Una ciudad que promete espectáculo y entrega fatiga
En la colonia Ciudad de los Deportes, donde las calles todavía conservan el aroma de tardes en que el ruedo era más que un círculo de arena –era un rito que unía generaciones–, los vecinos levantaron pancartas y cerraron intermitentemente el Eje 5 Sur, no por mera terquedad ni por rechazo visceral al ritmo contemporáneo, sino porque el descanso, ese bien tan modesto y tan esencial, se les escapa entre el estruendo de bajos que perforan ventanas y el regreso a casa que se convierte en laberinto de autos varados, bocinas impacientes y franeleros que cobran por un espacio que la ciudad no supo prever.
Porque el problema no se agota en los decibeles que invaden hogares a deshora, aunque ya eso bastaría para cuestionar si la libertad de divertirse de unos justifica la insomne resignación de muchos otros; está también y de manera flagrante, en la ausencia de estacionamiento propio a la altura del aforo que ambos recintos proclaman con orgullo: la Plaza México, con su capacidad para más de cuarenta mil almas sentadas –y hasta cincuenta mil en configuraciones de concierto– y el Estadio Ciudad de los Deportes, vecino inmediato, que acoge partidos y eventos con similar voracidad humana, ninguno cuenta con plazas suficientes dentro de sus predios; los autos se derraman por Patriotismo, por Insurgentes, por Indiana, por calles que fueron pensadas para el paso tranquilo de familias y no para convertirse en estacionamientos improvisados donde el predial se paga pero el uso del espacio público se regala al evento efímero.
La narrativa que circula en permisos y comunicados oficiales pinta estos conciertos –como el reciente de Ye, que atrajo multitudes justo cuando los vecinos bloqueaban– como motor indispensable de la economía creativa, como signo de una capital que no se detiene, que vibra, que genera empleo temporal y divisas, nadie niega el dinamismo: taquillas que se agotan, hoteles que se llenan, taxis que circulan más, promotores que lucran legítimamente, pero ¿qué libertad es aquella que externaliza su costo a la comunidad?, ¿qué progreso consiste en llenar un recinto sin haber agrandado primero el vaso que contiene los vehículos de quienes acuden?, ¿qué orden social se sostiene cuando el beneficio se privatiza en ganancias rápidas y el perjuicio se socializa en calles saturadas, banquetas ocupadas, entradas de cocheras bloqueadas y noches de sueño interrumpido?
Aquí emerge otra contradicción envuelta en el terciopelo del entusiasmo urbano: se invoca el derecho al entretenimiento masivo, la modernización cultural que no admite pausas y se olvida que la familia –ese primer y último reducto donde lo universal se hace concreto, donde se cena, se conversa, se cuida a los mayores y se protege la infancia– ve erosionada su intimidad no solo por el volumen que retumba hasta la madrugada, sino por la imposibilidad práctica de llegar y partir sin que la ciudad la castigue, el vecino que madruga para trabajar, la madre que debe llevar a sus hijos a la escuela al amanecer siguiente, el anciano que necesita silencio para conciliar el sueño, todos pagan el precio de una infraestructura que no creció al ritmo de las promesas de taquilla.
No pedimos clausurar la Plaza, que sería tan miope como pretender que la ciudad deje de latir; pedimos, en cambio, que el orden –ese delicado equilibrio que permite convivir sin devorarse– prime sobre el espectáculo pasajero, la alcaldía Benito Juárez, que conoce cada grieta de su territorio, debería asumir con seriedad su papel: no solo regular el ruido con horarios estrictos y mediciones obligatorias de decibeles, sino obligar a dueños y promotores a resolver el desborde vial que generan.
Imaginemos, con realismo y sin utopías grandilocuentes:
- Un plan gradual pero inexorable para que la Plaza México y el Estadio Ciudad de los Deportes construyan o amplíen estacionamientos subterráneos o en predios aledaños, con plazos claros –digamos tres años para fases iniciales– y sanciones progresivas por incumplimiento, porque la propiedad privada, cuando genera impacto masivo, trae consigo la responsabilidad de no delegar sus costos a la vía pública.
- Acuerdos con desarrolladores para crear parkings multipropósito en la zona, financiados parcialmente por una tarifa especial aplicada a eventos de gran aforo, de modo que el beneficio económico regrese en alivio concreto y no se diluya en otra parte.
- Incentivos reales para el transporte público: mejora de rutas de Metrobús y Metro en horarios pico de salida, shuttles gratuitos desde estaciones cercanas como el WTC o Patriotismo, park-and-ride en perímetros más amplios, para que el auto deje de ser la única opción viable y la saturación se reduzca sin prohibir.
- Consultas vecinales vinculantes que incluyan no solo el impacto acústico, sino el vial y de estacionamiento: diagnóstico serio de saturación previo a cada permiso grande, medidas mitigadoras obligatorias, porcentaje de oposición que obligue a ajustes drásticos o denegación.
México y esta Ciudad de México que amo con la obstinación de quien ha visto sus amaneceres incompletos y sus atardeceres polvorientos, no precisa más significantes huecos de “vibrante metrópoli” que terminan siendo pretexto para el desorden cotidiano; precisa recuperar la escala humana, esa en que el esparcimiento no devora el descanso, en que la libertad de unos no se edifica sobre la fatiga de otros, en que la comunidad –esa red de familias que se saludan por el nombre– prevalece sobre la abstracción del gran evento que llega, consume y se va.
Cuando el último aplauso se apague, las luces se extingan y el tráfico regrese a su murmullo habitual, quedará la pregunta sencilla que uno se hace al cruzar el umbral de su casa: ¿pude dormir esta noche sin que la ciudad me recordara su peso?, ¿pude llegar sin rodeos interminables?, ¿seguimos siendo vecinos o solo extras de un espectáculo que no elegimos? Si la respuesta tiende al no, entonces no hemos fallado en la taquilla, sino en algo más antiguo y necesario: el arte callado de convivir sin pisotear al que está al lado.
Porque esta ciudad, con todo su ruido y su luz intermitente, merece seguir siendo hogar antes que mero escenario.
