El último latido que nadie tuvo el corazón de escuchar.

En la penumbra cruel de una madrugada que apesta a gasolina derramada y a promesas podridas, un anciano, flaco como un Cristo de pueblo olvidado, envuelto en harapos que alguna vez fueron cobija, se derrumba frente a las puertas blindadas del Hospital General Dr. Rubén Leñero, ese supuesto santuario del IMSS-Bienestar que proclama curar a los sin nada, mientras en las oficinas lejanas se preparan los sellos para la gran credencial única que, según juran, unificará todo en 2026.

Cuatro horas, cuatro horas interminables de estertores que rasgan el aire helado, de manos huesudas que se aferran al vacío buscando un gesto de misericordia, de ojos vidriosos que imploran un rostro humano y sólo encuentran el muro impenetrable de la indiferencia burocrática, cuatro horas agonizando a la intemperie, mientras el sistema que juró nunca dejar a nadie atrás lo condenaba a morir como un animal callejero, como un desecho que no encaja en el gran esquema de la transformación.

No fue la enfermedad la que lo ultimó, no fue el tiempo ni el destino inexorable, fue un trozo de plástico laminado, una credencial que no llevaba en el bolsillo raído, ese ídolo falso elevado al altar del populismo centralizado, que pesa más que el último jadeo de un moribundo, que decide quién respira y quién debe pudrirse afuera porque su existencia no ha sido debidamente registrada, porque aún no porta el sello que, prometen, llegará pronto para redimirnos a todos.

¡Qué rabia quema el pecho hasta las cenizas, qué tristeza infinita ahoga el alma, qué coraje parte el corazón al ver cómo la deshumanización se ha enquistado en las entrañas mismas del Estado, cómo se nos vendió la salud universal como un milagro patrio, cómo se multiplicaron las banderas tricolores flameantes, los spots emotivos que arrancan lágrimas, las inauguraciones con focos cegadores y mariachis que cantan al pueblo, cómo se centralizó hasta el último respiro bajo el estandarte de una transformación que juraba arrancar al pobre de las garras de la muerte prematura!

Y cuando el más frágil llamó a la puerta, un abuelo olvidado, quizá padre de hijos que cruzaron el desierto en busca de pan, quizá viudo que sobrevive de limosnas y recuerdos amargos, el coloso no vio carne sufriente, no vio un alma creada a imagen divina que clama por auxilio, vio un error administrativo, un hueco en la base de datos, un estorbo logístico que no calza en el protocolo y lo dejó pudrirse en la banqueta de Santo Tomás, mientras el frío de enero le robaba los últimos latidos que nadie tuvo el coraje ni la decencia de escuchar.

Esta es la herida abierta, sangrante, supurante, del modelo que al querer abarcarlo todo desde el Palacio, termina aplastando lo humano en su maquinaria asesina, la antigua verdad que afirma la dignidad absoluta de cada vida, que el doliente debe ser socorrido por el mero hecho de existir, sin pedirle pasaporte ni filiación ni número de expediente, ha sido escupida al suelo por protocolos que nadie osa cuestionar, la prudente sabiduría que confía la primera respuesta al círculo más cercano, a la familia, al vecino, al médico que ve primero los ojos llorosos y después el papel, ha sido devorada por un monstruo lejano que, en su afán de homogeneizar y registrar, convierte al débil en desecho prescindible y el anciano sin credencial es el desecho supremo, invisible, indigno de piedad elemental, reducido a un bulto azul que la prensa registra con horror fugaz y las oficinas superiores prefieren borrar del mapa.

Bajo el mandato que juró erradicar la exclusión para siempre, mientras Sheinbaum y su maquinaria guardan un silencio que huele a complicidad absoluta, la vida del pobre vale menos que un sello de goma, la credencial única, esa panacea anunciada para unificar el caos sanitario en 2026, se revela como el verdugo final, porque sin ella, ni el grito del que se muere cruza el umbral, el silencio institucional retumba como un veredicto de culpabilidad, ningún comunicado rompe el mutismo, porque admitir el crimen sería admitir que el gigantismo centralizado mata por omisión, que la gran promesa de universalidad se estrella contra la realidad de un viejo que agoniza en la puerta.

México, herido y fracturado hasta el tuétano, necesita gritar con coraje esta verdad desgarradora, una nación que permite que un anciano expire por falta de un pedazo de papel ha perdido el alma, ha traicionado lo más sagrado, la justicia verdadera no se cuenta en millones de registros ni en presupuestos faraónicos ni en inauguraciones pomposas, sino en la capacidad de detenerse ante el sufrimiento y rugir, sin condiciones, sin trámites, sin esperas: ¡Entra, porque estás vivo! ¡Respira, porque eres hombre y tu dignidad no necesita formulario ni sello ni promesa futura!

Hasta que esa furia santa pese más que cualquier norma, hasta que el corazón burocrático vuelva a latir con sangre humana, seguiremos velando cadáveres en las puertas de nuestros propios hospitales y cada uno será un grito eterno de rabia contra el corazón que se ha vuelto de piedra, ¡basta ya!, ¡que tiemble el sistema que mata en nombre de la inclusión mientras espera que la credencial mágica lo salve mañana!