Sombras sobre el pergamino

El 5 de febrero se desliza ahora, en este umbral de 2026, como una fecha que ya no solo recuerda, sino que susurra, casi en penumbra, el peso de un pergamino que una vez quiso ser faro y ahora se ha convertido en tapiz de sombras y luces entretejidas, porque en Querétaro, bajo el techo del antiguo Teatro Iturbide —hoy de la República—, un puñado de hombres exhaustos por la pólvora y el polvo de la Revolución firmaron el 5 de febrero de 1917 una Constitución que no era mera carta de intenciones, sino un intento de atrapar en palabras el clamor de la tierra herida, la tierra que pedía devuelta su sustancia, el subsuelo que ya no sería botín ajeno, el trabajo que dejaría de ser servidumbre disfrazada, la escuela que alumbraría sin dogmas clericales ni mercantiles.

Y sin embargo, esa misma fecha lleva en su reverso el eco de 1857, cuando otra Constitución, la liberal de Juárez y Ocampo, proclamó la separación de lo sagrado y lo profano, secularizó los cementerios para que los muertos no pertenecieran a órdenes religiosas, y soñó con una igualdad que aún olía a tinta fresca sobre el papel mojado por la guerra de Reforma; dos promesas, separadas por sesenta años exactos, que el calendario ha unido en un solo día, como si la historia mexicana gustara de estos paralelismos crueles, de estas repeticiones que no son casuales sino lecciones que se niegan a ser aprendidas.

Hoy, cuando el 5 de febrero cae en jueves y el puente se ha estirado hacia el lunes para comodidad del calendario laboral, la fecha se ha vuelto casi espectral, un aniversario que pasa entre el tráfico y los anuncios luminosos, mientras el texto original —ese que hablaba de ejidos como raíz de la dignidad campesina, de salarios justos como eco de la justicia natural, de la familia como célula primera donde lo universal se hace carne— ha sido tocado tantas veces que su caligrafía original se adivina bajo capas de enmiendas, como un palimpsesto medieval donde cada rasguño nuevo pretende corregir al anterior, y sin embargo acumula, desde 1917, cientos de modificaciones, decenas solo en los últimos años, hasta que el significante “Constitución” empieza a flotar, vacío de su antigua densidad, convertido en instrumento que se dobla al viento de la mayoría momentánea.

Piense usted en la luz mortecina que cae sobre el Teatro de la República al atardecer, sus columnas de cantera rosada aún erguidas como testigos mudos, el silencio de piedra que guarda las firmas de Carranza y los constituyentes, y compárelo con la plaza de cualquier pueblo mexicano donde una bandera ondea al crepúsculo, sin que nadie levante la vista del celular o del afán cotidiano; allí late aún, tenue pero insistente, la invitación de lo permanente: la familia que traduce lo eterno en lo concreto y cotidiano, la propiedad no como acumulación ciega sino como arraigo responsable, la comunidad pequeña que resiste la devoración abstracta del Estado o del capital sin rostro, la tradición católica que, aunque interrumpida, no ha sido cancelada del todo, porque en su complejidad guarda una sabiduría lenta, desconfiada de las redenciones absolutas que prometen los mesianismos de turno.

Un viejo libro encuadernado en cuero oscuro, con el escudo nacional grabado en oro gastado, abierto en la primera página donde se lee “Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 1917”, podría ser emblema suficiente: no un ídolo intocable, sino un testamento vivo que pide ser releído no con devoción ciega, sino con ojos que buscan los límites al poder, cualquier poder, incluso el que se dice investido por la voluntad popular.

Y cuando el sol se oculte este jueves y la fecha se desvanezca en el rumor de la ciudad, ¿sentirá usted aún que esas palabras antiguas lo convocan a algo más hondo que un asueto, o solo percibirá el susurro melancólico de una promesa que la historia, con su paciencia irónica, ha ido erosionando sin llegar nunca a borrar del todo?