La palabra el primer acto de libertad.

Odio ya no es aquel fuego oscuro que nace del agravio personal o del mal sufrido, no, odio es el epíteto que se arroja sobre cualquiera que se niegue a corear la consigna del momento, decir que la vida del niño en el vientre merece respeto igual que la del adulto es odio, recordar que la familia no es un experimento social sujeto a votación es odio, invocar a Dios sin pedir permiso previo al comité es odio concentrado, casi delito, mientras tanto el insulto organizado desde cuentas con miles de seguidores, el linchamiento digital con sonrisa de Estado, el desprecio sistemático al que piensa distinto, eso se llama conciencia social, justicia restaurativa, empatía en acción, curioso trueque de nombres.

Dios mismo se ha vuelto un convidado de piedra, lo invitan a las ceremonias para que bendiga el nuevo centro de distribución de becas o el puente recién inaugurado, pero le cierran la puerta cuando recuerda que hay una ley que no se somete a encuesta ni a voluntad popular, es un adorno nostálgico que se saca del cajón en diciembre para las posadas y en abril para las procesiones, pero fuera de calendario estorba, su presencia en la plaza pública ya no es derecho natural, es privilegio que se concede o se retira según el humor del día.

Y la patria, ay la patria, ya no es la tierra de los abuelos, el idioma que nos arrulló de niños, el olor a tortillas y mole en la casa de la abuela, la memoria compartida de los que murieron por defenderla, ahora es sinónimo de lealtad al proyecto en turno, al color del partido, al líder que habla en primera persona del plural, amar la patria de siempre te convierte automáticamente en enemigo de la patria oficial, el patriotismo se cuenta en retuits a la mañanera, en la repetición mecánica de la frase del día, quien ama la tierra concreta, la de los ríos y los cerros, la de las fiestas patronales y las cruces en los caminos, ese es sospechoso de traición.

La familia, pobre palabra manoseada hasta el cansancio, se la declara pilar de la nación cuando hace falta llenar plazas con madres e hijos abanderados para la foto del mitin, se la convierte en estructura opresiva, vestigio colonial, constructo heteropatriarcal en cuanto osa defender su intimidad frente al Estado que quiere educarla, redefinirla, regularla, sagrada en septiembre, sospechosa en marzo.

La vida misma se ha vuelto un concepto elástico según el trimestre gestacional y la utilidad política del momento, sagrada cuando sirve de emoticono en la narrativa del cambio, negociable cuando incomoda el absoluto de la autonomía individual o la cuota de poder, una vez que nace el niño su valor depende del presupuesto disponible para estancias infantiles y programas sociales, antes del parto es derecho absoluto de la madre, después del parto derecho condicionado del Estado.

Libertad, la palabra más hermosa del diccionario contemporáneo, significa ahora elegir libremente entre las opciones que ya fueron aprobadas por el algoritmo y el comité central, libertad de expresión mientras no toques los intocables del momento, libertad económica mientras no pretendas poseer algo que el poder considere estratégico, libertad religiosa mientras no pretendas vivirla en público sin pedir permiso.

Los valores, la coherencia, la honradez, la rectitud, el civismo son reliquias que se exhiben en los museos electorales y después se guardan con llave hasta el siguiente proceso, la coherencia es enfermedad de los ingenuos que aún creen que los principios no mutan según la conveniencia histórica, la honradez estorba cuando hay que “flexibilizar” licitaciones, el civismo es cosa de fifís resentidos que no entienden la dialéctica superior del poder.

Solidaridad significa que el Estado te quite para repartir a su antojo, la ayuda de vecino a vecino sin logo partidista, sin intermediario, sin clientela política, esa es casi egoísmo disfrazado de caridad privada, empatía, la virtud suprema del nuevo catecismo, se practica con hashtags, con la foto de perfil en el color del mes, con la condena fácil a lo que todos condenan, la que llama a la puerta del enfermo, la que acoge al huérfano, la que da sin esperar aplauso ni tendencia, esa no genera engagement, luego no cuenta.

Y así vamos, pronunciando las mismas sílabas antiguas pero con el alma en comillas irónicas, las palabras nobles se han convertido en billetes falsos, brillan, suenan bien, pero no compran nada verdadero.

Mientras la ciudad respira con su prisa de siempre y el sol quema las banquetas, todavía hay quien se atreve a decirlas sin sarcasmo, sin guiño, sin miedo, esos son los resistentes silenciosos, los que saben que nombrar las cosas por su nombre sigue siendo el primer y a veces el último acto de libertad.

Dime, con la mano en el corazón, ¿vas a dejar que te roben también las palabras o sigues dispuesto a pronunciarlas aunque duelan, aunque cuesten, aunque en este México de hoy sean ya palabras subversivas?