Ah, enero de 2026 en la Ciudad de México, donde el aire aún huele a pólvora electoral reciente y a tacos al pastor que se enfrían en la esquina y donde tú, con tu corbata impecable y tu sonrisa de abogado que ha leído demasiados códigos pero no logra descifrar del todo el pulso subterráneo de la calle, sigues repitiendo esa lista que ya suena a letanía desvaída en los pasillos de un Congreso que ya no escucha con paciencia: segunda vuelta presidencial para que ningún ganador se sienta ungido por casualidad, primarias abiertas que rompan el candado de las cúpulas oxidadas, voto electrónico con trazabilidad intocable, gobiernos de coalición que obliguen al diálogo forzado, nulidad automática cuando el crimen organizado meta la mano en la urna, eliminación de la sobrerrepresentación como si fuera el pecado capital de las mayorías fabricadas en escritorio.
Lo repites con la insistencia de quien recita un rosario en una capilla vacía, sin embargo, Jorge, esa agenda —razonable, moderada, técnica, casi académica en su pulcritud— llega amortiguada, inaudible para muchos, porque huele a nostalgia por un statu quo que la mayoría percibe como cómplice del mismo hartazgo que pretendes combatir y peor aún porque en tus filas y entre tus afiliados has permitido que se infiltre ese wokismo importado, esa ideología de la buena conciencia progresista que confunde la tradición con opresión y la complejidad humana con categorías binarias de víctima y verdugo, integrando voces que hablan de diversidad obligatoria y corrección política como si fueran dogmas incuestionables, diluyendo así el núcleo conservador que podría haber ofrecido una resistencia genuina al mesianismo populista de la 4T.
Tu PAN, por qué te haz apoderado del el, se atrinchera en la defensa del INE como si fuera una catedral gótica amenazada por bárbaros modernos, alerta contra la “Ley Maduro” que ve en cualquier recorte un velo para la captura total, denuncia el riesgo de dinero negro si se debilita la vigilancia sin endurecerla, rechaza mayorías artificiales y sobrerrepresentación, pero evita —con una delicadeza que roza la complicidad— tocar lo que más irrita en la plaza pública es decir a los mexicanos: por qué aferrarse a prerrogativas millonarias en una era de austeridad predicada desde el poder, por qué esos contrapesos que defiendes con terquedad sirvieron durante décadas para simular alternancia sin alterar las estructuras profundas donde la propiedad humilde se erosiona ante el Estado abstracto o el narco que decide alcaldías enteras sin que tu árbitro intocable logre detenerlo más allá de multas simbólicas y ahora, siendo de chile, de dulce y de manteca —cambiando de sabor según el viento del momento, defendiendo la familia en un mitin pero callando ante agendas que la deconstruyen en otro, oponiéndote al régimen en el Congreso pero coqueteando con sus aliados en pasillos discretos—, terminas alienando al que busca en la oposición no solo crítica sino un ancla en valores que no se negocian, cuando el país, en su enojo visceral que sube desde las colonias olvidadas hasta las plazas atestadas, pide a gritos no más parches ni más ambigüedades sino una coherencia que rompa el status quo.
Y no creas que la crítica se detiene en tu figura o en tu partido; se extiende a esa nueva derecha que emerges como capilla anexa del PAN, un oratorio lateral adosado a la catedral principal con velas encendidas pero sin feligreses suficientes para llenar los bancos, invocando valores conservadores profundos —la familia como traducción primera entre lo universal y lo concreto, la tradición católica interrumpida pero no cancelada, el distributismo que sueña con tres hectáreas y una biblioteca como antídoto contra el shopping infinito del liberalismo o el programa de cinco años del populismo— y sin embargo termina siendo poco más que un apéndice piadoso, repitiendo los mismos salmos con acento juvenil pero sin la audacia para independizarse del altar mayor, criticando el mesianismo de la 4T con ironía fresca pero sin romper con la dependencia del blanquiazul que ya infecta con wokismo sus filas, siendo también de chile, de dulce y de manteca al acomodar principios para no perder relevancia digital, cuando lo que se pide es coherencia que quiebre el ciclo, que no integre modas progresistas sino que defienda lo permanente con la terquedad de quien sabe que la verdadera ruptura no viene de mayorías efímeras sino de raíces que no se negocian.
Uno pasea por los claustros derruidos de una democracia que alguna vez creyó en la pluralidad como en un rosario de cuentas desiguales pero equilibradas y se pregunta si tu fracaso —y el de tu oposición ampliada— no radica precisamente en esa integración errónea del wokismo que diluye la esencia, en esa inconsistencia de sabores que evita el compromiso firme, en la incapacidad de traducir tus propuestas razonables a un lenguaje que resuene en el miedo cotidiano, en la sospecha de que todo cambio anunciado como salvación termina siendo captura disfrazada, en el hastío de quien ya no distingue entre guardián y cómplice, hablas con la serenidad del burócrata ilustrado que ha leído demasiados informes electorales, pero no logras bajar al barro donde el pueblo siente que las instituciones fallaron en proteger lo concreto: la familia amenazada, la comunidad de escala humana disuelta, la propiedad como raíz de responsabilidad erosionada por abstracciones devoradoras.
¿Será, entonces, que tu terca defensa de lo permanente necesita, antes que nada, una purificación que expulse el wokismo infiltrado, que rompa con la ambigüedad de ser de chile, de dulce y de manteca, que expulse las dependencias del financiamiento que defiendes a medias y los plurinominales que evitas cuestionar del todo, para volver a sonar como algo más que eco lejano en una catedral vacía? O quizá la melancólica constatación sea más cruel: si ni siquiera tú, con tu lista numerada y tu retórica de contrapesos, logras encender una chispa de adhesión genuina sin contaminarte de modas progresistas y de inconsistencias tácticas, tal vez el desencanto ya no sea selectivo, sino total y lo que queda es releer, con ojos nuevos y sin ilusiones románticas, si aún hay algo que valga la pena defender cuando todos los bandos parecen jugar el mismo juego con reglas que ya nadie cree.
