319 páginas de traición al descubierto y de cobardía institucional

Aunque nadie me lo pidió, aquí va mi reflexión crítica sobre Ni venganza ni perdón: una amistad al filo del poder, el libro de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, un volumen de 319 páginas que se presenta con título equilibrado y portada sobria, pero que en realidad es una bomba de relojería detonada desde el corazón mismo del obradorismo, repleta de confesiones crudas, traiciones palaciegas y verdades que queman como ácido sobre la piel de la Cuarta Transformación, las mismas acusaciones, los mismos nombres, las mismas intrigas regresan capítulo tras capítulo con variaciones mínimas pero demoledoras, como si la acumulación obsesiva de detalles pudiera finalmente romper el muro de silencio que protege al régimen, como si bastara deshilachar un solo hilo para que el tapiz entero de mentiras se desmorone en un estruendo que resuena desde Palacio Nacional hasta las urnas, si el texto estuviera diluido con eufemismos o excusas, leerlo con calma, contrastarlo con las mañaneras y desmontarlo requeriría semanas de escrutinio; tal como está, cualquier lector atento lo devora, lo digiere y lo convierte en munición en unas cuantas horas, porque basta seguir una sola pista para que todo el castillo de naipes de la «transformación» se venga abajo con un soplo.

Porque Ni venganza ni perdón no es un chisme de pasillo ni un ajuste de cuentas personal, es un testimonio quirúrgico que disecciona con bisturí la anatomía del poder en la 4T, empleando exactamente la misma estructura narrativa que los grandes desengaños políticos del siglo XX cuando querían exponer la podredumbre detrás de las fachadas ideológicas: exalta la lealtad inicial, la amistad forjada en trincheras opositoras, la admiración por un líder carismático y luego, para que esa imagen se quiebre, revela sin piedad sus sombras más oscuras: vínculos con el «Rey del Huachicol» Sergio Carmona a través de Jesús Ramírez Cuevas (capítulos 23, 24, 27, 28), decretos a la medida para pensiones millonarias de Luz y Fuerza que generan pasivos de 27 mil millones y sirven de porros electorales (páginas dedicadas al decreto del 25 de agosto de 2022 en capítulo 24), corrupción en compras pandémicas con sobreprecios en ventiladores por el hijo de Manuel Bartlett (capítulo 18), destrucción ambiental en Dos Bocas sin impacto ambiental adecuado y asignaciones directas (capítulo 27), manipulación de la Corte y presiones sobre Zaldívar (capítulos 17, 26), nombramientos improvisados como el de Gertz Manero en la FGR (capítulo 14). Todo eso emerge del relato no como rumor, sino como confesión de un testigo que lo vivió, lo facilitó y ahora lo expone para que el paraíso prometido quede al desnudo como un fraude.

A continuación identifica todo lo malo que ha infestado al obradorismo durante seis años: clientelismo disfrazado de justicia social, polarización como arma de control, victimismo presidencial que justifica persecuciones, con la contaminación traída por «el círculo íntimo»: los aduladores como Ramírez Cuevas, los oportunistas como Bartlett, los militares empoderados en el caso Cienfuegos (capítulo 21), los periodistas cooptados y los enemigos internos fabricados, la lealtad, esa virtud que define al 99% de los movimientos autoritarios, es tratada como una trampa, una ilusión histórica, una corrupción de la democracia auténtica (capítulos 2, 3, 13, 28, epílogo) y por último, divide al morenismo contemporáneo entre los herederos legítimos y ciegos del catecismo oficial —los que repiten «no mentir, no robar, no traicionar» mientras lo violan— y los traidores que osan hablar, los contaminados por la verdad, los que llevan sangre o experiencia «desleal» y por tanto son culpables de romper el encanto.

Esa estructura es idéntica, calcada, a la de los testimonios clásicos de disidentes del siglo XX: solo que con los colores del trópico, desertores del estalinismo como Arthur Koestler en Dios que fracasó exaltaban la pureza inicial del comunismo y culpaban a los burócratas corruptos de sus horrores; los exnazis arrepentidos en Núremberg hacían lo propio con el hitlerismo puro; los textos de exmiembros del PRI en su ocaso ponían al sistema en el pedestal y declaraban corruptores eternos a los caciques locales, incluso ciertos desengaños del peronismo o del chavismo cayeron en la misma trampa pero al revés: la «revolución» como fuente de virtud al principio y los traidores internos como agentes eternos de decadencia y sabotaje, el mecanismo es siempre el mismo: amistad originaria intocable, negación o justificación de sus grietas iniciales, demonización del elemento corrupto y de la lealtad ciega, señalamiento de un enemigo interno que «contaminó» la esencia transformadora, cambia el nombre del mesías caído, pero el bisturí testimonial es exactamente idéntico.

Sin embargo, lo más cobarde —y lo que realmente expone la hipocresía de este supuesto acto de valentía— es que teniendo pruebas de primera mano, documentos de inteligencia, testimonios directos y conocimiento privilegiado acumulado durante años en el corazón del poder, Scherer Ibarra opta por dejarlas reposar entre las páginas de un libro en lugar de llevarlas de inmediato ante las autoridades competentes. ¿Por qué no presentó denuncias formales ante la Fiscalía General de la República o ante instancias internacionales, dada la mención a investigaciones en cortes de Texas y Nueva York por lavado y financiamiento ilícito, cuando aún estaba en funciones o inmediatamente después de su salida? ¿Por qué esperar a que pasaran los años, a que el régimen cambiara de manos y a que el daño simbólico ya estuviera hecho, para soltar estas bombas en formato literario en vez de judicial?

La respuesta es clarísima un libro genera escándalo mediático, vende ejemplares, ajusta cuentas personales y erosiona reputaciones sin riesgo inmediato de confrontación real: no obliga a probar nada bajo juramento, no activa peritajes ni careos, no expone al denunciante a contrainterrogatorios ni a la posibilidad de que las «pruebas» se desmoronen en un tribunal, en cambio, una denuncia penal sí: obliga a sustentar con evidencia concreta, a enfrentar al sistema que él mismo ayudó a construir y a arriesgar que los beneficiarios del poder —los mismos que hoy ocupan cargos clave— paguen por sus crímenes ante la ley, no solo ante la opinión pública, publicar un libro como este es cómodo; demandar es riesgoso y en un país donde la impunidad es la norma, elegir el camino cómodo mientras se acusa a otros de corrupción es la forma más sutil —y por eso más cobarde— de perpetuar el ciclo: se denuncia el crimen, pero se evita que el crimen pague.

En un México con heridas políticas todavía supurantes, con elecciones manipuladas que terminan en protestas, con prejuicios cruzados entre morenistas y opositores, con resentimientos históricos contra los «fifís» y también contra los «chairos», con una polarización brutal que ya ha derivado en amenazas, doxing y violencia en las urnas, que no ha disminuido tras el relevo en Palacio, publicar esta narrativa desde la posición de un exconsejero jurídico que aún tiene acceso a los secretos no es una simple catarsis literaria de un defenestrado: es arrojar luz sobre un polvorín mientras se le dice al país que la verdad histórica la dictan los hechos y los testigos, no los dogmas ni los voceros, cuando un excolaborador que movió hilos declara que los vínculos con el huachicol financiaron campañas y que el propio AMLO advirtió «cuando salgas, irán contra ti» (capítulo 28), está enseñando a millones que la evidencia no puede ocultarse si choca con la fe partidista, cuando convierte el obradorismo en autopsia intocable está abriendo la puerta para que cualquier defensa siga siendo tratada como complicidad con la corrupción o traición a la patria.

México no necesita otro catecismo de la pureza que clasifique a sus hijos entre salvadores y vendidos, entre transformadores y conservadores, necesita mirar de frente su historia reciente sin maquillaje: los logros simbólicos y las atrocidades de la 4T, la brutalidad y los aportes de las mañaneras, la clientela electoral que también forma parte de nuestra sangre, los megaproyectos fallidos que llegaron en tren de promesas, las revoluciones, las traiciones, dictaduras suaves, resistencias y todo el mestizaje doloroso, complejo, contradictorio y riquísimo que nos constituye, solo desde esa complejidad, asumiendo luces y sombras sin excepción —y exigiendo que las pruebas salgan de las páginas a las carpetas judiciales—, se construye una nación que realmente quepan todos y que no necesite chivos expiatorios para sentirse renovada.

Ni venganza ni perdón no busca dividir, busca exactamente lo mismo que buscaban aquellos testimonios del siglo XX: exponer la podredumbre en categorías moralmente claras para justificar la caída de unos y la redención de otros, para estigmatizar al que miente, para declarar hereje al que calla y la historia ya nos enseñó, con décadas de autoritarismo como prueba irrefutable e inolvidable, cómo terminan estos regímenes, pero si la denuncia se queda en tinta y no llega a las autoridades, el ciclo de impunidad solo cambia de autor: de Palacio a la librería.