La oreja que no cicatriza

Imagina, si te atreves a hacerlo sin cerrar del todo los ojos, el timbre que irrumpe en una tarde cualquiera de la Ciudad de México a fines de los noventa, un sobre anónimo envuelto en periódico viejo entregado por mensajero sin rostro, dentro un fragmento de cartílago de tres o cuatro centímetros con mechón de pelo pegado todavía húmedo de sangre acompañado de una nota que exige millones de pesos antes de que el siguiente corte sea más hondo o un disparo en la nuca liquide el negocio, esa fue la rúbrica de Daniel Arizmendi López antiguo policía judicial que se convirtió en jefe de una banda familiar y que entre 1995 y 1998 secuestró a entre veintiuna y más de doscientas personas casi siempre empresarios o profesionistas de clase media alta con capacidad de pago, con tijeras de pollero o herramientas improvisadas sin anestesia alguna cortaban la oreja en casas de seguridad húmedas y oscuras cauterizaban la herida con betún hirviendo o sustancias peores y enviaban el trofeo para apretar el pago, casos como el de Leonardo Pineda ejecutado tras un pago parcial o el de Raúl Nieto Del Río cuyo cadáver fue desenterrado lavado maquillado e inyectado con suero para fingir en una fotografía Polaroid que aún respiraba muestran la crueldad convertida en sistema.

El sufrimiento físico de las víctimas era atroz, hemorragia copiosa peligro inmediato de infección quemaduras adicionales deformidad permanente que duele con el cambio de tiempo o al mirarse al espejo cada mañana, pero el daño del alma es más profundo y duradero, trastorno de estrés postraumático que despierta en la noche con el recuerdo vivo del corte el olor a sangre el ruido de la tijera la voz del verdugo que trata la vida ajena como mercancía barata, ansiedad que paraliza fobias que aíslan desconfianza absoluta hacia el mundo, culpa por haber mostrado cierta prosperidad,depresión que se arrastra y la sensación perpetua de haber sido reducido a un objeto con fecha de caducidad, muchos de los que sobrevivieron guardan silencio de por vida, por vergüenza, por temor a represalias o por el simple peso de revivir el horror cada vez que alguien pregunta, las familias cargan un duelo doble y sin fin las noches sin dormir ante el sobre ensangrentado la angustia de reunir el rescate endeudándose hasta el cuello, vendiendo la casa, humillándose ante prestamistas mientras negocian por teléfono con alguien que no ve personas sino paquetes y el regreso, cuando hay regreso de un ser querido marcado para siempre, en los casos en que no hay regreso, el vacío sin cierre, el cuerpo encontrado mutilado o desaparecido agrava un trauma que se hereda en susurros a hijos y nietos.

La sociedad mexicana entera absorbió entonces un trauma colectivo que transformó para siempre, la vida cotidiana después de la crisis del 94, paranoia que se respiraba en el aire, rutinas alteradas drásticamente, evitar autos nuevos, cambiar horarios, ocultar datos personales, contratar guardaespaldas o emigrar si se podía, erosión absoluta de la confianza en la policía que a menudo protegía a la banda y en las instituciones que permitían que la violencia se convirtiera en industria, el apodo “El Mochaorejas” se volvió sinónimo de indefensión nacional, miedo difuso que se colaba en las sobremesas, los ascensores y los noticieros inhibiendo la inversión, la movilidad social y la ilusión misma de que la propiedad y la integridad corporal podían ser seguras, fue la prueba irrefutable de que el mal se había industrializado,normalizando crueldades que luego se repitieron en secuestros posteriores.

Y ahora apenas en enero de 2026 en ViX Premium llega la serie de ocho episodios con Damián Alcázar encarnando a Arizmendi una producción “inspirada en hechos reales” basada en la investigación de la periodista Olga Wornat con saltos en el tiempo, reconstrucción ficticia de víctimas y un énfasis en el “lado íntimo del crimen”, el material publicitario de ViX y el propio Alcázar la venden como “un caso que estremeció a México”, “historia que no se podía ocultar”, “aleccionadora” y centrada en “amor y familia en medio del crimen”, aquí radica la vergüenza mercadotécnica más descarada, transformar el sufrimiento real en producto de consumo rápido, envuelto en avances sensacionalistas que reviven el horror del corte de oreja para generar visitas, suscripciones y retención en el algoritmo, no es confrontación artística ni memoria indispensable, es explotación comercial sin pudor del dolor ajeno para engrosar el catálogo de una plataforma en un género de crímenes reales que ya saturó el mercado.

Lo más reprobable es la hipocresía moral que lo sostiene mientras se humaniza al sociópata, Alcázar lo describe como “hombre complejo oscuro y profundamente incómodo” o “sin empatía pero irracional” las víctimas se reducen a piezas narrativas secundarias, ficcionalizadas para mover la trama y ofrecer una catarsis ilusoria al espectador, no hay rastro público de que se haya consultado o obtenido el consentimiento de las familias afectadas, cuyas cicatrices verdaderas se convierten en recurso visual con iluminación cinematográfica, música que tensa los nervios y finales de episodio que invitan a seguir viendo mientras se come botana, la serie diluye el dolor colectivo en la consabida “reflexión sobre la violencia estructural” frase hueca que justifica el lucro sin tocar de frente la corrupción policial, la impunidad Arizmendi acumula condenas equivalentes a siglos pero con tope de cincuenta años y algunas absoluciones recientes, ni el hecho evidente de que estas representaciones trivializan el mal hasta convertirlo en marca reconocible repetible y rentable.

En un país donde las orejas mutiladas siguen siendo recuerdos privados que no caben en subtítulos ni en velocidad acelerada, donde las familias aún cargan el silencio y la sociedad la desconfianza heredada producir y promocionar esto como “entretenimiento necesario” es una indecencia ética y un fracaso cultural profundo, pone el algoritmo por encima de la dignidad humana, el espectáculo por encima del respeto, las suscripciones por encima de la verdad incómoda, el verdadero sufrimiento ese que no se empaqueta, queda reducido a otro artículo más del catálogo infinito, confirmando que mientras el dolor ajeno genere ingresos seguirá siendo materia prima barata para las plataformas, honrarlo de verdad exigiría dejarlo fuera del alcance del streaming, en la intimidad de quienes lo llevan a cuestas en vez de exhibirlo como carnada publicitaria, esta serie no educa ni confronta, explota y olvida, esa es su mayor vergüenza.

¿No será al final, que hemos llegado al punto en que el horror solo nos conmueve cuando viene con opción de pausa y repetición?, la pregunta queda suspendida como siempre sin respuesta cómoda.