Maduro y política del esquirol involuntario

Llamar «Ley Maduro» a la reforma electoral que se perfila en estos días ya no es simple torpeza comunicacional, es el último estertor de una política que, con cada grito repetido sin sustancia, confirma sin asomo de duda que el PAN se ha convertido en el esquirol involuntario del Estado, en ese guardián de cartón que, al oponerse con tan poca profundidad y tanta estridencia, termina haciendo que cualquier modificación parezca, por contraste, mesurada, necesaria, casi inevitable.

Observe usted la escena con esa distancia serena que permite ver las costuras deshilachadas: Jorge Romero, presidente nacional, plantado en la sede del INE como profeta de un apocalipsis que nunca llega, advirtiendo que el narco entrará por la puerta grande si se toca el financiamiento, olvidando que su partido convivió décadas con opacidades similares sin que el firmamento se desplomara; Ricardo Anaya, en videos que parecen grabados en bucle eterno, insistiendo en que Morena busca capturar el INE como Caracas capturó el suyo, sin mencionar que la sobrerrepresentación que ahora denuncia fue herramienta cotidiana de su propio bloque; Federico Döring sumándose al coro con su filo verbal habitual, Kenia López Rabadán elevando el tono desde la Mesa Directiva, la presidenta del PAN en la Ciudad de México, Luisa Gutiérrez Ureña, entonando el mismo réquiem en redes y conferencias locales, incluso ecos en figuras como Margarita Zavala que aún resuenan en archivos polvorientos, todos ellos repitiendo el mantra con la convicción piadosa de quien cree que el significante basta para conjurar el mal, cuando lo que logran es exponer, con crudeza casi conmovedora, que esta forma de hacer oposición —reactiva, estridente, carente de renovación— es precisamente la que convierte al PAN en esquirol del Estado: el que, al no abrir puertas a vientos de cambio genuino, al aferrarse a los mismos rostros y las mismas consignas prestadas, termina sirviendo de muro falso, de oposición de utilería que hace que el poder real parezca más sólido, más legítimo, más incuestionable.

Porque estos clamores no traen propuestas que resuelvan las grietas reales —la infiltración del crimen en procesos locales que nadie ha extirpado por completo, la sobrerrepresentación que critican pero que practicaron sin pudor, el costo obsceno de las elecciones que denuncian pero que nunca bajaron cuando gobernaron—, solo traen la analogía venezolana, un paralelismo tan burdo que el gobierno puede desmontarlo con un susurro: México no es Venezuela, ni en reservas agotadas, ni en diáspora masiva, ni en paciencia social rota hasta el hueso y sin embargo insisten, como si el terror semántico pudiera sustituir al argumento, como si no supieran que esta política del grito sin alternativa propia es la que más ayuda al Estado a consolidarse, porque convierte la crítica en ruido blanco y la reforma, por contraste, en acto de mesura republicana.

Presidencia apenas necesita recordar que la iniciativa ni siquiera se ha presentado formalmente, que aún se negocia con aliados que defienden sus plurinominales como reliquias sagradas —PT y PVEM resistiendo cualquier tijeretazo— y el contraste se impone sin esfuerzo: la paciencia que construye en silencio contra el frenesí que se agota en ecos, la promesa de austeridad contra el clamor de quienes defienden un statu quo que les permitió parasitar sin rendir cuentas. Al bautizarla así, en bloque casi litúrgico, el PAN regala la victimización perfecta, permite que cualquier objeción técnica se descalifique como “guerra sucia”, y deja que el oficialismo responda con la calma del que sabe que la comparación es grotesca mientras habla de democracia directa, ahorro real, fin de privilegios.

Peor aún: el apodo reafirma a Maduro como espectro operativo, lo mantiene vivo cuando lo astuto sería archivarlo como lección histórica; al repetirlo en masa se concede al gobierno la coartada de la persecución irracional y el debate se estanca en Caracas, no en las letras que se escriben a puerta cerrada.

Ya es tiempo de que el PAN abra la puerta a vientos de cambio de verdad, porque estos impresentables —o mejor dicho, estos mismos de siempre— no saben cambiar, no han aprendido que la renovación no consiste en reciclar miedos ajenos sino en ofrecer, desde la raíz, instituciones fuertes pero no intocables, representación genuina sin parasitismo partidista, fiscalización implacable sin excepciones para los propios, una democracia que cueste lo que cueste porque la libertad, en su complejidad humana, nunca fue commodity barato, error tras error, grito tras grito sin sustancia, solo demuestran que esta política del esquirol involuntario —la que se opone con tanto ruido que termina protegiendo lo que critica— es la que, sin duda, ha convertido al PAN en guardián accidental del statu quo que tanto dice combatir.

Uno termina preguntándose si, en el fondo, no están contribuyendo más a la perpetuación del modelo que tanto temen, no por la fuerza del adversario, sino por la debilidad propia que se revela en cada consigna vacía. ¿No será que el verdadero esquirol del Estado ya no es el que se alinea, sino el que, al no saber ser oposición real, termina sirviéndola con su sola inercia, con su incapacidad para callar y dejar que surja, al fin, algo distinto?