La máscara que se convierte en lo que juró combatir

Y entonces descubrimos, una vez más, que todo era mentira, una máscara corrupta y falsa que nos señalaba culpables externos mientras ocultaba, en su interior, las mismas ambiciones, las mismas prácticas y la misma falta de principios que tanto denunciaba, hombres y mujeres que se presentaron como salvadores de la patria, que lucraron durante años con el discurso de la oposición al poder establecido, que capitalizaron el hartazgo colectivo… hasta que llegaron ellos mismos al gobierno y entonces, lo que ayer condenaban como pecado mortal, hoy lo justifican como “necesidad política”, “realismo” o “defensa de la causa”.

Este ciclo no es nuevo en México, es una constante dolorosa que atraviesa décadas: el PRI de la alternancia que prometía renovación y terminó reproduciendo vicios; el PAN que llegó gritando “honestidad” y se enredó en escándalos de financiamiento opaco y nepotismo disfrazado; Morena izquierda histórica que denunciaba el centralismo autoritario y al llegar al poder, ha concentrado más que nadie, ahora, en pleno 2026, el patrón se repite con una cruel ironía: sectores que durante lustros se opusieron al régimen priista y luego al panista, que se autoproclamaron guardianes de los valores, la transparencia y la moral pública, terminan adoptando —o superando— las mismas prácticas que juraron erradicar.

Lucraron con la oposición: discursos encendidos en redes, donativos millonarios disfrazados de “apoyo ciudadano”, alianzas oportunistas que cambiaban según el viento electoral, victimismo selectivo que convertía cada derrota en prueba de persecución y cuando el poder tocó a su puerta —ya sea en alcaldías, gubernaturas o espacios legislativos—, la transformación fue veloz y predecible: enriquecimiento inexplicable de familiares y allegados, uso clientelar de recursos públicos, silencio cómplice ante abusos de aliados, centralismo disfrazado de “unidad partidista”, justificación de lo injustificable porque “ahora nos toca gobernar”.

Lo más trágico no es la hipocresía en sí —eso ya lo esperábamos—, sino la velocidad con la que se normaliza, ayer era escándalo mortal el uso de programas sociales como moneda de cambio; hoy es “política social estratégica”, ayer condenaban el nepotismo y el tráfico de influencias; hoy lo llaman “lealtad familiar” o “confianza en los cercanos”, ayer gritaban por la independencia de poderes; hoy aplauden reformas que concentran todo en el Ejecutivo o en el partido dominante, la congruencia se convierte en lujo prescindible cuando el sillón está caliente.

Esta revelación colectiva genera un daño profundo: no solo desilusión, sino cinismo generalizado, el mexicano de a pie, el que creyó en el cambio, el que marchó, votó con esperanza o donó su tiempo, termina pensando: “Todos son iguales” y esa frase, repetida hasta el cansancio, es el verdadero triunfo de la corrupción sistémica, porque cuando la gente deja de creer que existe diferencia, deja de exigirla, la apatía se convierte en el mejor aliado del statu quo.

Pero el ciclo no tiene por qué ser eterno, la verdadera salida no está en buscar “el nuevo salvador” —esa figura mesiánica que tarde o temprano repetirá los vicios—, ni en refugiarse en el abstencionismo estéril, esta en lo pequeño, en lo concreto, en lo que no se corrompe tan fácilmente: en defender los valores personales y familiares con coherencia diaria, sin esperar que la política los imponga; en exigir rendición de cuentas local a presidentes municipales, diputados locales, gobernadores —ahí es donde el poder se toca, se ve y se puede fiscalizar—; en construir ciudadanía activa que no dependa de siglas: organizaciones civiles, redes vecinales, iniciativas comunitarias que demuestren que sí es posible actuar con principios sin caer en la lógica del poder; en recordar que la fe —cualquiera que sea— y la moral no son banderas electorales: son brújulas personales que deben guiar antes que cualquier plataforma partidista.

La política mexicana seguirá siendo un teatro de máscaras mientras no exijamos congruencia como condición mínima, no como opción, mientras creamos que “el fin justifica los medios” cuando nos conviene, seguiremos alimentando el mismo monstruo que decimos combatir.

La desilusión duele, pero también puede ser fecunda, duele porque es cierta; duele porque revela que el problema no es solo “ellos”, sino también nuestra disposición a seguir comprando discursos vacíos, que sirva entonces, de recordatorio: ningún partido, ningún líder, ninguna bandera nos salva si no nos salvamos primero nosotros mismos.

México merece más que máscaras intercambiables, merece mexicanos que ya no se conformen con ellas.