El libro de moda, esa crónica que deposita en el altar público los restos de una amistad rota al filo del poder sin pedir absolución ni infligir castigo, viene a confirmar de primera mano lo que era secreto a voces en los corredores de las dependencias agrícolas, en las conversaciones entre técnicos que aún recuerdan la erradicación de 2003 con protocolos binacionales y no con proclamas matutinas, que el Presidente López Obrador, en su ignorancia y soberbia vestida de convicción absoluta, despachó la sanidad animal como un simple gastadero de dinero, una reliquia burocrática del régimen anterior que distraía de la soberanía alimentaria verdadera, sin estudio previo, sin análisis riguroso, solo al ahí se va, con la ligereza del que cree que la voluntad popular anula la biología que no lee encuestas ni se doblega ante carisma.
Y allí, en el capítulo que evoca al equipo inicial, se recoge esa escena fugaz donde Víctor Villalobos, el secretario de Agricultura que conocía los números de la frontera y los protocolos que sostienen la exportación, defendía con argumentos de conocimiento y de mercado la necesidad de mantener viva la estructura de sanidad animal, mientras el presidente repetía que eso no se necesitaba, que era solo un gasto innecesario y el secretario, sabiendo esto, no lo dijo, no lo hizo público, no lo evitó con la firmeza que su cargo exigía, al contrario agachó la cabeza y obedeció al tlatoani, como tantos otros en esa corte donde la lealtad se mide en silencio y no en verdad, dejando que la decisión se tomara sobre las rodillas y que el gusano, ese enemigo minúsculo y pertinaz, encontrara el camino libre para regresar.
Ahora, en este febrero de 2026, mientras el gusano barrenador del ganado acumula más de catorce mil casos desde su reaparición en noviembre de 2024, con alrededor de setecientos casos activos —703 según los reportes más recientes de la Sader y el Senasica, concentrados sobre todo en el sur y sureste, Veracruz, Oaxaca, Chiapas y los demás— y avances parciales como los tres focos restantes en Tamaulipas tras desactivar el 86% en la entidad y el 78% en la Huasteca compartida con San Luis Potosí y Veracruz, el precio de esa ignorancia presidencial y de esa obediencia callada se hace carne en hatos diezmados, en fronteras semicerradas que bloquean exportaciones millonarias por la veda estadounidense aún vigente, en comunidades rurales donde la familia ve evaporarse el sustento de generaciones porque alguien prefirió su intuición infalible —y el silencio de quienes sabían mejor— a la humildad de actuar a tiempo.
No es mera torpeza técnica, es la ignorancia culpable del gobernante que, aferrado a un imaginario donde lo esencial se resuelve con discursos y no con saberes lentos heredados, desoye al que advierte y luego ve cómo su secretario, conocedor del riesgo, opta por la sumisión en lugar de la confrontación leal y decide recortar presupuestos a Senasica, ver en los protocolos un lujo neoliberal, priorizar la retórica sobre la prosa minuciosa de las inspecciones y las vacunas que no admiten atajos, obligando luego a correr con inversiones tardías —millones de dólares conjuntos con el vecino del norte, biofábricas de moscas estériles en Chiapas que avanzan a medias— para remediar lo que la sordera y el acatamiento desmantelaron por dogma.
Cuesta empleos en el campo que se vacía de vaqueros y jóvenes que emigran porque el hato ya no da para la familia, cuesta vidas en animales que agonizan con larvas royendo desde dentro, en humanos que contraen miasis por heridas mal atendidas y en esa muerte lenta de la confianza en que el Estado protege lo concreto antes de proclamar lo abstracto, compromete el futuro porque reconquistar la certificación de libre de plaga toma años de esfuerzo sostenido y no de decretos sentimentales, mientras la cadena productiva se rompe, la genética se empobrece, la mesa familiar paga el precio de una fe política que se proclama absoluta pero deja heridas abiertas.
Uno pasea por esa biblioteca infinita donde las intuiciones de la vieja cristiandad —que veía la providencia actuando a través de causas segundas como el saber técnico del veterinario o la responsabilidad del ganadero que cuida su propiedad como cuida su alma— dialogan sin contradicción con los informes actuales del Senasica y sospecha con melancólica ironía que el verdadero barrenador mayor es esa ignorancia presidencial que perfora desde dentro las defensas invisibles, agravada por la sumisión de quienes, sabiendo, callan y obedecen, la que confunde lealtad con obediencia ciega y soberanía con aislamiento voluntario, hipotecando el porvenir de comunidades enteras en nombre de un mesianismo que se cree infalible pero devora el tejido vivo de la economía rural con la misma voracidad de la larva.
El libro no grita la acusación, la susurra con la serena distancia del que ha visto repetirse la necedad humana en ciclos que parecen inevitables, pero nos deja con el eco punzante de una pregunta que se clava como exvoto: ¿cuántas plagas más, cuántas decisiones al vuelo sin estudio ni análisis, cuántos silencios cómplices de los que saben y agachan la cabeza ante el tlatoani, necesitaremos para reconocer que ignorar lo técnico por convicción absoluta no es solo torpe, sino una forma de traición callada al mañana, y que la verdadera custodia del bien común reside no en el culto al líder ignorante ni en la obediencia muda, sino en la defensa humilde de lo que permanece?
