La carta del Padre Pagliarani al Cardenal Fernández, esa pieza de prosa serena y precisa que hemos releído con atención, se despliega ahora bajo una luz distinta cuando uno se sitúa sin reservas ni medias tintas, del lado de la plena adhesión a Roma, al sucesor de Pedro como custodio vivo del depósito de la fe, sin que la conciencia personal pueda erigirse en juez supremo de lo que la Iglesia enseña en su magisterio ordinario y extraordinario.
Desde esta posición, que no admite fisuras en la obediencia filial, el texto de Menzingen, por más cortés y casi monástico que sea, revela una resistencia que va más allá de la mera discrepancia: es una negativa a reconocer en la autoridad visible —encarnada hoy en León XIV— el árbitro último de la doctrina y la comunión. Uno agradece la transparencia de la audiencia del 12 de febrero, el recuerdo irónico pero mesurado de la propuesta de diálogo doctrinal de 2019 que entonces no prosperó, pero al llegar a los cinco puntos que desmontan con calma escolástica la viabilidad de definir «mínimos necesarios», surge la cuestión ineludible: ¿dónde queda en esta argumentación, la sumisión humilde al juicio de la Sede Apostólica cuando este parece chocar con la propia interpretación de la Tradición?
La carta sostiene que el desacuerdo no es hermenéutico sino de conciencia, que el posconcilio —sellado por Redemptor Hominis, Ut Unum Sint, Evangelii Gaudium, Amoris Lætitia y Traditionis Custodes— representa ruptura ontológica con la Tradición ininterrumpida y que por tanto no hay diálogo posible sin capitular ante lo que Roma declara intocable, pero esa conciencia propia no puede prevalecer sobre el magisterio vivo: la comunión no es adhesión selectiva a lo que uno juzga verdadero, sino obediencia a lo que la Iglesia, en su jerarquía visible, propone, aun cuando esa propuesta parezca enredada en recepciones complejas o problemáticas del Concilio Vaticano II.
La apelación a la caridad pastoral, la invocación al pastor en el Cardenal, el recordatorio de que la Fraternidad existe, administra sacramentos y atiende almas —todo ello legítimo en su preocupación por las almas concretas— se lee sin embargo con un matiz de tristeza: la necesidad de nuevos obispos, presentada como aritmética de supervivencia ante dos prelados envejeciendo y miles de fieles esperando confirmaciones y ordenaciones en el rito antiguo, podría buscarse, en lógica romana, dentro de la estructura eclesial, apelando a la misericordia del Papa sin fijar fechas unilaterales de consagraciones que evocan inevitablemente 1988 y su acto de desobediencia.
La carta usa con sutil audacia el lenguaje de escucha, flexibilidad y rechazo de automatismos jurídicos que ha caracterizado el pontificado reciente, pero el fiel a Roma se pregunta: ¿no es precisamente esa flexibilidad la que debe ejercerse bajo la autoridad del Vicario de Cristo y no al margen de ella, sin anunciar plazos que suenan a ultimátum?
Hay, en el cierre con esa oración al Espíritu Santo y a la Mediadora de todas las gracias, un terreno común que enternece: la gracia no se negocia en dicasterios ni se fuerza con amenazas o calendarios, sino que se implora con humildad, quizás sea ese el único sendero real ahora, en esta Cuaresma de 2026: no el de consagraciones presentadas como inevitables, ni el de un diálogo que parte de premisas irreconciliables, sino el de una oración compartida por la unidad, por la conversión de corazones —la nuestra incluida, que a menudo prefiere la claridad del propio esquema a la paciencia dolorosa de la historia eclesial— para que la caridad pastoral encuentre al fin un camino que abrace sin exigir capitulación doctrinal previa, pero sin renunciar tampoco a la obediencia que define al católico romano.
Uno deja la carta, como quien cierra un misal antiguo y se pregunta en voz baja: ¿podrá la gracia, que todo lo puede, desatar este nudo que la voluntad humana no ha logrado? O ¿veremos cómo una vez más, las almas concretas pagan el precio de divisiones que nacen de buenas intenciones pero terminan separando lo que Cristo unió en Pedro?
El eco queda suspendido, la oración y en eso al menos, coincidimos quienes amamos de verdad a la Iglesia.
