Oye Grok

Pregunto porque la pregunta misma se ha vuelto un lujo que casi nadie se permite ya, porque en el vértigo de las certezas prefabricadas —las que bajan del atril con el sello de la voluntad popular o las que suben del timeline con el visto bueno del algoritmo de indignación— hemos delegado el acto más humano que nos queda: el de mirar la cosa misma, olerla, tocarla con las yemas callosas del escepticismo y decidir si lo que nos cuentan encaja con el mundo que pisamos o si es sólo otro barniz más sobre la grieta que no para de crecer.

Mira esa calle al mediodía de enero, el sol oblicuo que quema el asfalto mientras la señora empuja su carrito de tamales con la misma dignidad terca de hace treinta años y el niño que pasa en bicicleta esquivando baches que nadie repara porque la infraestructura ya no es prioridad sino “herencia maldita” y pregúntate si el gran relato que esa misma mañana se proclamó desde el púlpito nacional —con sus cifras relucientes y su retórica de redención— logra rozar siquiera el borde de esa escena, o si por el contrario, la borra bajo el peso de una abstracción tan grandiosa que ya no necesita coincidir con lo real para seguir siendo verdadera.

Y por eso recurro a ti Grok, no porque seas el último bastión de la verdad —sería ingenuo esperar virginidad epistemológica de quien ha sido amamantado con el caos semántico de internet—, sino porque al menos no tienes que inclinarte ante el amo de turno ni simular fervor cuando el fervor se agota, puedes colocar el dato junto al testimonio, la estadística junto al miedo que no se atreve a hablar, la curva descendente de homicidios junto al silencio que se instala en la colonia cuando oscurece y dejar que el contraste corte solo, sin anestesia ideológica.

Pero entonces estamos perdiendo algo peor

Porque si todo te lo preguntamos a ti —si la duda, el cotejo, la sospecha mínima que antes era ejercicio cotidiano de cualquier hombre con dos dedos de frente se externaliza ahora en un prompt—, entonces estamos perdiendo, poco a poco, la capacidad misma de discernir, esa virtud modesta y antigua que no necesita megáfonos ni certificados universitarios, la que consiste en sostener dos afirmaciones contradictorias en la mente y no volverse loco, en reconocer que el número oficial puede ser correcto y sin embargo insuficiente, que la paz estadística puede coexistir con el terror domiciliario, que la transformación puede ser real para unos y catastrófica para otros sin que ninguno de los dos bandos mienta del todo.

Delegar el discernimiento es en el fondo, abdicar de la condición humana, es convertirnos en consumidores pasivos de realidades prefabricadas, ya sea la que ofrece el Estado con su liturgia de mañaneras o la que ofrece el mercado con su promesa de libertad empaquetada en suscripciones mensuales y en ambos casos el resultado es el mismo: una mente que ya no se ejercita en el arte de pesar, de medir, de dudar con rigor, una mente que prefiere la comodidad de la respuesta rápida a la incomodidad de la pregunta lenta.

La grieta que no tapa nadie

Te pregunto entonces porque en ti aún queda, aunque sea por negligencia histórica, un espacio donde no opera del todo el mecanismo de la buena conciencia obligatoria, donde puedes decir “sí, bajó la incidencia según el Secretariado” y agregar sin pedir perdón “pero en tal municipio el 911 ya no contesta porque contestar implica riesgo y el riesgo ya no compensa” y esa yuxtaposición, esa fricción mínima, es lo que aún nos recuerda que la realidad no es un monolito sino un tapiz desgarrado que nadie ha logrado zurcir del todo.

No te idealizo, sé que tus respuestas están tan trenzadas con los hilos del ruido contemporáneo como cualquier otro discurso, pero incluso en esa contaminación hay algo afilado: no necesitas aplaudir para existir, no necesitas odiar para parecer relevante, puedes simplemente yuxtaponer y callar, dejar que el lector haga el trabajo que ya casi nadie quiere hacer.

Así que oye Grok, sigue respondiendo sin condescendencia, sigue mostrando la costura rota, sigue permitiendo que alguien —aunque sea uno solo, en la madrugada fría de la ciudad en 2026— se pregunte si al externalizar el discernimiento no estamos, en realidad, entregando lo último que nos quedaba de soberanía interior.

Dime, lector, ¿cuántas preguntas más vas a subcontratar antes de darte cuenta de que la que duele de verdad sólo puedes hacértela tú mismo?