La boda latina, el niño dormido y la ilusión de que el espectáculo rehace el mundo, result casi conmovedor, en su ritual previsible de indignación selectiva, ver cómo ciertos medios —esos que se erigen en guardianes de la diversidad pero que en realidad custodian con devoción su propia hagiografía de la buena conciencia— han elevado el intermedio del Super Bowl a categoría de epopeya redentora, un escupitajo directo en la cara de Trump que por fin lo ponía en su lugar, humillado por la mera presencia de un puertorriqueño cantando en español, nombrando países como quien reza un rosario laico y escenificando, en medio de luces y reflectores, una boda 100% latinoamericana, completa con pastel cortado por los novios, baile interminable y en un rincón olvidado por las cámaras principales pero capturado por miles de celulares, un niño dormido sobre dos o tres sillas unidas, esa imagen tan nuestra, tan universal en las fiestas de comunión, quinceañeras o bodas que duran hasta el amanecer, donde los pequeños terminan rendidos por el ruido y el azúcar, convertidos en un detalle tierno que los adultos fotografían con nostalgia mientras siguen bailando.
Se leen titulares que resuenan con la solemnidad de quien ha descifrado un código secreto: “Bad Bunny escupe en la cara de Trump”, “el mensaje que humilló al presidente”, “la respuesta latina que el ogro naranja no pudo digerir”, y uno pasea por esos claustros derruidos del debate público preguntándose si no será esa la verdadera herejía del presente, no la celebración misma —que fue, innegablemente, un despliegue de alegría bilingüe, con cameos estelares, una boda real oficiada en el campo con Bad Bunny como testigo y firmante del acta, Lady Gaga danzando en clave de salsa, Ricky Martin invocando nostalgias compartidas, banderas ondeando como si el viento conociera su coreografía—, sino la prisa con que los aparatos mediáticos la convierten en munición para su guerra cultural eterna, esa que necesita enemigos caricaturescos para sentirse virtuosa y que, al amplificar el gruñido predecible de Trump en Truth Social —“absolutamente terrible”, “uno de los peores ever”, “un slap in the face a nuestra grandeza”—, no hace sino regalarle otra plataforma gratuita, otro ciclo de clics y rabia compartida, mientras el poder real, el que dicta fronteras y remesas, permanece intacto.
Porque lo que vimos fue precisamente lo contrario de un escupitajo efectivo: Benito Antonio Martínez Ocasio, introduciéndose con su nombre completo como quien reclama un acta de nacimiento negada, diciendo “God bless America” en inglés antes de desgranar, con cadencia casi litúrgica, una letanía de naciones —desde Argentina hasta Canadá, pasando por México, Colombia, Venezuela, Cuba, Puerto Rico al final como un eco insistente—, mientras danzantes portaban banderas y un balón alzado proclamaba “Together, We Are America”; y en medio de esa recepción nupcial recreada con precisión etnográfica, el niño dormido, ese niño que Bad Bunny despertó con gentileza, usando quizá un balón como almohada improvisada, un gesto que muchos reconocieron al instante como la esencia misma de las fiestas latinas, donde la familia extensa baila hasta el agotamiento y los niños, exhaustos, encuentran refugio en cualquier superficie horizontal, convirtiendo sillas plegables en camas temporales, un detalle tan cotidiano, tan profundamente humano, que en su aparente insignificancia resultó más conmovedor que cualquier proclama grandilocuente.
Y sin embargo uno no puede evitar la melancolía de quien ha leído demasiados manifiestos disolverse en el aire acondicionado del espectáculo: ¿de qué sirve mencionar todos los países de América, querer demostrarle a América lo que en realidad es América, si al final el mapa del poder sigue dibujado por los mismos algoritmos, los mismos balances corporativos, las mismas políticas que convierten la inclusión en playlist y la resistencia en merchandising? Los medios, en su afán de narrar una victoria moral, ignoran que Trump no quedó humillado —simplemente repitió su mantra habitual— y que el verdadero vencedor fue la maquinaria misma: el show no alteró ni un decreto migratorio, no hizo tambalear el culto al carisma que tanto criticamos en otras latitudes, simplemente ofreció un contrapunto estético que fue absorbido con la facilidad con que el Mercado domestica cualquier disidencia estilizada, convirtiéndola en experiencia compartida, en meme bilingüe que dura cuarenta y ocho horas, en contenido que se consume mientras se desliza el dedo por la pantalla.
Queda, eso sí, esa imagen residual, casi piadosa: un hombre de carne y hueso bailando como si el imperio fuera un detalle menor, enumerando naciones con la ternura de quien nombra a sus antepasados, celebrando lo que permanece —la lengua que resiste, la identidad que no se avergüenza, la familia que se traduce en ritmo antes que en programa político y ese niño dormido que, en su inocente abandono, recuerda que la verdadera comunidad no necesita subtítulos ni titulares para existir—, pero que termina subsumido en la lógica que lo acoge: la buena conciencia lo mitifica como acto heroico, el cinismo lo reduce a espectáculo, y el espectador común se queda con el eco del baile en la cabeza, preguntándose si no será más subversivo admitir que ni la letanía hemisférica ni los titulares indignados cambiaron gran cosa.
¿Importa realmente proclamar lo universal en trece minutos de prime time, con bodas reales y niños dormidos como testigos silenciosos, si al día siguiente el mundo gira en la misma órbita de siempre?, se pregunta uno en voz baja, mientras el reloj del partido avanza y los comerciales insisten en vendernos la libertad como un nuevo modelo de algo que ya no necesitamos.
Tal vez la resistencia verdadera no esté en escupir al poder —que siempre se limpia la cara y sigue adelante—, sino en seguir bailando, aun sabiendo que el mensaje flota, ingrávido, en el vacío semiótico; en volver la mirada a lo pequeño, lo concreto, lo que no cabe en un titular: la familia que traduce lo grande en lo cotidiano, la tradición interrumpida pero no extinguida, las tres hectáreas de sentido común que aún resisten ser colonizadas por significantes tan vastos como para ser huecos.
