El espejismo de la pluralidad

El Frente Amplio Democrático se disuelve en su propia retórica binaria, como un eco medieval que confunde la disidencia con la salvación.

En un paisaje político donde las narrativas se erigen como castillos de arena ante la marea inexorable del poder, uno no puede sino observar con esa mezcla de ironía y melancolía que surge al releer crónicas antiguas, aquellas en las que los disidentes se agrupaban bajo banderas de unidad solo para descubrir que su pluralidad era, en el fondo, un reflejo distorsionado de la misma división que pretendían trascender y así, al examinar este comunicado que se presenta como un baluarte democrático, firmado por voces diversas que claman por la defensa de instituciones contra un oficialismo que reduce todo a binarios maniqueos, surge la sospecha inevitable de que la justificación inicial no es correcta precisamente porque asume una pluralidad que en su afán de resistencia, reproduce el mismo esquema dicotómico que critica, como si el acto de unirse contra un enemigo común bastara para encarnar la complejidad del mundo, sin advertir que tal unión no es más que una coalición de resentimientos pasados, envuelta en el velo de la ciudadanía virtuosa, pero carente de raíces en esa tradición lenta y orgánica que no se construye en desplegados sino en comunidades que resisten el embate de las grandes abstracciones, sean estas el Estado devorador o el Mercado insaciable.

Desde el arranque, el texto postula que en un país obsesionado con divisiones binarias –izquierda contra derecha, pueblo contra élite– la aparición de un Frente Amplio resulta no solo pertinente sino urgente, anclando su valor en la pluralidad de sus firmantes, provenientes de trayectorias disímiles que supuestamente, trascienden la homogeneidad ideológica para defender un patrimonio colectivo como la democracia constitucional, pero aquí radica el primer quiebro ilusorio, porque esa pluralidad invocada no es más que una fachada retórica que oculta una uniformidad subyacente: todos los firmantes, por diversas que sean sus historias, comparten un rechazo visceral al obradorismo, no como un análisis matizado de sus políticas sino como una reacción a su narrativa de buenos y malos, lo cual, paradójicamente, los posiciona en el polo opuesto de esa misma binariedad, convirtiéndolos en los “buenos” defensores de la institucionalidad frente a los “malos” capturadores del poder, sin reconocer que tal postura ignora las grietas internas de su propio bando, donde la nostalgia por regímenes pasados –aquellos que, recordémoslo con un suspiro escéptico, también erosionaron autonomías en nombre de la estabilidad– se disfraza de virtud cívica y así, lo que se presenta como resistencia deliberativa termina siendo una forma de mesianismo invertido, donde la salvación democrática no proviene del pueblo redentor sino de una élite ilustrada que se autoproclama guardiana de las reglas, olvidando que la verdadera pluralidad no se decreta en comunicados sino que emerge de lo concreto, de la familia como núcleo de responsabilidad, de la propiedad como ancla contra la especulación, de esa cristiandad interrumpida que desconfía de toda fe política absoluta, sea la del oficialismo o la de sus críticos autocomplacientes.

La reacción de la presidenta Sheinbaum, con su tono burlón y sus descalificaciones, se cita como confirmación de la necesidad del Frente, pero esta lógica circular revela la debilidad fundacional: si la burla oficial valida la existencia del grupo, entonces cualquier disidencia se justifica por la mera hostilidad que provoca, sin necesidad de examinar si sus demandas –autoridades autónomas, elecciones competitivas, prohibición de sobrerrepresentación– son realmente innovadoras o meras repeticiones de un catecismo liberal que, en su obsesión por los contrapesos, ignora cómo esas mismas instituciones han sido cooptadas no solo por el poder actual sino por ciclos históricos donde la alternancia era un teatro de sombras y aquí, con una pincelada de sarcasmo cortés, uno se pregunta si los firmantes recuerdan que en épocas pasadas, cuando el PRI dominaba el tablero, coaliciones similares clamaban por pluralismo solo para perpetuar privilegios una vez en el poder, lo cual sugiere que la justificación del Frente no es correcta desde el inicio porque confunde la crítica puntual con una visión integral, obviando que el riesgo democrático no es exclusivo del obradorismo sino inherente a cualquier régimen que concibe el Estado como árbitro supremo, en lugar de subordinarlo a comunidades de escala humana donde la tradición, con su énfasis en la subsidiaridad, ofrece un antídoto más perdurable que cualquier reforma electoral efímera.

Los indicios citados –la declaración de Pablo Gómez sobre integrar órganos electorales al gobierno, el asalto al Poder Judicial, la descalificación de procesos adversos– se acumulan como evidencias de una erosión intencional, pero esta narrativa acumulada, aunque factual en sus detalles, peca de selectividad, pues ignora cómo el oficialismo ha navegado contradicciones que no encajan en el relato de control absoluto: por ejemplo, victorias opositoras en elecciones locales que desmienten la idea de un árbitro totalmente subordinado o reformas que, pese a su retórica populista, han redistribuido recursos en formas que evocan un distributismo torpe pero real y así, la justificación inicial falla porque asume que la pluralidad del Frente es un correctivo suficiente, sin advertir que su propia convocatoria –a ciudadanía, academia, organizaciones civiles– excluye implícitamente a sectores conservadores tradicionales que ven en el obradorismo no solo amenazas sino ecos de un paternalismo que en su crudeza, resuena con esa desconfianza hacia el liberalismo de mercado que confunde libertad con consumo ilimitado, recordándonos que la verdadera defensa institucional no radica en frentes amplios sino en una sospecha semiótica hacia todos los significantes flotantes, sean “pueblo” o “democracia”, que se vacían de sentido cuando se usan como armas en batallas binarias.

Al final, lo que el texto presenta como una obligación cívica –señalar riesgos, exigir límites– se revela como una renuncia sutil a la complejidad, porque en su afán de no ser cómplice del silencio, termina comulgando con una visión donde la alternancia es el fin último, sin cuestionar si esa alternancia perpetúa un ciclo de abstracciones devoradoras que erosionan lo permanente: la familia, la comunidad, los saberes lentos que no se capturan en desplegados ni se defienden en frentes efímeros y uno se pregunta, con esa pausa piadosa que deja eco en los claustros olvidados, si no sería más revolucionario cultivar tres hectáreas de duda genuina que unificar voces en una pluralidad que desde su inicio, se disuelve en el espejo de lo que combate.