El senador Saúl Monreal Ávila no se limitó a anunciar su aspiración a la gubernatura de Zacatecas en 2027 durante esa asamblea, lo que hizo fue empuñar con descaro el arma más letal que la Cuarta Transformación ha puesto en manos de sus propios barones regionales, la “voluntad del pueblo” elevada a categoría de principio absoluto, intocable, superior a cualquier estatuto, encuesta, regla interna o reforma constitucional que intente contenerla, “ningún lineamiento ni estatuto está por encima de la voluntad del pueblo”, declaró sin titubear, con esas palabras no solo desafió abiertamente a la dirigencia nacional de Morena y a la Presidencia de Claudia Sheinbaum, dejó al descubierto que el monstruo discursivo inventado por Andrés Manuel López Obrador ya se ha liberado por completo de las cadenas que sus creadores creyeron poder mantenerle puestas.
Durante más de una década AMLO y luego Sheinbaum edificaron un culto casi religioso alrededor del “pueblo”, lo convirtieron en una entidad suprema, mística, infalible, omnisciente, lo invocaron sin descanso para legitimar cada decisión controvertida, desde consultas populares manipuladas hasta la descalificación sistemática del Poder Judicial, del INE, de la Suprema Corte, de los organismos autónomos, de cualquier institución que osara poner un límite al poder ejecutivo, “el pueblo manda”, repetían como letanía diaria, “la voluntad popular está por encima de todo”, “el pueblo pone y el pueblo quita”, lo transformaron en la coartada universal, en el argumento definitivo que no admite contradicción ni debate, en el garrote retórico con el que se aplastaban críticas, se justificaban excesos y se deslegitimaban contrapesos, pero al hacerlo cometieron el error histórico más grave de su proyecto: democratizaron esa retórica hasta diluir su monopolio, ya no es propiedad exclusiva de Palacio Nacional, cualquier líder con arraigo local, cualquier familia política enquistada en un feudo estatal, cualquier aspirante con micrófono y una base movilizable puede ahora apropiarse de ella, invocarla en su beneficio y usarla como escudo impenetrable contra cualquier intento de disciplina desde el centro.
Saúl Monreal no es una anomalía, es la consecuencia lógica y previsible de esa construcción ideológica, el mismo “pueblo” que antes servía para justificar el dedazo presidencial desde la Ciudad de México ahora se invoca para justificar la rebelión contra el dedazo, la reforma antinepotismo —promovida personalmente por Sheinbaum para cortar de raíz dinastías como los Monreal, los Salgado, los hijos de gobernadores y senadores que se perpetúan en el poder— se estrella una y otra vez contra el muro infranqueable de la retórica que ella misma ha seguido alimentando, ¿cómo convencer a un senador que “el pueblo” no puede decidir por él cuando durante años se les ha machacado que “el pueblo” decide absolutamente todo?, ¿cómo imponer un candado contra el nepotismo cuando el dogma central de la 4T es que la voluntad popular es sagrada e intocable?, el candado choca de frente con el dogma y el dogma siempre gana, porque fue diseñado precisamente para ganar siempre, para no admitir excepciones, para no reconocer límites.
Este es el horror profundo que nadie en Morena quiere nombrar: el monstruo ya no obedece a sus creadores, lo que nació como instrumento supremo de control centralizado se ha transmutado en el pretexto perfecto para la fragmentación total, en Zacatecas los Monreal lo usan para atrincherarse en su feudo familiar y desafiar cualquier intento de imponer reglas desde fuera, en Guerrero los Salgado lo blandieron para burlar vetos nacionales y mantener viva su aspiración pese a todo, en Campeche Layda Sansores y sus aliados lo invocan para resistir cualquier intento de renovación, en otros estados gobernadores, senadores y diputados locales empiezan a calcular fríamente si les conviene seguir alineados o mejor gritar “el pueblo lo quiere” y salirse con la suya, Morena, que se presentó ante el país como el movimiento unificado que acabaría con el viejo régimen del PRI, está reproduciendo con precisión quirúrgica los mismos vicios que juró erradicar: cacicazgos regionales incontrolables, luchas dinásticas descaradas, caudillos que anteponen su supervivencia política y la de su linaje a cualquier coherencia ideológica o programática, solo que ahora lo hacen envueltos en la bandera guinda y protegidos por el escudo invencible de “la voluntad del pueblo”.
La Presidencia lo entiende perfectamente y aun así responde con una tibieza que raya en la parálisis, Sheinbaum repite en entrevistas y conferencias que “no está de acuerdo con el nepotismo”, que “por eso impulsamos la reforma”, que “esa es la regla”, que Saúl debería “esperarse seis años” o que “el tiempo político no es ahora”, pero no hay acción contundente, no hay sanción ejemplar, no hay destitución de cargos, no hay mensaje inequívoco de que la retórica tiene fronteras y que cruzarlas tiene consecuencias reales, porque imponer límites al “pueblo” sería confesar en voz alta que el dogma que tanto cultivaron tiene grietas mortales y admitir grietas sería reconocer que el famoso control central que tanto presumen ya se evaporó, que el poder real se está dispersando hacia los feudos regionales, que la “voluntad popular” ya no es un concepto manejable desde el Palacio Nacional o la chingada, sino una fuerza autónoma, impredecible y cada vez más peligrosa.
No hay marcha atrás posible, el concepto que crearon —ese “pueblo” absoluto, sin mediaciones institucionales, sin contrapesos, sin reglas escritas ni no escritas— ya dejó de pertenecerles, se ha vuelto autónomo, incontrolable, devorador, cada vez que un Monreal, un Salgado, un gobernador díscolo o un senador insurrecto lo invoque para desafiar la línea oficial el monstruo crecerá un poco más, se fortalecerá un poco más, se volverá un poco más imposible de domesticar,y Morena, lejos de consolidarse como un partido moderno, disciplinado y coherente, se está desintegrando aceleradamente en facciones, tribus y familias que compiten ferozmente por quién interpreta mejor o quién monopoliza, “la voluntad popular”.
La 4T prometió cambiar las reglas del juego político en México para siempre, en cambio terminó inventando un juego nuevo y mucho más salvaje donde las reglas las dicta quien grite más fuerte “el pueblo lo quiere”, donde el que mejor manipule esa invocación se queda con el botín y donde los antiguos controladores centrales se convierten en meros espectadores impotentes de su propia creación, cuando el concepto se vuelve en tu contra ya no hay discurso capaz de domesticarlo, ni encuesta “científica” que lo contenga, ni reforma constitucional que lo neutralice, ni amenaza de sanción que lo haga retroceder, solo queda el desmoronamiento lento pero inexorable de un movimiento que se creyó inmune a sus propias contradicciones internas, que se creyó capaz de manejar un fuego que nadie ha podido controlar en la historia política moderna.
Zacatecas no es una excepción local ni un incidente menor, es el síntoma más claro y avanzado de una enfermedad terminal, es el principio visible del fin de la ilusión de control absoluto, el monstruo ya está completamente suelto, camina por sus propios caminos, devora lo que encuentra a su paso y sus creadores, los que lo alimentaron con tanto celo durante años, ya no saben cómo detenerlo, ni siquiera saben si todavía quieren intentarlo.
