Uno enciende la radio al amanecer en esta Ciudad de México que ya no amanece del todo, mientras el tráfico se arrastra como un río de metal oxidado, sintoniza W Radio o Grupo Fórmula, pasa luego a los noticieros vespertinos de televisión Azteca o Televisa, hojea Reforma o El Universal en la pantalla del teléfono, abre Excélsior con su eco de tiempos que alguna vez fueron más reflexivos, consulta El Heraldo de México que se presenta como voz de la calle y la vida cotidiana, hojea Publimetro en su formato rápido y gratuito que promete noticias al paso, sintoniza Imagen Televisión o Radio en busca de esa tercera y nota en todos ellos y muchos más, con esa resignación serena que concede el tiempo a quien ha leído demasiados libros como para escandalizarse, que el conservadurismo profundo mexicano —el que no necesita consignas virales ni banderas importadas para sostenerse, el que defiende sin rubor la vida desde la concepción como verdad primera no negociable, la familia nuclear como célula irremplazable de lo humano y primer lugar de traducción entre lo universal y lo concreto, la tradición como relato antiguo pero no cancelado que guarda sabidurías más sólidas que cualquier decreto de temporada o cualquier plan quinquenal— aparece en todos esos medios como rumor fugaz, como eco que se filtra por rendijas pero nunca cruza el umbral entero, relegado en la televisión, silenciado en la radio, marginado en la prensa escrita, caricaturizado en las revistas de opinión que se creen guardianas de la modernidad.
Y cuando por fin se abre una rendija para que entre “la voz conservadora”, los únicos que suelen cruzar la puerta son precisamente aquellos que visten el uniforme del conservadurismo con la naturalidad de quien se pone un disfraz para una fiesta temática, pero que al quitárselo revelan debajo la camisa de la conveniencia mercantil, el liberalismo de mercado sin complejos que confunde libertad con shopping infinito y propiedad con mera acumulación especulativa, los mercenarios del discurso que aparecen en las mesas de análisis o en las columnas firmadas como representantes de “la derecha”, pero que defienden con pasión selectiva la desregulación total, el crecimiento porcentual como horizonte ético supremo, la familia como opción de consumo entre otras tantas, el aborto como cuestión de elección individual sin drama ontológico y que solo invocan la tradición cuando conviene para atacar al gobierno de turno, pero que se callan o se alinean cuando se toca el dogma del mercado libre o la propiedad que convierte la tierra en ficha de casino y algún supuesto “ultra”.
No se trata de victimismo lacrimógeno ni de reclamar cuotas reservadas como si fuéramos una minoría folclórica en busca de representación simbólica, nada más ajeno a una postura que se sabe mayoritaria en las casas donde se reza el rosario sin cámaras, donde se cuida a los ancianos sin delegarlo al subsidio estatal, donde se educa a los hijos con límites que no vienen de algoritmos ni de guiones progresistas de importación, se trata de constatar, con la lentitud de quien pasea por una biblioteca infinita, cómo el significante «pluralismo» opera en el ecosistema mediático mexicano contemporáneo —desde los grandes diarios hasta la televisión, pasando por los gratuitos que se leen en el transporte público—, invocado con solemnidad episcopal cuando conviene legitimar la hegemonía dominante —esa que transita sin fricción de la socialdemocracia light al progresismo identitario, pasando por el liberalismo económico que ya no discute la familia sino el PIB— y vaciado de contenido cuando una voz conservadora genuina pide simplemente piso parejo: tiempo equivalente en las mesas de radio y televisión, respeto equivalente en las columnas y las revistas, posibilidad de que el argumento se desarrolle sin ser inmediatamente patologizado como retroceso, intolerancia o amenaza a los avances de la buena conciencia colectiva.
Piensa en las mañanas de varios comunicadores, los vespertinos, en los debates radiofónicos donde los panelistas habituales repiten el guion con variaciones tonales mínimas por que siempre son los mismos, en las páginas de los diarios grandes que dedican espacios generosos a las narrativas redentoras del presente pero relegan la defensa de lo permanente a cartas al director o columnas marginales, en medios que hoy prioriza lo inmediato y lo viral sobre lo pausado, en los que ofrece noticias al paso sin detenerse en las complejidades que no caben en un titular corto, en el que avanza en digital pero mantiene el equilibrio delicado del consenso compartido, en todos los que que reproduce el mismo patrón donde los mercenarios del disfraz ocupan el nicho sin amenazar el horizonte ideológico,y pregúntate, sereno pero punzante: ¿cuánto tiempo ha pasado desde que invitaron a un pensador que argumente, con la calma de quien ha leído a Santo Tomás antes que a los manuales de deconstrucción, que el aborto no es derecho progresista sino interrupción trágica de lo humano, sin que el segmento termine con la sonrisa condescendiente del moderador que ya sabe cuál es el sentido ineludible de la historia? ¿Cuántos años desde que abrieron el micrófono o la columna a alguien que defienda la subsidiariedad como principio distributivo —tres hectáreas bien trabajadas y una biblioteca familiar valen más que cualquier plan centralizado— sin que inmediatamente se le contrarreste con el coro que lo reduce a anacronismo o fanatismo? ¿Cuándo fue la última vez que un conservador no de salón, no el mercenario que alquila el nicho conservador para cobrar la renta del disenso controlado, sino el que cree en la comunidad de escala humana frente al gigantismo estatal o mercantil, pudo desplegar su pensamiento sin ser tratado como fósil viviente o como peligro latente que hay que contener antes del corte comercial o del cierre de edición?
La respuesta, casi siempre, es un silencio prolongado que se extiende desde las ondas hertzianas hasta las páginas impresas y los feeds gratuitos, porque la presencia plena de esa voz rompería el delicado equilibrio que permite a estos medios declararse plurales mientras mantienen intacto el horizonte ideológico compartido y al hacerlo convierten el debate público en escenificación bien iluminada, donde los mercenarios del disfraz sirven de sparring decorativo que confirma la generosidad del sistema sin amenazar nunca sus supuestos de fondo, ocupando el espacio que podría corresponderle a quien defiende sin cobrar por defender las tres hectáreas como raíz de responsabilidad, la complejidad de la tradición como gran relato interrumpido pero no extinguido.
La herejía mayor, en este teatro multisoporte, no es disentir del poder; es disfrazarse de disidente para mejor servirlo o para servir al dinero que lo sostiene, mientras el conservadurismo auténtico queda en el pasillo.
Y sin embargo, ese conservadurismo vivo sigue respirando en millones de hogares mexicanos, en las decisiones cotidianas que priorizan lo concreto sobre lo abstracto, en la desconfianza razonable hacia las grandes narrativas que prometen paraísos terrenales ya sea por decreto estatal o por acumulación ilimitada, y lo que pedimos no es misericordia, sino algo más humilde y más subversivo: piso parejo en todos los medios, tiempo equivalente, respeto equivalente, posibilidad real de que el argumento se despliegue sin ser patologizado como amenaza o eco de un pasado superado, porque cuando los medios deciden que esa voz ya no merece el mismo oxígeno que las demás o la sustituyen por mercenarios que alquilan el disfraz, no es que el conservadurismo se haya extinguido en la sociedad, es que han elegido representarla por quienes menos la comprenden o caricaturizarla para mejor domesticarla.
Queda, al final de esta reflexión que se despliega como un paseo lento por claustros desaparecidos, esa imagen casi medieval: un predicador en la plaza pública, rodeado de oyentes que escuchan porque quieren, no porque se les imponga el turno reglamentario o el espacio marginal y la pregunta serena que flota sobre el ruido de las ondas, las pantallas y las páginas: ¿cuánto tiempo más toleraremos que los mercenarios del disfraz ocupen el asiento reservado para lo permanente, mientras la voz que no se negocia se queda fuera, sin micrófono, incluso en aquellos medios que se presentaron como cercanos, gratuitos o alternativos?, ¿o llegará el día en que alguien, desde el estudio o la redacción, diga simplemente: basta de alquileres, pasen los que recuerdan sin cobrar por recordar y veamos qué pasa cuando el conservadurismo deja de ser performance y vuelve a ser convicción, sin pedir permiso para existir? La respuesta, como siempre, no la dará el rating ni el presupuesto publicitario, sino el silencio atento de quien aún sabe distinguir el traje del alma que lo lleva.
