Ciudad Divina vs. Transformación ilusoria.

En la penumbra de un mundo donde las fronteras se dibujan con el filo de la fuerza y las palabras se retuercen hasta perder su verdad, la voz del Papa León XIV ha resonado en el Aula de las Bendiciones como un eco agustiniano: la guerra, nos dice el Santo Padre, “vuelve a estar de moda”, no es una moda pasajera, sino el síntoma de una ciudad terrenal que, ebria de amor propio, ha olvidado el amor que edifica desde la humildad, su discurso a los diplomáticos, pronunciado el 9 de enero de 2026, no es mera cortesía protocolar, es una advertencia profética que nos interpela a todos, pero con especial urgencia a un México fracturado por el espejismo del poder centralizado.

León XIV, en su primera gran intervención diplomática, retoma la Ciudad de Dios de san Agustín para recordarnos que toda política auténtica debe habitar la ciudad terrenal con el corazón vuelto hacia la celestial, donde impera el orgullo —el amor sui que convierte al Estado en ídolo— la diplomacia cede su lugar a la lógica del dominio, así se explica el resurgimiento de conflictos que devoran vidas civiles, desde Ucrania hasta Tierra Santa, y que el Papa denuncia con claridad evangélica: la fuerza no construye paz, sino que la disfraza de victoria, en América, donde las tensiones del Caribe y la costa pacífica reverberan como heridas abiertas, esta lógica se manifiesta también en formas sutiles: la erosión de la libertad religiosa, la discriminación ideológica contra quienes defienden la verdad evangélica, y el lenguaje orwelliano que, bajo pretexto de inclusión, silencia la voz de los humildes, un lenguaje que invierte los significados como en un espejo deformante, donde la “transformación” se convierte en estancamiento disfrazado, la “igualdad” en privilegio para los leales al régimen, y la “justicia social” en un eufemismo para la venganza ideológica que Morena y Sheinbaum esgrimen contra las raíces mismas de la nación, manipulando las palabras para que el disenso sea tildado de traición, y la tradición católica de opresión, en un doblepensar que asfixia el aire de la libertad auténtica.

En nuestro país, esta deriva encuentra un reflejo doloroso, el populismo que ha dominado la escena pública, con su retórica de redención estatal y su concentración de poder, encarna precisamente ese amor sui que Agustín diagnosticó: un Estado que se erige en salvador omnímodo, pero que termina fracturando la sociedad al ignorar la subsidiaridad, esa sabia distribución de responsabilidades que permite a las comunidades locales —familias, parroquias, pueblos— ser verdaderos sujetos de su destino, bajo el manto de la “cuarta transformación”, hemos visto cómo la centralización burocrática asfixia las iniciativas de base, cómo la retórica igualitaria enmascara la exclusión de quienes no se alinean con el discurso oficial, y cómo la defensa abstracta de los pobres se convierte en instrumento para perpetuar la dependencia, la palabra del Santo Padre nos interpela aquí con precisión quirúrgica: la verdadera paz no se impone desde arriba, sino que se teje desde abajo, desde corazones humildes que reconocen en el otro la imagen de Dios.

Y es en la defensa de la dignidad humana donde el discurso de León XIV brilla con mayor intensidad, rechaza con firmeza el aborto como “derecho” negociable, condena la gestación subrogada que mercantiliza la vida, y llama a proteger a los vulnerables —migrantes, ancianos, enfermos— sin ceder a ideologías que disocian los derechos de la verdad, en un México donde la violencia devora comunidades enteras y la familia es atacada por políticas que diluyen su esencia natural, estas palabras son un bálsamo y un desafío, la Iglesia no busca imponer, sino recordar: la vida es sagrada desde la concepción hasta la muerte natural, la familia es unión indisoluble entre hombre y mujer, y la libertad religiosa no es un lujo, sino el fundamento de toda convivencia pacífica.

La guía del Santo Padre no es un programa político, sino un camino espiritual que desarma el orgullo y restaura el diálogo, propone, para un México herido, recuperar la subsidiaridad como antídoto al centralismo: fortalecer las estructuras intermedias —las comunidades parroquiales, las asociaciones vecinales, las cooperativas— para que la reconstrucción no dependa de un poder lejano, sino de la corresponsabilidad de todos, que la humildad de la verdad y la valentía del perdón, invocadas por León XIV al recordar a san Francisco, sean el cimiento de una nación que, sin renegar de su catolicidad profunda, sepa superar las fracturas del resentimiento y del poderío.

En estos tiempos de tinieblas, la palabra del Vicario de Cristo no es un eco distante: es la brújula que nos recuerda que la ciudad de Dios no se conquista con decretos, sino con corazones convertidos, que México sepa escucharla y obedecerla.