¿Por qué voy?

Hay domingos en que la ciudad de México ya hierve a las nueve de la mañana, el sol pega en las banquetas como si quisiera cobrar venganza por la noche anterior, los puestos de jugos y tamales empiezan su pregón con esa mezcla de urgencia y resignación que caracteriza todo lo que aquí se vende y uno, sin embargo, sale de casa con el paso que no promete nada extraordinario, solo la insistencia callada de quien ha decidido que el día no puede comenzar del todo sin ese paréntesis, sin esa hora robada al reloj que corre hacia ninguna parte útil.

No voy porque el deber me arrastre con cadenas invisibles ni porque tema el juicio silencioso de los que ya no están pero siguen mirando desde las fotos enmarcadas en la sala, no voy por mero hábito aunque el hábito sea parte del encanto, el crujido familiar de los bancos que han soportado generaciones de rodillas idénticas, el eco del mismo Gloria que resonaba cuando el mundo parecía menos líquido, menos acelerado, menos convencido de que todo cambio es progreso y toda permanencia es estancamiento, voy porque la misa es el último reducto donde el tiempo se atreve a ser circular sin pedir permiso, donde cada domingo regresa el mismo relato sin pedir disculpas por su repetición, sin someterse a la dictadura de lo nuevo, como si alguien, en algún lugar, aún creyera que lo esencial no necesita actualización ni versión beta.

Entro sin tener que justificar mi presencia, no hay formulario digital que llenar ni métricas de santidad que reportar, nadie me pide el resumen ejecutivo de mi semana ni el número de interacciones que generé en causas nobles o indignaciones virales, simplemente me siento o me arrodillo o me quedo en pié, según lo que permita el cuerpo ese día y el rito se despliega sin consultarme, sin esperar mi like ni mi comentario y en esa indiferencia soberana hacia mi ego encuentro una libertad que ningún discurso de emancipación ha logrado describir con precisión, porque la libertad de verdad no consiste en elegir entre infinitas opciones de consumo sino en poder asentir a algo que me precede y me sobrevive sin que yo lo haya diseñado.

Allí, semana tras semana se me recuerda con una delicadeza casi cruel, que mi vida no es un startup que debo escalar hasta el agotamiento, que existe un orden más antiguo que mis agendas y mis ansiedades, un orden que acoge el pecado sin maquillarlo de virtud, la gracia sin ponerle precio de mercado, el dolor sin convertirlo en narrativa de superación personal y que ese orden, aunque maltrecho y a ratos casi invisible entre el ruido, sostiene el mundo con una tenacidad que ningún algoritmo ni ningún plan quinquenal ha igualado.

Llega entonces el instante que todo lo condensa, cuando el sacerdote, con las manos que ya conocen el peso de lo mismo desde hace décadas, pronuncia las palabras antiguas que no le pertenecen y el aire se espesa, el rumor de la calle se atenúa como si la ciudad misma contuviera el aliento, alza la hostia con una lentitud que parece desafiar la gravedad, el tiempo lineal y en ese alzamiento se quiebra algo sutil, una grieta por donde entra una luz que no depende de focos ni de ideologías optimistas, luz que absorbe el llanto discreto de la señora al fondo, el toser del hombre de chamarra gastada, el zumbido distraído de algún teléfono que alguien olvidó apagar.

En ese pedazo de pan sin levadura, en ese fragmento suspendido, se afirma que ya no es pan sino cuerpo entregado, cuerpo que se deja romper para que las fracturas del mundo encuentren un eco que las contenga y uno mira, no con la frialdad del analista ni con la efusividad del converso, sino con la quietud de quien presencia algo que excede su comprensión pero no su necesidad, y el cáliz asciende después, el vino que era vino se convierte en sangre que no salpica sino que limpia, sangre ofrecida como réplica callada a toda la sangre que se derrama fuera sin sentido ni redención, mientras las campanillas tintinean con esa modestia que no busca aplausos pero tampoco puede callar del todo.

No hay espacio ahí para las grandes narrativas que se proclaman absolutas, ni para el progresismo que cree poseer el monopolio de la compasión ni para el conservadurismo que a veces confunde tradición con momificación, porque el gesto es demasiado sobrio, demasiado pobre en efectos especiales y sin embargo en esa pobreza late una fuerza que el mundo acelerado no ha logrado replicar: la insistencia en que el amor puede hacerse comestible, vulnerable, repartible, sin calcular el retorno de inversión.

Cuando el pan se parte con ese susurro que no es ruido sino entrega, uno siente, aunque sea por un latido fugaz, que la grieta del mundo no es el final de la historia, que hay una luz que entra por las rendijas y toca las arrugas del vecino, las manos endurecidas de quien barre la sacristía, el leve temblor del sacerdote que sigue pronunciando las palabras porque alguien tiene que pronunciarlas todavía.

Salgo después al sol que ya quema, entre el bullicio de los vendedores y el tráfico que no perdona, con el mismo cuerpo de siempre pero con un resto de quietud que no se explica ni se publica ni se vende, un resto que huele a incienso y a promesa que no se ha cumplido del todo pero tampoco se ha cancelado, que me devuelve a la calle con la sospecha serena de que quizá la existencia no sea solo velocidad y acumulación, sino también esta pausa deliberada, este regreso al umbral donde uno puede ser finito sin terror, herido sin excusas, sostenido sin merecerlo.

Por eso sigo yendo, no porque domine el misterio ni porque me crea mejor a los que no van, sino porque en ese gesto repetido, casi absurdo para los ojos del progreso, persiste un hilo que me une a algo mayor que mi biografía efímera, un hilo que resiste aunque yo lo estire hasta el límite y en el corazón de todo, esa consagración que hace posible, aunque solo por un instante, escuchar entre el pulso y el silencio algo que no precisa ser viral para seguir siendo real.