En las callejuelas de Mineral de la Reforma, donde el polvo se levanta como un velo de resignación antigua y el sol de enero hiere sin piedad la piel curtida por años de espera inútil, un kilo de jitomate viaja de mano en mano, rojo, pesado, efímero, convertido en el más vil de los contratos, en la moneda más barata con que se negocia la libertad del alma colectiva, pues tu hambre, medida con la frialdad de quien administra la escasez ajena, se transforma en mi poder, en estructura de dominio, en arquitectura invisible que sostiene el edificio tambaleante de una supuesta regeneración.
No se trata, ciertamente, de un gesto aislado ni de un error de militantes apresurados, sino de un síntoma que revela la médula misma del proyecto, un eco que resuena desde las antiguas prácticas del régimen que se juró sepultar, recicladas ahora con mayor cinismo, envueltas en la bandera de una transformación que prometía erradicar el clientelismo para terminar administrándolo con mayor eficiencia, con mejor coreografía, con la misma impudicia de siempre pero bajo un nuevo nombre, bajo el amparo de cifras millonarias que proclaman once millones de afiliados como si la cantidad pudiera suplir la calidad de la adhesión verdadera, como si el número pudiera disfrazar la vacuidad del compromiso.
En esa casa convertida en oficina improvisada, en el fraccionamiento Campestre Villas del Álamo, mientras las bolsas se llenan con fruta madura y las credenciales del INE se exhiben como trofeos de caza, se consuma la degradación más profunda de lo político, porque cuando la pertenencia a una causa común deja de ser fruto de la convicción para convertirse en trueque elemental, cuando el ciudadano se reduce a cliente y su dignidad se valora por el precio de su estómago momentáneamente saciado, la república entera se convierte en un vasto mercado donde el poder no busca el bien común sino la perpetuación de su propia hambre insaciable.
La auténtica comunidad política, aquella que merece perdurar, se edifica sobre la libertad responsable y no sobre la dependencia calculada, sobre la subsidiariedad que respeta los cuerpos intermedios —la familia primero, la asociación vecinal después, la parroquia como célula viva de caridad organizada, el municipio como ámbito natural de decisión—, y sólo en ausencia de estos, como remedio supletorio, interviene el Estado o el partido, nunca para suplir la iniciativa propia sino para auxiliarla sin anularla, nunca para perpetuar la necesidad sino para crear las condiciones en que el trabajo fructifique sin extorsiones, sin trámites interminables, sin la sombra permanente de la dádiva estacional que llega con cada ciclo electoral y se va con el mismo viento que trae la promesa siguiente.
Mientras la dirigencia guarda un silencio elocuente, mientras los altos mandos evitan pronunciarse sobre el video que circula como prueba irrefutable, se confirma la lógica estructural: estos episodios no son accidentes sino síntomas, mecanismos necesarios para inflar las filas con cuerpos que responden no al ideal sino al incentivo inmediato, para alcanzar metas numéricas que sirven de escudo propagandístico, para presentar un partido masivo en el papel pero cautivo en el espíritu, hinchado de cifras y hueco de almas, porque la verdadera militancia nace de la adhesión libre y no de la transacción, de la fe compartida y no del trueque, de la memoria histórica que recuerda cómo el viejo régimen compraba voluntades con tortas de tamal y láminas de zinc para terminar, décadas después, convertido en el espejo exacto que juró destruir.
Y en el fondo late, como herida abierta, la pregunta que ningún mexicano con memoria intacta puede eludir: ¿deseamos una nación de ciudadanos soberanos o una vasta clientela de súbditos administrados?, porque cada bolsa entregada a cambio de una firma, cada kilo de jitomate que compra un voto interno para respaldar al hijo del subprocurador en su ascenso seccional, es un paso más hacia la conversión del Estado en gran despensa partidista, es un voto menos a la dignidad colectiva, es una grieta adicional en el tejido fracturado de una patria que aún podría reconstruirse si recordara que el auxilio verdadero no administra la pobreza sino que la vence desde sus raíces, desde la familia, desde el trabajo digno, desde la libertad que no se negocia.
Mientras tanto, en Mineral de la Reforma, el jitomate sigue circulando, rojo como la sangre de una promesa traicionada, maduro como la fruta que cae antes de tiempo, efímero como las ilusiones que lo acompañan, y el poder, alimentado por el hambre ajena, ignora que toda hambre, cuando se vuelve consciente, puede volverse contra quien la alimenta, no con furia ciega sino con el desprecio callado, profundo, irreversible, de quienes un día dejaron de creer.
