Si, lo creen con una convicción que roza lo litúrgico, como si la realidad fuera un pergamino antiguo que se puede reescribir con tinta fresca y decretos oficiales, sin que el pergamino mismo se resista, se quiebre o revele su textura original bajo la nueva caligrafía, es la ilusión suprema del constructivismo político, pensar que el ser humano, armado solo con voluntad colectiva y control narrativo, puede abolir las limitaciones inscritas en la creación misma, niegan la herida porque han decretado la salud, proclaman la igualdad absoluta porque han silenciado las diferencias naturales, exigen la abundancia perpetua porque han prohibido nombrar la escasez, insisten en que el hombre nuevo nacerá de la ceniza del viejo porque han declarado extinguida la inclinación al mal que late en cada pecho desde el principio, todo ello envuelto en un ritual de repetición masiva, en asambleas donde la verdad se mide por decibeles y no por correspondencia con lo que es.
En el fondo late esa antigua tentación, la soberbia de quien se cree capaz de rehacer el orden del mundo sin consultar al Ordenador, el liberalismo progresista, con su fe en la plasticidad infinita de la naturaleza humana y el populismo contemporáneo, con su culto al líder que habla en nombre del pueblo como si el pueblo fuera una entidad monolítica sin memoria ni contradicciones, se encuentran en este punto preciso, ambos creen que la palabra pronunciada desde el poder es creadora ex nihilo, declaran y la cosa es, niegan y la cosa deja de ser, así se construye el paraíso artificial, con negaciones sucesivas de lo que duele, de lo que cuesta, de lo que limita, de lo que recuerda que el hombre no es autosuficiente, que necesita límites para no disolverse en caos, que requiere cuerpos intermedios, familia, comunidad, tradición, para no quedar a merced de la voluntad arbitraria del centro.
Pero la realidad, esa vieja maestra severa, no obedece a los conjuros, tiene la paciencia geológica de la piedra que soporta el agua, el viento, el fuego, y permanece, México lo sabe en sus huesos profundos, sabe que las comunidades rurales no desaparecen porque un plan central las declare obsoletas, que la familia resiste porque es anterior al Estado y más resistente que él, que la fe católica, con su insistencia en la dignidad inviolable de la persona creada a imagen y semejanza, en la subsidiariedad que respeta los cuerpos intermedios como células vivas del organismo social, en la caridad que no se confunde con la limosna estatal ni con la redistribución forzada, sobrevive a los regímenes que la declaran superada, a las políticas que la relegan al rincón privado mientras el poder público pretende ocupar el lugar del alma.
Cuando Sheinbaum y su corte proclaman la transformación total, cuando Morena dibuja en el aire un México sin fracturas porque ha prohibido hablar de ellas, cometen el mismo error que los constructores de Babel, confunden altura con proximidad a lo eterno, volumen de promesas con cumplimiento, y la voz del poder con la voz de la verdad, pero la confusión de lenguas siempre llega, primero en los bolsillos vacíos que no se llenan con retórica, luego en las familias deshechas por la migración forzada o la desprotección, después en las conciencias que, hartas de máscaras, empiezan a buscar el rostro auténtico bajo el maquillaje ideológico, en las iglesias donde se ora en silencio, en las plazas donde se recuerda que la autoridad legítima no se impone sino que se gana sirviendo, en los hogares donde se enseña que el bien común nace de lo pequeño, de lo concreto, de lo que se toca y se ama diariamente.
La realidad no se cambia negándola, se ordena reconociéndola con la humildad de quien sabe que no es dios, se redime sirviéndola con la prudencia de quien entiende que el bien común nace de lo pequeño, de lo local, de lo concreto, se sostiene con la caridad que no busca aplausos ni votos, sino la restauración silenciosa del tejido roto, con instituciones que respeten la libertad de asociación, con políticas que fortalezcan en vez de sustituir a la familia, con un Estado que auxilie sin absorber, que proteja sin asfixiar, que reconozca que la verdadera soberanía reside en el pueblo no como masa amorfa sino como personas unidas por vínculos reales.
Todo lo demás, los grandes relatos, las mayorías fabricadas, las negaciones ensordecedoras, las campañas que prometen borrar el pecado con propaganda, las reformas que centralizan en nombre de la equidad mientras erosionan las raíces, es viento que pasa, hoja que se seca, máscara que, tarde o temprano, se agrieta y cae, y cuando caiga, no aparecerá el hombre nuevo prometido, sino el hombre viejo de siempre, herido, limitado, pecador, pero capaz, precisamente por saberlo, de levantarse, de arrepentirse, de reconstruir desde la verdad que no se negocia, desde la naturaleza que no se inventa, desde la gracia que no se decreta.
Ese es el único cambio verdadero, el que brota de la aceptación humilde de lo que es, el que se teje con paciencia, con amor ordenado, con respeto a lo que precede al poder y lo trasciende, todo lo demás es mera repetición del mismo antiguo engaño, vestido con nuevos colores, nuevos nombres, nuevas banderas, pero siempre el mismo rostro oculto bajo la promesa de un paraíso que nunca llega porque niega la cruz que redime.
