La soberbia con que Morena administra esta reforma electoral —presentándola como un acto de higiene republicana, un barrido necesario contra los “privileges partidistas”, cuando en realidad es una reconfiguración del árbitro que, con todas sus fisuras, ha permitido que el poder cambie de manos sin derramamiento de sangre en un cuarto de siglo— roza ya lo obsceno, porque no se trata solo de creer que dominan el relato: se trata de estar convencidos de que el relato los absuelve de antemano, de que la mayoría legislativa convierte cualquier objeción en mera nostalgia golpista, de que el micrófono en su mano basta para que el sentido común se incline ante la voluntad popular convertida en dogma.
Mire a la presidenta, en mañaneras que ya parecen liturgia laica, habla de austeridad con la cadencia de quien sabe que la palabra “republicana” aún seduce a muchos, reduce el presupuesto del INE a niveles que suenan virtuosos en el pizarrón pero que, en la geografía real del país, dejan sin oxígeno la fiscalización en distritos donde el crimen organiza las elecciones antes que el árbitro y lo hace con la tranquilidad del que cree que el único contrapunto vendrá de los mismos de siempre —Romero plantado en el INE como profeta de fin de mundo, Anaya en videos que circulan en loop para el coro fiel, Döring con su filo de siempre, López Rabadán elevando el tono desde la tribuna, Gutiérrez Ureña repitiendo el mantra en la capital—, un griterío monótono de “Ley Maduro” que rebota en las mismas paredes sin romper ni una ventana, un ruido hueco que, lejos de obligar a defender cada coma, cada tijeretazo presupuestal, cada trueque discreto de plurinominales con PT y PVEM, se convierte en el mejor colchón acústico del poder, porque cuando la oposición solo grita sin proponer, sin doler en la calle, sin ofrecer una alternativa que convenza más allá del miedo importado, el oficialismo puede avanzar con la calma del que ya se siente absuelto.
Y sin embargo, en esa calma radica la hybris mayor: esta reforma, tal como está planteada, no solo les entrega beneficios plenipotenciarios inmediatos —un árbitro con menos dientes para morder irregularidades en zonas calientes, curules más seguras para los leales, consultas que ratifican más que preguntan, un financiamiento público recortado mientras el privado opaco sigue siendo el gran ausente del debate—, sino que abre de par en par la compuerta de un raudal que ellos mismos han subestimado, un torrente de desconfianzas acumuladas que, al desbordarse, ahogará su propia soberbia en el fango de las promesas que no resisten el roce con la realidad, crispará aún más a una sociedad que ya vive al borde de sus nervios, entre la fatiga de las grandes narrativas redentoras y el recelo ante un control que se disfraza de participación popular, porque cuando se toca el nervio de las instituciones que aún resisten como raíces en tierra seca, cuando se le dice a la gente que el ahorro es virtud mientras el poder se concentra en pocas manos, el agua no respeta diques partidistas: inunda por igual al que creyó domar el río y al que solo miró desde la orilla con creciente inquietud.
Morena cree que maneja la narrativa porque el volumen está de su lado, porque las encuestas —aún en este enero de 2026— sostienen un colchón de aprobación que amortigua los embates verbales, porque la oposición se agota en consignas recicladas sin lograr que la crispación se traduzca en presión efectiva, pero ignora que la soberbia no se mide en puntos de rating ni en retuits, sino en la distancia creciente entre lo que se promete como transformación histórica y lo que se percibe como ajuste de cuentas con la pluralidad, una distancia que en un país donde la crispación ya es atmósfera permanente se convierte en grieta, la grieta en fractura, la fractura en raudal que arrastra por igual certezas oficiales y silencios pensantes.
Porque al final, esta reforma no solo busca domesticar al INE: busca reescribir las reglas del juego con la certeza de que la voluntad popular, cuando se invoca desde Palacio, ya no necesita contrapesos y esa certeza —esa fe absoluta en que el dogma de la mayoría basta para legitimar cualquier concentración— es la que paradójicamente, liberará el torrente que ellos mismos han abierto, un diluvio de divisiones que no se calman con decretos ni con mañaneras, que ahoga la soberbia en su propia corriente, que crispa aún más a una sociedad ya dividida entre los que aplauden por lealtad y los que callan por desconfianza creciente, hasta que el silencio deje de ser pasivo y empiece a pesar como agua que sube.
Uno termina preguntándose si no están, sin advertirlo del todo, abonando el terreno para que el verdadero juicio no venga de las urnas manipuladas ni de las redes polarizadas, sino del peso callado de una ciudadanía que, harta de significantes vacíos, empieza a sospechar que la transformación prometida no era más que el nombre bonito de una concentración que al final, ahoga a todos por igual, incluso a quienes la invocaron con la certeza de que el pueblo, convertido en su significante flotante, nunca los contradiría. ¿No será que el raudal que ellos abrieron con tanto aplauso terminará siendo el que les recuerde, con agua hasta el cuello, que ninguna mayoría absoluta absuelve la hybris de creerse dueños del sentido común, ni siquiera cuando el micrófono está en su mano y el ruido del otro lado se apaga solo?
