Réquiem por la soberanía perdida.

En el vasto lienzo fracturado de la república mexicana, donde las grietas se extienden como venas secas en un desierto olvidado, se revela la anatomía de una traición colectiva que trasciende los salones palaciegos y se infiltra en el pulso cotidiano de la nación. No es mero capricho histórico ni fatalidad inexorable lo que invita a las sombras externas a danzar sobre nuestras fronteras, es la orquesta desafinada de un régimen que, bajo el estandarte de Morena, ha compuesto una sinfonía de capitulaciones ante el leviatán del crimen organizado, con Andrés Manuel López Obrador como director supremo y Claudia Sheinbaum como virtuosa continuadora de un réquiem por la soberanía perdida, si las alas de aviones extranjeros surcan algún día el firmamento tricolor, si los decretos ajenos dictan el ritmo de nuestra justicia interna, no culpen al viento global ni a las ambiciones imperiales: la semilla de esta humillación fue plantada en el suelo fértil de una “cuarta transformación” que no transformó más que ilusiones en cadenas, complaciendo al narcotráfico con políticas que disfrazan la inacción como humanismo y la corrupción como equidad redistributiva.

Ampliemos el espejo quebrado para contemplar no solo la superficie sangrienta de las caravanas de muerte y las fosas que salpican el paisaje como estigmas indelebles, sino las profundidades económicas donde el centralismo asfixiante de Morena ha estrangulado las raíces productivas de las regiones, pensemos en las comunidades rurales, antaño guardianas de tradiciones que entretejen el trabajo honesto con la solidaridad vecinal, ahora abandonadas a la merced de cárteles que controlan cadenas de suministro, extorsionan cosechas y envenenan el futuro con opioides sintéticos, López Obrador, con su retórica de austeridad franciscana pervertida en clientelismo electoral, desmanteló las estructuras que podrían haber empoderado a los municipios para resistir esta invasión interna, optando en cambio por un liberalismo populista que centraliza el poder en un mesías laico, ignorando el principio eterno de que la autoridad verdadera surge de lo local, nutriendo el bien común desde las familias y las asociaciones libres, no desde edictos capitalinos que sofocan la iniciativa.

Sheinbaum, heredera de esta doctrina hueca, perpetúa el error al priorizar megaproyectos faraónicos —esos monumentos al ego que devoran recursos sin fortalecer las defensas comunales—, mientras el fentanilo cruza fronteras porosas como un espectro invisible, cobrando vidas en un holocausto silencioso que avergüenza a cualquier alma que valore la dignidad inherente de cada ser, más la crítica se expande hacia el horizonte internacional, donde la complacencia de Morena ha convertido a México en un eslabón débil en la cadena global de seguridad, invitando implícitamente a intervenciones que no son sino el reflejo de nuestra propia debilidad autoimpuesta, las alianzas diplomáticas erosionadas, los tratados comerciales que se tambalean bajo el peso de una “narco política” que infiltra embajadas y consulados, transformando la diplomacia en un teatro de marionetas manejadas por capos invisibles. ¿Acaso no es esta pasividad una forma de alta traición, más insidiosa que las batallas abiertas de antaño?

Todos los mexicanos compartimos esta carga, no como verdugos, sino como testigos mudos que hemos permitido que el virus del populismo infecte las instituciones, votando por promesas de cambio que solo cambiaron máscaras, sin exigir la rendición de cuentas que une a las sociedades en un pacto de mutua vigilancia, desde las urbes cosmopolitas hasta los pueblos remotos, hemos descuidado las redes de confianza que, inspiradas en valores perennes de fraternidad y respeto a la vida, podrían haber erigido murallas contra la corrupción: asociaciones civiles fortalecidas, iglesias como faros de resistencia moral y un Estado que retrocede para dejar espacio a la creatividad local, restaurando el orden no mediante decretos vacíos, sino a través de la armonía orgánica que surge cuando lo pequeño se eleva sin ser aplastado.

En este archipiélago de fragmentos que es México hoy, la propuesta no yace en más revoluciones ilusorias ni en lamentos estériles, sino en un renacimiento que reclame las esencias olvidadas: un federalismo auténtico donde las provincias reclamen su autonomía para combatir el crimen con herramientas adaptadas a sus realidades, tejiendo alianzas que honren la subsidiariedad como principio inquebrantable, un mosaico reensamblado donde las tradiciones ancestrales, con su énfasis en la comunidad como célula vital, inspiren leyes que protejan la familia contra la disolución moral inducida por el narco, fomentando economías locales que florezcan sin el yugo de extorsiones, que la vergüenza de una posible intervención extranjera —esa espada de Damocles pendiendo sobre nuestra independencia— se transmute en catalizador para una rebelión interna contra los verdaderos traidores: Morena y sus líderes, cuya herencia es un laberinto de mentiras donde el liberalismo se disfraza de justicia social, solo para perpetuar la desigualdad y la violencia.

Esta crítica debe señalar no resignación, sino una llama inextinguible de renovación, donde el pueblo, unido en su diversidad, rechace el centralismo como herejía contra el bien compartido, forjando una patria que no necesite salvadores externos porque ha redescubierto su fuerza interna.

¡Vergüenza perpetua sobre aquellos que en nombre del pueblo, lo entregaron a los lobos, que su legado sea el polvo de un capítulo cerrado y el nuestro, el alba de un orden restaurado!