Esas pequeñas figuras que hoy ocupan el presbiterio con la misma sotana o túnica que antaño vestían solo los niños, han vuelto a saltar a las páginas de los editoriales y a las pantallas de los dispositivos porque el papa León XIV, en una misa dominical celebrada en la parroquia de Santa Maria Regina Pacis en Ostia, permitió que dos de ellas lo asistieran junto al altar, un gesto que, aunque jurídicamente posible desde 1994, se ha convertido en noticia precisamente porque ocurre por primera vez en su pontificado, con el detalle casi folclórico de unos tenis Adidas que asomaban bajo la alba y que han alimentado, como era previsible, un torrente de memes y comentarios en las redes.
Uno observa la fotografía —el pontífice flanqueado por esas niñas que llevan ciriales o cruetas con la naturalidad de quien ha crecido en una parroquia contemporánea— y no puede evitar pensar que el verdadero debate no reside en los zapatos deportivos ni en la inclusión proclamada como triunfo inevitable, sino en lo que esa imagen revela sobre la lenta erosión de un símbolo que durante siglos funcionó como semillero callado de vocaciones sacerdotales, un lugar donde el niño varón aprendía, entre el humo del incienso y el eco de las oraciones, que el servicio al altar era un eco diminuto del sacerdocio mismo, una representación analógica del Cristo varón que ofreció su vida en el Calvario.
Desde que la Congregación para el Culto Divino, bajo Juan Pablo II, aclaró que el canon 230 §2 permitía a los obispos admitir a las niñas como ministrantes del altar —sin imponerlo como obligación—, muchas diócesis lo hicieron con entusiasmo, y en México, como en tantos lugares, las monaguillas se volvieron tan habituales que ya forman parte del paisaje litúrgico ordinario; sin embargo, cuando el obispo de Roma mismo opta por ellas en una celebración pública, el gesto adquiere una resonancia distinta, casi como si confirmara que la Iglesia, en su afán por no dejar a nadie fuera, ha decidido que la antigua costumbre de reservar ese servicio a los varones era más un residuo cultural que un elemento teológico esencial.
Y aquí emerge la paradoja que flota sobre los editoriales de estos días: mientras se aplaude el signo de apertura —y ciertamente las niñas sirven con una devoción que conmueve, con una puntualidad que avergonzaría a más de un monaguillo de antaño—, se pasa por alto, o se minimiza, la evidencia acumulada en parroquias de todo el mundo de que la presencia masiva de niñas en el altar coincide, no por causalidad sino por una lógica casi semiótica, con el retiro progresivo de los niños varones, y con ello, con la disminución de aquellas vocaciones que solían brotar precisamente de esa cercanía prolongada al misterio eucarístico, como si el espacio simbólico que antes invitaba al varón a imaginar su futuro como alter Christus se hubiera diluido en una igualdad que, en nombre de la justicia, termina siendo indiferenciación.
León XIV, en otros momentos, ha recordado a grupos de monaguillos —como aquellos franceses que peregrinaron a Roma— que la celebración de la misa salva al mundo hoy, que el servicio en el altar abre el corazón a la llamada de Dios, y uno se pregunta si esa invitación a escuchar la voz del Señor no se dirige, en el fondo, a quienes tradicionalmente han poblado esos puestos, a los muchachos que, al doblar la alba con cuidado en la sacristía, empezaban a intuir que el mundo podría necesitarlos no solo como servidores ocasionales sino como sacerdotes perpetuos; la inclusión de las monaguillas no es, por supuesto, un error doctrinal, pero ¿no será que, al hacerla norma visible incluso en la cátedra de Pedro, se está cerrando, sin quererlo, una puerta que la gracia solía usar con particular insistencia?
Uno sale de la lectura de esos editoriales que debaten el asunto con pasión contenida o con entusiasmo progresista, y regresa a la imagen de las dos niñas en Ostia, sonrientes, cumplidoras, irreprochables en su servicio, y se pregunta si la verdadera misericordia no consistiría en preservar, junto a la apertura generosa, aquellos caminos discretos por los que los varones jóvenes aún podrían descubrir que el altar no es solo un lugar de igualdad conquistada, sino de entrega irrevocable.
¿Y si, al final, lo que más necesitamos no es más monaguillas en los titulares, sino más monaguillos que al terminar su turno, se queden un rato en silencio mirando el sagrario y escuchen, entre el rumor de la ciudad, una voz que les dice: «ven y sígueme», unos como sacerdotes y otras como monjas?
