La doblez que se arrodilla y no suelta la mano del conspirador.

En este febrero de 2026, cuando el sol de mediodía ya calienta las piedras de la Plaza de la Constitución y el Ángelus de León XIV se escucha en radios que aún conservan el hábito de encenderse a las doce en punto, la figura que más inquieta no es la del polemista que grita cisma desde un podcast en Virginia, sino la del converso mexicano que se postra ante el vicario de Cristo con la devoción de quien ha encontrado por fin el norte verdadero, publica fotografías de bendiciones recibidas como quien exhibe un exvoto en una capilla de provincia, felicita el cumpleaños del pontífice con frases que destilan el aroma de las novenas guadalupanas, reza rosarios en vivo por sus intenciones, defiende con paciencia tomista que la modificación catequética sobre la pena de muerte fue un juicio prudencial y no un dogma irreversible y sin embargo conserva, intacta, sin una sola palabra de ruptura pública, la hermandad proclamada con el hombre que en abril de 2025 llamó al entonces cardenal Prevost “el dark horse más lamentable”, “el más progresista de los posibles”, “el bergogliano con pasaporte estadounidense”, el que haría “inevitable la fricción” con el presidente Trump, el que insinuó que el cónclave había sido “más rigged que las elecciones del 2020”, el que en mensajes hoy desclasificados fantaseaba con “topple Francis”, con purgar el Vaticano de su supuesta deriva socialista, con aliarse a un depredador financiero caído en desgracia para exponer secretos y fracturar la unidad visible de la grey.

Esa doblez no es un matiz teológico que quepa en las páginas de un manual de moral escolástica, no es un disenso prudencial sobre la aplicación concreta de la pena capital o sobre la acogida del migrante; es una fractura moral que respira en el mismo aire que se respira en las iglesias de México, una que permite arrodillarse ante León XIV mientras se mantiene el lazo —silencioso pero no roto— con quien quiso amputar la Cabeza visible de la Iglesia en su predecesor y habló con veneno del que hoy la ocupa, una doblez que convierte la devoción papal en performance cuidadosamente editada, el rosario en bandera que se agita en una dirección pero se guarda cuando el viento sopla desde la derecha que se dice cristiana, la sumisión al Magisterio en máscara que se quita en cuanto el ataque viene de aliados geopolíticos que comparten la misma indignación contra el aborto, contra el matrimonio igualitario, contra el progresismo que se cree poseedor de la única moral legítima.

Mira la secuencia con la crudeza que merece: en mayo de 2025, días antes de la fumata blanca, Donald Trump comparte en Truth Social una imagen generada por inteligencia artificial donde aparece con mitra y sotana blanca, la frase “I would be a great Pope. Nobody would do it better than me” flotando como epígrafe narcisista; el meme desata indignación entre católicos que ven en él no humor inocente sino banalización del ministerio petrino, reducción del símbolo más sagrado de la unidad eclesial a utilería de campaña; y sin embargo el converso mexicano sale en defensa inmediata, tuitea que “no todo en la vida hay que tomárselo tan en serio”, que era “solo una broma”, que la intención no fue ofender sino sumarse con humor al misterio del cónclave que fascina al mundo, que Trump ha defendido con firmeza valores católicos como la vida desde la concepción y la familia natural sin ser católico, que muchos de sus colaboradores son católicos devotos, que exagerar el gesto confundía prioridades en la batalla espiritual y al día siguiente reitera con respeto pero firmeza que no había herejía ni blasfemia, que conocía personalmente a Trump y su defensa de los cristianos perseguidos, que invitaba a rezar por su conversión al catolicismo, que sería una gran noticia para la fe.

Pocos días después la fumata blanca anuncia a León XIV, el mismo pontífice que Bannon había denostado como el peor pick imaginable para los católicos MAGA, el anti-Trump pope, el que profundizaría el cisma; y el converso mexicano publica fotos recibiendo bendición del nuevo papa, felicita su elección como momento de gracia, reza por sus intenciones, defiende su autoridad moral cuando denuncia censura en México por expresar convicciones contra el aborto y en el mismo mes de enero de 2026 proclama a Trump “el mejor presidente que ha tenido México”, celebra sus llamadas a la presidenta Sheinbaum como advertencias necesarias para que México deje de enviar petróleo a Cuba, se cuadre con los cárteles, abandone el supuesto narcoestado comunista que acusa a sus críticos de hipócritas wokistas, como si la Cátedra de Pedro y la Casa Blanca fueran dos columnas simétricas de una misma cruzada, como si la autoridad universal necesitara el correctivo de amenazas arancelarias o de presión diplomática para ser escuchada en temas de vida y familia.

La doblez alcanza aquí su punto más hiriente: se finge obediencia filial al vicario mientras se celebra al hombre que se disfraza de vicario en vísperas de cónclave, se arrodilla ante el pontífice que condena las deportaciones masivas como negación de fraternidad mientras se aplaude al presidente que las impulsa como soberanía innegociable, se defiende la tradición de dos mil años cuando conviene para justificar la pena capital como protección de los inocentes pero se calla ante la tradición misma que ve en la unidad visible bajo el Romano Pontífice el bien supremo, indivisible, no subordinable a presidentes ni a estrategas de guerra cultural que fantasean con derrocarlo cuando no encaja en el manual de America First.

La vieja cristiandad que se invoca con tanto celo —esa que aún late en los tratados donde Tomás de Aquino pondera la legítima defensa colectiva sin olvidar que la misericordia infinita opera también en el verdugo, esa que custodiaba la comunión como signo de salvación— enseñaba con claridad que atentar contra el sucesor de Pedro o conservar la hermandad con quien lo intentó, o justificar gestos que lo ridiculizan mientras se postra ante él, no es disenso opinable; es cisma blando, apostasía envuelta en devoción selectiva, una forma de fe que ya no confía en la gracia que opera callada en la sucesión petrina, que necesita presidentes extranjeros y podcasts de trinchera para sentirse segura, que prefiere la indignación compartida contra el progresismo a la sospecha de que la verdadera fractura no está en Roma sino en el corazón que abraza al conspirador mientras se arrodilla ante el vicario.

Y la doblez se vuelve casi trágica cuando se busca la salvación en esa misma tradición de claustros y concilios mientras se permite —o se calla ante— la denostación de los papas actuales, cuando se finge fidelidad al Magisterio pero se estrecha la mano de quienes complotan para derribarlos si no ratifican nuestras banderas nacionales, cuando se publica rosario por la paz con León XIV pero no se suelta el lazo con quien quiso tumbar a Francisco y habló con veneno del que hoy lo es; es una fe que ya no cree del todo en la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán, que necesita muros y aranceles para protegerse, que convierte la conversión pública en espectáculo donde la sumisión y la complicidad caminan juntas sin que la barca se incline demasiado.

¿Qué sospechamos de nosotros mismos cuando celebramos conversiones tan ruidosas que terminan por callar ante el nombre del conspirador, cuando preferimos un catolicismo que ratifique nuestras batallas geopolíticas antes que uno que nos obligue a romper lazos incómodos por fidelidad a la unidad que no pide permiso a nuestras alianzas? ¿Y tú, Eduardo Verastegui, seguirías estrechando esa mano que aún guarda el eco de la conspiración mientras te arrodillas ante el vicario con la cámara encendida o soltarías por fin el lazo que finge sumisión pero practica, en el silencio, la fractura más profunda?