Los devoradores de la infancia

No hay excusa, ni matiz, ni contexto que redima: los nombres que siguen cayendo de esos archivos –príncipes, presidentes, magnates, académicos, intermediarios, celebridades– no son víctimas de un malentendido ni de una trampa sofisticada, son cómplices activos, deliberados, repetidos de un sistema que convirtió la violación sistemática de menores en un servicio de élite, en un lujo que se pagaba con silencio y con proximidad al poder, y ellos pagaron gustosos.

Cada uno sabía –no pudo no saber– que la niña no era una invitada adulta disfrazada de inocencia, sino el centro mismo del festín, el trofeo que diferenciaba una velada aburrida de una velada inolvidable para hombres que ya lo habían probado todo menos la impunidad absoluta, y aun así subieron al avión, bajaron en la pista privada, entraron en la habitación, posaron para la foto, enviaron el mensaje, devolvieron la llamada, aceptaron el regalo, miraron para otro lado cuando el llanto era audible al otro lado de la puerta.

No hay “quizá”, no hay “tal vez ignoraban”, no hay “fueron manipulados”: fueron depredadores que eligieron serlo porque el precio era bajo –un vuelo, una noche, un favor recíproco– y la recompensa alta –la certeza de que su estatus los colocaba por encima de cualquier ley humana o divina–y esa elección los define para siempre, no como hombres imperfectos, sino como hombres que deliberadamente pisotearon lo único que la tradición aún considera sagrado: la infancia intacta.

Condeno sin reserva, sin ironía protectora, sin velo de melancolía cortés, a cada uno de ellos: al que tomó el vuelo, al que firmó el cheque, al que rio en la foto, al que calló después, al que hoy se esconde detrás de abogados o de silencio ensayado, porque su crimen no es solo contra una niña o contra varias, sino contra la posibilidad misma de que una sociedad siga llamándose humana cuando permite que sus poderosos conviertan la vulnerabilidad en pornografía privada.

Y condeno con igual dureza la cultura que los incubó y los sigue incubando: la que disolvió todo tabú moral bajo el mantra de “consenso adulto” hasta que el consenso se volvió irrelevante, la que equiparó libertad con ausencia de consecuencias, la que enseñó que el dinero compra no solo objetos sino también olvido, la que hoy finge escándalo mientras sigue aplaudiendo a los mismos intocables en galas, consejos de administración y cenas de beneficencia.

La isla no fue un lapsus geográfico, fue el altar donde se sacrificó lo último que quedaba de pudor colectivo, y quienes participaron en el rito no merecen compasión ni comprensión ni segunda oportunidad: merecen el peso íntegro de su propia elección, el desprecio sereno pero inapelable de quienes aún recuerdan que hay cosas que no se negocian, ni se compran, ni se olvidan.

¿Y nosotros? ¿Seguiremos leyendo estos nombres como si fueran ajenos, como si la barbarie estuviera solo en los titulares o admitiremos que una civilización que tolera –y a veces premia– a sus peores depredadores ya ha firmado su propia sentencia de muerte moral?