El silencio transfronterizo que pesa como polvo en los archivos: un epistolario inconcluso de 2019 y las reliquias que nunca terminan de hablar
En el verano de 2019, cuando Jeffrey Epstein aún respiraba y su detención parecía el preludio de un desmoronamiento total de las redes que unen poder, dinero y silencio, alguien que firma como Ken Turner —o KenT en la prisa de ProtonMail— inicia una cadena de correos hacia Walter E. Harkins, detective del NYPD en una task force contra la explotación infantil y la trata, un hombre que se retiraría en 2025 con honores que abarcan generaciones de policías neoyorquinos, y le entrega un testimonio que, leído hoy en enero de 2026, parece emergido de una novela epistolar que nadie se atrevió a publicar entera, llena de balaceras, brazos perdidos, exmarines que purgan sentencias ajenas y un presidente mexicano —entonces ya Andrés Manuel López Obrador— que, según el remitente, “is keenly aware” de todo.
Turner relata un calvario personal y profesional en México: cuatro ataques armados contra él y su compañero Jorge, persecuciones en vans blancas supuestamente asignadas a la Embajada estadounidense, balaceras en las que Jorge habría matado a dos y herido a cinco “agentes americanos blancos”, la pérdida del brazo de Jorge en uno de esos incidentes —un detalle que se desliza con la naturalidad de quien ha hecho de la violencia su paisaje cotidiano— y en el corazón mismo de la acusación, una fiesta en 2014 en instalaciones consulares controladas por el Consulado de Estados Unidos en Ciudad Juárez, organizada —dice— por Epstein y Richard Marcinko —el fundador de SEAL Team Six, héroe de Vietnam condecorado hasta el exceso, creador de Red Cell y autor de memorias millonarias que murió por infarto en Navidad de 2021 sin que escándalos de esa naturaleza empañaran sus homenajes—, donde el entonces embajador Earl Anthony Wayne habría participado en actos con una niña de 11 años, embarazándola, con ADN coincidente al 100 % entre el hijo y Wayne, un arresto por la Policía Federal mexicana, una condena a cadena perpetua en 2017, y luego el giro que más punza la credulidad: un acuerdo secreto entre el Departamento de Estado y un juez mexicano tras un “huge payoff”, por el cual un exmarine estadounidense cumple la sentencia en su lugar, mientras Wayne queda con una orden de aprehensión pendiente que, sin embargo, nunca ha impedido que continúe su vida pública —conferencias en el Wilson Center, columnas sobre el T-MEC, comentarios sobre el narcotráfico— sin que autoridad mexicana alguna, ni peñista ni lopezobradorista, haya ejecutado nada.
Turner insiste en que poseen videos y fotos de Epstein y Marcinko juntos en México, material que la seguridad de la embajada intentó confiscar del auto de su pareja —“They were not in her car! Someone doesn’t want this data disclosed”—, que el caso conecta directamente con el de Epstein y podría traer “a whole new dynamic”, donde incluso Prince Philip resulta “small fry” y que el presidente mexicano está enterado. La paranoia por la vigilancia atraviesa cada mensaje: preguntas sobre si el teléfono del detective ha sido barrido de malware y keyloggers, propuestas de pasar a WhatsApp una vez establecida la confianza, números que se confirman y luego no responden, silencios que se acumulan como capas de polvo en los archivos. La cadena se interrumpe con el luto por el sobrino de Turner muerto en el tiroteo masivo de Dayton, Ohio, el 4 de agosto de 2019, y un “Thank you” enviado desde ProtonMail mobile, justo cuando Epstein muere días después.
En los archivos desclasificados del Departamento de Justicia —millones de páginas, videos e imágenes liberadas bajo la Epstein Files Transparency Act en 2025 y 2026—, el nombre de Kenneth Darrell Turner resurge en leads no corroborados del FBI: menciones a Marcinko en custodia mexicana por un supuesto anillo de abuso infantil, un “trove” de videos chantajistas, referencias tangenciales a esa fiesta en Juárez que salpica a Wayne y que algunos resúmenes periodísticos mexicanos presentan como indicio de que AMLO sabía de videos grabados en territorio nacional, sin embargo, no hay cargos formales visibles, ni extradiciones, ni conferencias de prensa que eleven estas acusaciones más allá del rumor; Marcinko muere sin escándalos pendientes que empañen los homenajes de veteranos SEAL y Wayne sigue su trayectoria diplomática sin interrupciones graves, sin rastro público verificable de arresto en 2014 por delitos sexuales en Juárez, ni de condena conmutada por un exmarine, ni de ADN que lo vincule a una menor allí.
Las conexiones reales de Epstein con México —el país, no el estado de New Mexico donde poseía el Zorro Ranch, ese vasto terreno cerca de Santa Fe vendido tras su muerte, lugar de alegatos de abuso y planes eugenésicos— permanecen en el terreno de lo especulativo y lo no corroborado; las liberaciones del DOJ hablan de vuelos, invitaciones y propiedades en el suroeste estadounidense, pero nada que ancle de forma irrefutable fiestas consulares en Juárez o involucramiento directo de embajadores en delitos sexuales en territorio mexicano. Harkins responde con brevedad burocrática —“Ok that’s good”, “1p CST tomorrow will work”— y el hilo se pierde en la niebla.
Estos correos, entonces, no son mero intercambio urgente; son fragmentos de una novela epistolar inconclusa, escrita en el género del thriller conspirativo donde cada silencio confirma la trama, donde el protagonista acorralado escribe como si cada coma pudiera costarle la vida, y el lector queda atrapado en la pregunta de si el vacío que rodea la historia —la ausencia de eco oficial, de reliquias judiciales, de ondas expansivas en mañaneras o en la prensa seria— es prueba de falsedad absoluta o de una profundidad intolerable que se negocia en sótanos donde la soberanía se trueca por silencio.
Uno pasea por ellos como por los claustros de una abadía en ruinas, donde las arcadas sostienen aún el peso de la acusación pero el techo se ha derrumbado, dejando entrar la luz cruda que revela el polvo acumulado sobre promesas de videos que nunca salen de México, sobre un brazo perdido, sobre un exmarine que purga cadena perpetua por otro, sobre un presidente que supuestamente sabe y calla. La melancolía más honda no reside en si esa fiesta ocurrió o en si AMLO estaba enterado —porque la ausencia de prueba no cierra la puerta a la sospecha inversa—, sino en cómo narrativas como esta sirven para que el ciudadano común quede solo con su desconfianza como única certeza, mientras las instituciones callan o negocian en la penumbra.
Y sin embargo, lector, cuando cierras la pantalla y piensas en esa niña de 11 años que tal vez nunca pisó esa casa consular, o tal vez sí y su nombre se perdió en los pactos que unen poderes soberanos, ¿no sientes que el verdadero enigma no está en los videos que no llegan, sino en nuestra propia disposición a llenar el silencio con lo que más tememos o deseamos? Porque en esa biblioteca infinita donde los archivos se escriben solos, a veces el capítulo más oscuro es el que se interrumpe abruptamente, dejando la pregunta suspendida: ¿y si una parte minúscula fuera verdad, quién se atrevería a barrer el teléfono para averiguarlo?
