Los plurinominales y el arte de la claudicación elegante

La reforma como salón vacío: cuando los independientes, la sociedad civil y los sabios quedan fuera del baile

Uno observa desde la ventana de febrero del 2026, con la ciudad de México extendida abajo como un tapiz antiguo donde las luces del Palacio Legislativo parpadean con promesas que se diluyen antes de solidificarse y nota cómo la gran conversación sobre la reforma electoral se reduce a un diálogo entre quienes ya tienen asiento en la mesa —partidos con curules aseguradas, dirigentes que miden su supervivencia en votos disponibles y concesiones mínimas—, mientras que los independientes, la sociedad civil organizada, los académicos que han dedicado décadas a diseccionar el sistema electoral, los profesionales del derecho que aún creen en la letra fría de la Constitución como último reducto contra el arbitrio, quedan fuera, no por olvido casual sino por diseño implícito de un proceso que prefiere la aritmética partidista a la complejidad del bien común.

Jorge Romero desde el PAN, abre la puerta al diálogo sobre los plurinominales con una propuesta que suena a equidad —repechaje de segundos lugares, fin de listas cerradas— pero que en esencia, preserva la sombra misma de esa representación proporcional que permite a los partidos mantener bancadas sin el riesgo pleno del escrutinio ciudadano directo; Dante Delgado, al timón de Movimiento Ciudadano, ofrece votos a cambio de voto obligatorio y sufragio a los dieciséis años, medidas que amplían el padrón pero también lo domestican, lo convierten en mecanismo previsible bajo el pretexto del realismo generacional. Y en medio de este trueque, el PRI —a través de Alejandro Moreno— lanza la acusación más cruda: oposición controlada, esquiroles, términos que evocan no solo traición sino la figura del que rompe la huelga por un salario mejor mientras los demás resisten en la línea, aunque en este caso la línea sea más bien una ilusión de resistencia que se desvanece cuando la geometría legislativa promete un asiento preservado.

Noventa y ocho votos combinados de PAN y MC para compensar la disidencia de PT y Verde, relevos en la coordinación senatorial que parecen coreografiados —Ignacio Mier por Adán Augusto López— declaraciones de Gobernación sobre un consenso que emerge como por arte de magia; todo conspira para que el debate se quede en el salón de los partidos, en ese teatro de sombras donde se negocia la supervivencia institucional sin invitar a quienes no tienen curul que defender, ni financiamiento que preservar, los independientes, que en elecciones pasadas han intentado irrumpir con candidaturas ciudadanas y han terminado diluidos por barreras legales y financieras; la sociedad civil, que ha documentado abusos, impulsado observatorios electorales y defendido la autonomía del INE en foros que pocos leen; los académicos que han escrito volúmenes enteros sobre la sobrerrepresentación y el riesgo de mayorías artificiales; los juristas que aún invocan a la Corte como guardiana última de la Constitución: todos quedan fuera, relegados a columnas de opinión, a tuits que se pierden en el ruido, a peticiones que nadie responde porque el poder real se decide en pasillos donde no entran quienes no traen votos en la bolsa.

No hay indignación que proceda aquí, que sería tan vana como previsible; hay, en cambio, la melancólica constatación de que la política mexicana, cuando se apagan los reflectores, prefiere el regateo entre actores ya consolidados antes que abrir la puerta a la complejidad de lo que no cabe en una bancada.

Los plurinominales, reliquia que todos critican en la oposición y defienden en el poder, se revelan como el último velo que cubre no solo la representación sino la exclusión: mientras se negocia su forma, se excluye a quienes podrían cuestionar su esencia misma desde fuera del sistema partidista.

Y mientras el salón se llena de ecos partidistas, uno no deja de pensar en lo que permanece fuera: la subsidiariedad de las comunidades que el Estado no absorbe del todo, la familia como primer espacio de traducción entre lo universal y lo concreto, la propiedad como raíz de responsabilidad y no como mera especulación, la tradición interrumpida pero no extinguida que aún susurra que tres hectáreas cultivadas con esmero y una biblioteca modesta siguen siendo más transformadoras que cualquier reforma que se proclame definitiva o cualquier consenso que se alcance excluyendo voces.

Tu que lee esto en la tarde mexicana mientras el Congreso negocia tu futuro en un salón cada vez más vacío de voces disidentes, ¿todavía cree que la democracia se fortalece cerrando puertas o ya sospecha que al final, siempre termina debilitándose cuando los independientes, los académicos, los juristas y la sociedad civil quedan condenados a mirar desde el umbral?