo roja, es el juramento que se cumple cuando nadie mira, es la prueba de que en México aún laten pechos capaces de amar la patria hasta el extremo de morir por ella sin esperar reconocimiento, ni monumento, ni pensión vitalicia, ni placa en el panteón de los héroes, no por medallas que se oxidan ni por estatuas que el tiempo y el vandalismo borran, sino por esa decencia antigua, casi medieval, que nos recuerda que la familia no es un concepto abstracto sino el primer y último lugar donde se traduce lo universal en lo concreto, que la comunidad de escala humana no es un lujo romántico sino la única escala en la que el hombre puede vivir sin ser devorado por la abstracción del Estado fallido o del mercado ilícito, que la propiedad —esa raíz modesta de responsabilidad que el distributismo aún defiende en voz baja— no es un título especulativo sino el suelo donde se planta la dignidad y donde, si se pierde, todo lo demás se pierde con ella.

Que los que vuelven hoy, exhaustos, con las manos que aún tiemblan del gatillo y el alma marcada por el eco de los que se fueron —los del Ejército que sostuvieron la sierra bajo la lluvia de plomo, los de la Guardia Nacional que cerraron las plazas cuando el crimen ya había comprado la mitad de las voluntades locales, los de la Marina que entraron en el mar y en los ríos donde el enemigo se creía invencible, los nombrados y los que nadie nombró, los de ayer, los de hoy, los de siempre— sientan en el pecho ese fuego quieto que no se apaga nunca: el de saber que los caídos, todos ellos, no murieron en vano, que su partida abrió un espacio estrecho, sangrante, provisional, pero real, para que otros sigamos respirando, para que un niño algún día pregunte quiénes fueron esos hombres que dieron todo sin que el mundo lo aplaudiera en su momento y reciba como respuesta no un mito pulido por la propaganda ni una consigna que caduca con el sexenio, sino una verdad sencilla y terrible: fueron héroes porque amaron más de lo que temieron y lo hicieron en los días que nadie contó, en los que el país fingió no ver, en los que la patria sin embargo, siguió respirando gracias a ellos.

¿Bastará esta sangre acumulada, la de los olvidados y la de los que hoy se nombran por unas horas, para que México despierte de su larga noche de resignación pragmática y de cultos carismáticos que prometen redención sin sacrificio o solo añadirá más humo al que ya cubre casi toda la República, recordándonos que la hidra no muere con una cabeza menos sino que crece cuando el cuerpo que la enfrenta se cansa de sangrar y prefiere el abrazo ilusorio a la lucha obstinada? La pregunta queda suspendida, como el último suspiro de un héroe que cae en un camino que nadie fotografía o en una playa que nadie nombra, mientras abajo el caos sigue escribiéndose con fuego y con silencio impuesto; pero mientras tanto, en la memoria de esos corazones que se entregaron enteros, arde una luz que ninguna hidra podrá extinguir del todo: la de quienes, cuando todo parecía perdido y nadie los veía, eligieron ser la última muralla entre la patria y el vacío, lo hicieron sin pedir permiso, sin esperar aplausos, sin otra recompensa que la certeza callada de haber cumplido.