No, no fue lo que necesitábamos.

Un año después de que escribí sobre aquel susurro esperanzado que invocaba a Viva México como posible brújula en la tormenta política, ¿Es «Viva México» lo que Necesitamos?, la claridad llega como un viento frío que barre las ilusiones: no fue bálsamo, sino apenas un destello efímero, un intento que se disolvió el 31 de diciembre de 2025 en un comunicado tibio, donde se culpó al marco legal del INE por hacer inviable la independencia, pero donde la verdad respira más hondo, en la ausencia misma de asambleas convocadas, de afiliados reunidos en número suficiente, de documentos que dieran carne al espíritu proclamado.

El movimiento, impulsado por Eduardo Verástegui y difundido en las plazas digitales que hoy sustituyen a las antiguas ágoras, obtuvo en febrero de 2025 el visto bueno para armar veinte asambleas estatales, cada una con al menos tres mil almas en comunión real, no virtual y sin embargo los meses pasaron como agua entre los dedos: julio sin una sola asamblea formal, agosto con avances fantasmas, septiembre ya con el silencio que precede al abandono y al final, ni las firmas mínimas, ni la expansión territorial, ni la perseverancia que transforma un arrebato en estructura perdurable.

Este colapso no es casualidad, sino síntoma agudo, la excusa del entramado legal apenas disimula lo obvio: faltó rigor, faltó organización sostenida, faltó convertir el grito en obra paciente, dejando el esfuerzo reducido a un eco en redes que se disipa tan rápido como se enciende.

Peor aún, el fracaso ilumina con crudeza las dos grandes trampas que hoy devoran a México: por un lado, el liberalismo que atomiza al individuo hasta convertir la libertad en mero capricho de consumo, erosionando la familia como célula primera de responsabilidad y transmisión de lo permanente; por el otro, el populismo, que con su retórica de masas y su centralismo asfixiante suplanta las autonomías locales, las parroquias, los barrios, las redes vecinales que deberían ser el verdadero suelo de la subsidiaridad, esa sabiduría antigua que pide intervenir desde arriba solo cuando lo de abajo no alcanza, no como pretexto para absorber todo en el leviatán estatal que promete equidad pero entrega control.

En sus informes que ocultan la erosión de lo concreto bajo cifras maquilladas, se perpetúa un régimen donde el Estado se erige en padre omnipotente, ignorando que la verdadera prosperidad brota de comunidades arraigadas, de familias que educan según sus convicciones, de calles seguras por la vigilancia mutua y no por decretos remotos; y en este paisaje, la disolución de Viva México funciona como espejo cruel: ni siquiera un proyecto que se decía anclado en la vida desde la concepción, en la familia como raíz, en la libertad religiosa sin cortapisas, logró trascender la proclama para encarnar en hechos.

¿Y ahora? La tentación será lamentarse o refugiarse en la pureza de la marginalidad, pero la realidad, esa maestra severa, susurra otra cosa: no esperemos la utopía de un partido virgen nacido de la nada, porque el tablero ya está ocupado, las reglas ya existen y la astucia consiste en entrar por las puertas disponibles, apropiarse de estructuras imperfectas —con sus ecos conservadores, independientes que aún respiran principios afines— para transformarlas desde dentro, con disciplina, con presencia constante en lo local, en los municipios donde la política aún se toca con las manos.

Afiliémonos, organicémonos en círculos pequeños pero firmes —familias, parroquias, colonias— multipliquemos la voz en 2026 para que en 2027 emerja una oposición conservadora no soñada sino real, capaz de defender la vida inviolable, la familia irremplazable, la soberanía frente a injerencias toleradas en silencio, la educación libre de adoctrinamiento estatal; porque si el populismo supo infiltrarse con paciencia hasta devorar las instituciones, nosotros, con una moral más honda y menos mesiánica, podemos hacerlo con mayor rapidez y verdad.

No se trata de rendirse al sistema, sino de conquistarlo con inteligencia y ardor; México no necesita otro sueño vaporoso, necesita mexicanos erguidos que usen lo tangible para moldear lo posible, que recuerden que tres hectáreas bien cultivadas y una biblioteca compartida siguen siendo más subversivas que cualquier proclama de cinco años.

¿Esperaremos otro milagro que no llega o nos pondremos a trabajar en lo que ya está al alcance, con la certeza callada de que lo justo, cuando se defiende con constancia y sin fanatismos, termina encontrando su cauce? La pregunta queda suspendida, como una invitación modesta a mirarnos con ojos nuevos y actuar sin demora.