La irrupción de los therians

Un espejo roto donde se refleja la sed de pertenencia y la responsabilidad olvidada del conservadurismo

En la tarde del 20 de febrero de 2026, las islas de Ciudad Universitaria se convirtieron en un teatro de lo ausente y lo espectral, donde cientos de estudiantes, reporteros con micrófonos como antenas inquisidoras, curiosos atraídos por el rumor viral y algún drone que sobrevolaba el pasto formaron un círculo alrededor de un vacío que pesaba más que cualquier multitud: carteles multicolores pintados a mano que proclamaban “Bienvenidos therians” en letras que intentaban ser festivas, un joven que se presentó como perro y realizó movimientos en cuatro patas sin máscara ni disfraz completo, otro que llegó más tarde como caballo simbólico, una carrera improvisada con premio de quinientos pesos que pareció más un gesto de humor resignado que una celebración tribal y al final, el sol poniente tiñendo de melancolía un fracaso casi litúrgico, donde la expectativa algorítmica chocó con la realidad de una manada que prefirió quedarse en la pantalla, dejando el lugar más poblado por miradas ajenas, risas grabadas y crónicas periodísticas que ya olían a nota efímera.

No fue un despertar repentino de la tierra mexicana, ni una plaga que brotara de las grietas del asfalto; el fenómeno therian —esa identificación honda, psicológica o espiritual, con un animal que habita dentro sin desplazar al humano que lo porta— llevaba décadas susurrando en foros lejanos desde los noventa, cruzó fronteras a través de videos breves en plazas del sur del continente que generaron primero curiosidad morbosa, luego memes feroces y al final cobertura mediática que amplificó el eco hasta hacerlo ensordecedor y aquí, aterrizó con la violencia de lo que el flujo decide viralizar: un salto en un parque de Culiacán, un arrastre reptiliano en Tampico, un zorro de mechones azules en Sonora, convocatorias en trece entidades que prometían mega convivios en el Monumento a la Revolución o en parques de Cancún, Monterrey, aunque la mayoría terminaron en el mismo eco hueco, con más espectadores que participantes, más risas documentadas que encuentros genuinos, más diagnóstico rápido que escucha paciente.

Lo que late debajo de las colas postizas, las máscaras de felpa y los gruñidos coreografiados no es mero capricho generacional ni trastorno que quepa en un diagnóstico apresurado de redes; es un síntoma callado, casi piadoso, de la pregunta que ha perseguido al ser humano desde que abandonó las cuevas por ciudades que lo aíslan en multitudes anónimas: ¿dónde pertenezco de verdad?, ¿a qué comunidad que no se disuelva con el siguiente cambio de algoritmo o con el siguiente sexenio que promete redención colectiva pero entrega burocracia impersonal o culto al líder que convierte la crítica en traición?, ¿a qué relato que me dé sentido sin exigirme que sea un engranaje intercambiable en la maquinaria del consumo infinito o un fiel devoto del mesías de turno que confunde voluntad popular con dogma infalible? Porque cuando la familia extensa —esa red viva de tíos, primos, abuelos que traducía lo universal al calor del fogón, a la mesa compartida donde se contaban historias lentas y se transmitían saberes que no caben en una app— se reduce a videollamadas esporádicas y mensajes automáticos de cumpleaños, cuando el barrio deja de ser territorio de memoria compartida para volverse mero corredor de tráfico y desconfianza mutua, cuando la fe colectiva —esa que unía generaciones en rituales repetidos, en procesiones que marcaban el año litúrgico y recordaban que el tiempo tiene un sentido más allá de la productividad— se privatiza en experiencias individuales empaquetadas como productos de bienestar espiritual y cuando el Estado o el Mercado prometen salvaciones masivas que terminan en estatización devoradora o en shopping interminable disfrazado de libertad, la pertenencia se convierte en un desierto, y el alma, sedienta, busca oasis en lo que queda más cerca de lo instintivo, en lo animal que no negocia su existencia ni pide explicación.

Los therians, al elegir el lobo que no negocia su lealtad a la manada, el gato que reclama su territorio con dignidad solitaria, el caballo que resiste con nobleza muda sin pedir permiso ni currículum, recuperan —aunque sea en gesto simbólico, a veces torpe, siempre juvenil— esa dimensión corporal y relacional que el mundo ha diluido hasta lo abstracto: un cuerpo que no se justifica por su utilidad económica ni por su visibilidad en likes, una manada que no se rompe por desacuerdos ideológicos ni por el siguiente trend, un instinto que no requiere voto ni certificado para existir, recordándonos, sin proponérselo explícitamente, que el ser humano no es mero átomo individual flotante en un mercado de identidades, sino criatura compuesta de tierra y aliento, llamada a la comunión con otros y con lo creado, donde cada uno ocupa su lugar no por mérito acumulado sino por el don de ser y donde la responsabilidad brota de lazos concretos, visibles, tangibles, no de contratos impersonales que se firman y se rompen con un clic.

Es aquí donde el conservadurismo —ese que aún recuerda que la tradición no es museo polvoriento sino río vivo de saberes lentos— debería mirarse con honestidad melancólica y preguntarse por su propia responsabilidad: porque si estos jóvenes buscan en lo animal un refugio ante la disolución de lo humano, quizá sea porque las comunidades de escala humana que el conservadurismo defiende —la familia como primer lugar de traducción entre lo universal y lo concreto, la parroquia como espacio de encuentro generacional, el barrio como territorio de cuidado mutuo— han sido abandonadas o reducidas a retórica en discursos que prefieren la indignación contra el progresismo o el mercado antes que la reconstrucción paciente de lo cotidiano. No se trata de condenar ni de absolver a estos muchachos que caminan en cuatro patas por el pasto de CU; se trata de reconocer que su búsqueda, por extravagante que parezca, señala una grieta en el tejido social que el conservadurismo, con su desconfianza hacia las grandes narrativas redentoras y su nostalgia por lo permanente, debería haber ayudado a remendar mucho antes: ofreciendo no solo crítica al mesianismo político o al individualismo consumista, sino presencia concreta, mesas llenas de voces reales, rituales que marquen el tiempo con sentido, espacios donde el joven no tenga que disfrazarse de lobo para sentir que pertenece a algo que no se evapora al apagar la pantalla.

Es melancólico constatar cómo esta hambre legítima de sentido —porque responde al vacío que ningún feed sacia— termina atrapada en la trampa del sistema que la provoca: la viralidad la convierte en espectáculo de clics y rating, los memes la ridiculizan antes de permitirle respirar, los noticieros la reducen a debate binario entre moda pasajera y patología disfrazada, y la reunión en las islas de la UNAM, en lugar de ser espacio de reconocimiento mutuo y contención, se transforma en circo para curiosos que van a grabar, a reír o a diagnosticar desde la distancia segura, dejando a los pocos asistentes expuestos, vulnerables, ante una mirada que consume pero rara vez acoge.

Al final, el fenómeno nos devuelve, como un espejo empañado por la aceleración digital, la cuestión esencial que hemos postergado en nombre del progreso líquido: ¿cuál es el sentido de una vida donde lo permanente se ha evaporado en fragmentos efímeros?, ¿dónde hallamos una pertenencia que resista el paso del tiempo si las comunidades de carne y hueso —esas que educan en la virtud compartida, que cuidan al débil sin exigir certificado de utilidad, que transmiten saberes lentos de generación en generación alrededor de una mesa o un altar— han sido sustituidas por abstracciones que todo lo miden en eficiencia, en votos o en interacciones? Quizá en lo animal encontremos un recordatorio olvidado de lo que fuimos antes de la gran disolución: seres anclados a la tierra, a la manada, al cuidado mutuo que no pide explicación porque es anterior a toda palabra.

¿Y si lector, al cerrar esta noche la aplicación y quedarte solo con el rumor de tu propia respiración en la habitación silenciosa, te preguntaras no qué animal llevas dentro, sino qué manada has perdido sin darte cuenta y si el conservadurismo —ese que aún cree en tres hectáreas, una biblioteca y una familia reunida— tiene aún tiempo, empezando por la mesa que hace demasiado que no se llena de voces reales, de ofrecer no solo advertencias, sino el abrazo concreto que estos jóvenes buscan, aunque lo busquen en cuatro patas bajo el sol poniente de febrero?

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