La Pasión de Iztapalapa contra la “iztapalización”: un sello que no borra el estigma, pero nos obliga a mirarnos en el espejo

Uno lee en las crónicas recientes cómo la entrega del certificado UNESCO, ese miércoles de febrero en que la alcaldía exhibió el documento como un exvoto recién llegado, se celebró con discursos que hablaban de orgullo, cohesión y sin embargo, en el fondo de la memoria colectiva de la ciudad persiste esa palabra que nadie pronuncia en las ceremonias oficiales pero que circula como moneda gastada en conversaciones de sobremesa y chats de WhatsApp: iztapalización, ese neologismo peyorativo que muchos capitalinos usan para nombrar el miedo difuso a que su cuadra, su colonia, su mundo se vuelva “como Iztapalapa”, es decir, sinónimo rápido de precariedad, violencia, abandono urbano, el patio trasero donde se arrojan los proyectos que nadie quiere en Polanco o en la Condesa, el lugar donde el concreto crece sin permiso y la marginación se disfraza de fatalismo.

La palabra duele porque no es solo descriptiva, es clasista en su raíz misma, un gesto de distancia que convierte a casi dos millones de habitantes en un adjetivo despectivo, en una advertencia que se pronuncia bajito cuando alguien menciona mudarse al oriente, como si cruzar el límite invisible entre el centro y la periferia equivaliera a descender un peldaño en la escala moral de la urbe; y sin embargo, esa misma Iztapalapa que soporta el estigma desde hace décadas responde, no con panfletos ni con victimismo lacrimógeno, sino con un ritual que lleva casi dos siglos ensayándose en sus calles: la representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, ahora inscrita en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde diciembre de 2025, certificado entregado hace apenas días entre aplausos protocolarios y rostros que saben que el reconocimiento llega tarde, pero llega.

Porque lo que la UNESCO certifica no es solo un viacrucis popular, sino una máquina de cohesión que funciona sin manuales progresistas ni promesas estatales: los ocho barrios originarios —San Lucas, San Pedro, San Miguel, San Pablo, San Ignacio, San José, La Asunción, Santa Bárbara— eligen entre los suyos a quien será Jesús este año, un médico, un carpintero, un joven que carga la cruz de verdad, pesada, que deja surcos en la espalda y en la memoria, mientras el resto asume roles que van de Pilato a las mujeres piadosas, de soldados romanos a nazarenos que caminan descalzos sobre el polvo del Cerro de la Estrella, todo ello sin escenografía de cartón piedra ni luces de neón, solo con el sudor real y la fe que no pide aplausos sino participación, una forma antigua de decir que la comunidad no se construye con programas de cinco años sino con ensayos semanales y promesas cumplidas en Semana Santa.

Los beneficios ya se han dicho, son discretos pero reales: salvaguardia institucional que obliga a preservar oficios —costureras de túnicas, forjadores de coronas de espinas con nopal, artesanos de cruces— visibilidad que atrae un turismo respetuoso, ingresos modestos para vendedores ambulantes y familias que alquilan cuartos y sobre todo, un espejo devuelto a la propia comunidad donde se ve no solo marginación sino capacidad soberana de narrarse, de organizar lo sagrado sin intermediarios, de recordar que la redención no es un slogan político sino un camino que se recorre juntos, paso a paso, cuesta arriba.

Y es precisamente aquí donde la iztapalización tropieza con su propia vacuidad semiótica: porque mientras unos usan la palabra para exorcizar sus miedos de clase, para marcar territorio simbólico y justificar la distancia, Iztapalapa responde con un acto que la UNESCO ha declarado irreemplazable para el patrimonio de toda la humanidad, un relato que une a millones no por decreto sino por devoción compartida, que transforma el estigma en escenario de algo mayor, donde el sufrimiento representado recuerda que el verdadero dolor no es el de la cruz ficticia sino el de la precariedad diaria y sin embargo, aun en ella, persiste la capacidad de hacer comunidad, de traducir lo universal —la Pasión— en lo concreto de una alcaldía que no necesita que le digan cómo ser digna.

Uno no ignora que el sello no borra las tuberías rotas ni los índices de violencia ni la desigualdad que aún pesa sobre el oriente; tampoco convierte la alcaldía en utopía instantánea, pero sí obliga al resto de la ciudad a mirarse con algo menos de soberbia, a sospechar que el mal que atribuyen a Iztapalapa podría ser, en parte, el reflejo de una metrópoli que ha preferido olvidar sus márgenes antes que integrarlos con justicia verdadera, que la iztapalización no es un destino fatal sino una profecía autocumplida por quienes la pronuncian sin pisar nunca el Cerro de la Estrella en Viernes Santo.

Al final, el certificado no cambia el estigma de un día para otro, pero sí deja una pregunta suspendida en el aire de la ciudad: si lo que llamamos males de la CDMX no será, en buena medida, el precio de haber convertido ciertas periferias en significantes vacíos de miedo y desprecio, mientras ellas, obstinadamente, siguen representando una pasión que el mundo entero ahora reconoce como propia, ¿no será hora de que dejemos de usar palabras que hieren para empezar a caminar, aunque sea un poco, por esas mismas calles donde la cruz no es metáfora sino peso compartido?

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