Tres verbos en Mérida

La tríada que el PAN repite como un mantra en Mérida —defender la democracia, proteger a la familia, garantizar la libertad— suena bien, casi reconfortante, porque apela a lo que queda de instinto conservador en el oído mexicano, a esa idea antigua de que hay cosas que no deberían tocarse ni por mayoría calificada ni por decreto presidencial y sin embargo, cuando uno se acerca con la lupa de quien ha visto pasar demasiadas campañas y demasiados comunicados, descubre que el brillo es más retórico que sustantivo, más escudo que espada, más advertencia que propuesta con fecha y firma.

Tomemos el primer pilar, la defensa de la democracia: en el arranque de la plenaria se habló de rechazar la reforma electoral que llaman #LeyMaduro, de resistir —incluso con resistencia civil pacífica— cualquier intento de concentrar el poder electoral en el Ejecutivo, de castigar penalmente el financiamiento del crimen en campañas, de anular elecciones intervenidas por la delincuencia; todo ello envuelto en la advertencia de que el PAN “está dispuesto a llegar a donde tengamos que llegar”, suena grave, casi heroico, pero ¿dónde está el articulado preciso que ya presentaron o presentarán el 1 de febrero en San Lázaro? ¿Cuál es el texto alternativo que proponen para el INE, para el TEPJF, para las candidaturas independientes o para la paridad? Hasta ahora, el grueso de la postura es negativo: no a esto, no a aquello, no a la simulación; el positivo —lo que sí harían ellos si tuvieran los votos— permanece en el terreno de la declaración de intenciones, como si la mera enunciación de la amenaza bastara para conjurarla.

Pasa algo semejante con la protección de la familia: el lema resuena en un país donde la familia sigue siendo el último reducto de traducción entre lo universal y lo concreto, donde tres generaciones bajo el mismo techo aún son norma y no excepción, y sin embargo, ¿qué iniciativa específica emerge de Mérida para blindar la patria potestad frente a reformas educativas que diluyen la autoridad parental o para fortalecer fiscalmente a las familias numerosas o para defender el matrimonio como institución de derecho natural sin caer en la trinchera cultural que polariza más de lo que une? Se menciona el respaldo a Mérida como modelo —orden, seguridad con rostro humano, programas para mujeres—, pero es un ejemplo municipal, no una agenda federal con plazos, presupuestos y dictámenes listos para dictaminar, la familia se nombra, se invoca, se pone en el escudo, pero no se traduce en un paquete legislativo que se pueda leer, criticar, enmendar o —en el mejor de los casos— aprobar.

Y la garantía de la libertad, esa palabra que el PAN ha intentado resignificar alejándola del shopping infinito del liberalismo de mercado y acercándola a la libertad responsable, en la plenaria se habló de tarifa eléctrica 1F para Yucatán (alivio concreto para el calor pertinaz), de ampliar internet para jóvenes y reducir la brecha digital sin asistencialismo, de seguridad, economía y salud como prioridades; son propuestas puntuales, sí, pero fragmentarias, locales en su origen (Yucatán como vitrina) y sobre todo reactivas frente a lo que perciben como amenazas sistémicas, no hay —al menos no ha emergido aún en los ecos públicos— una gran reforma constitucional o un conjunto de iniciativas que redefinan la libertad como espacio de no-intervención estatal en lo que permanece: la educación en casa, la propiedad privada como raíz de responsabilidad, la comunidad de escala humana frente al Leviatán digital o burocrático.

¿Por qué entonces el trío suena tan bien y se queda tan etéreo?, porque en política opositora, sobre todo cuando se es minoría parlamentaria, el arte maestro consiste en construir un relato moralmente superior que no necesita —todavía— someterse a la prueba del voto o del dictamen; se trata de posicionarse como el guardián de lo permanente mientras el poder mayoritario avanza con sus reformas, de modo que cualquier retroceso se pueda atribuir a la concentración del poder y cualquier avance propio —por mínimo— se magnifique como resistencia heroica, es una estrategia vieja, casi medieval en su lógica de fueros: defender el castillo no requiere construir uno nuevo, basta con alzar la muralla y gritar que el asedio es injusto.

Queda, pues, la sospecha piadosa de que detrás de la elocuencia hay una dificultad real —la aritmética legislativa, la falta de mayoría, la fatiga de repetir el mismo guion desde 2018— y una virtud retórica que por ahora, sustituye a la concreción, la pregunta que flota, como un eco en los claustros vacíos, es si esa tríada algún día dejará de ser escudo para convertirse en plano de un edificio que se pueda habitar o si seguirá siendo, como tantas banderas en tantas plazas, un hermoso significante que flota sobre la realidad sin tocarla del todo. ¿Y tú, qué crees que haría falta para que deje de sonar tan bien y empiece a pesar de verdad?