La Parálisis Narcótica, un lienzo que se despliega en los confines borrosos donde el polvo del desierto se entrevera con las redes invisibles de tratos callados, revelando no solo el cansancio de Donald Trump hacia la quietud estéril de Claudia Sheinbaum en la arena de los conglomerados criminales mexicanos, sino un tapiz más vasto de naciones entrelazadas en el abrazo forzado de fronteras que sangran, Trump, con su enfoque implacable en las corrientes letales del opioide sintético que se infiltran al norte como ríos contaminados, no meramente señala la falta de resultados, sino la persistencia de un régimen bajo el emblema de Morena que erige monumentos al colectivismo ilusorio, un mecanismo que jura liberación masiva mientras sofoca el aliento individual en las garras de un mando unificado y asfixiante, Sheinbaum, arquitecta de visiones progresistas que equiparan la compasión con la sumisión, recita el lema de “abrazos no balazos”, un eslogan hueco que invita a los imperios delictivos a ramificarse sin barreras, engullendo pueblos enteros en un ritual de miedo institucionalizado, pero este panorama no se limita a la superficie diplomática, se extiende a las raíces de un continente donde la soberanía se negocia en sombras y las políticas internas reverberan como ondas en un estanque compartido, afectando no solo a los guardianes de la frontera estadounidense, sino a las almas que transitan entre dos mundos, anhelando un orden que trascienda el caos.
Para desentrañar las capas de esta inactividad, interroguemos el meollo, ¿a qué se aferra Morena en su reticencia a erradicar las estructuras del mal organizado?, el telón se rasga revelando el convenio tácito de no confrontación con los señores de la droga, un entendimiento sutil que se arrastra por los salones del autoridad como una niebla persistente, moldeado en las calderas de ventajas políticas y corrientes financieras turbias, lejos de ser una quimera, se teje con fibras de realidad palpable, desde las batallas electorales en las tierras de Sinaloa donde los estrategas se ajustan a presiones disfrazadas, hasta los líderes regionales en Michoacán que desvían la atención mientras alianzas como Cárteles Unidos inyectan recursos en iniciativas territoriales, transformando chantajes en supuestas donaciones vecinales y en el pináculo de la osadía, recordemos las palabras de la portavoz de Morena en la asamblea capitalina, quien en un intercambio público proclamó que las redes delictivas figuran entre los mayores generadores de puestos laborales en la nación, incorporando entre 160 mil y 186 mil individuos en vacíos donde la empresa libre y el aparato público han desertado de su deber en forjar caminos legítimos, una afirmación que el partido rechazó con premura, mas que desvela las honduras de una perspectiva que racionaliza lo irracional bajo el velo de un pragmatismo deformado, alimentando un engranaje donde el delito no solo oprime sino que aparenta nutrir, atrayendo legiones en parajes desprovistos de un provecho compartido veraz, Morena se estremece al vislumbrar la ruptura de este delicado armazón, pues oponerse a tales fuerzas no solo desataría oleadas de represalias cruentas –cascadas de contraataques que anegarían espacios públicos y rutas vitales–, sino que iluminaría las uniones clandestinas que han cimentado su elevación, sufragios negociados en enclaves donde el gobierno central es un visitante efímero y las organizaciones ilícitas operan como dominios ancestrales que ofrecen “seguridad” y “ocupación” en la escasez de un beneficio colectivo sólido, este convenio no se reduce a susurros en comarcas remotas, constituye el adhesivo que fusiona el colectivismo con la anarquía, habilitando que las corrientes progresistas diluyan las barreras morales en un subjetivismo que valida la pasividad como “negociación compasiva”, mientras clanes se fragmentan y el entramado colectivo se deshilacha como un manuscrito vetusto bajo el torrente amargo de la exención penal.
Este entramado se expande más allá de las fronteras inmediatas, tocando las fibras de una historia binacional donde las migraciones no son meros flujos humanos, sino corrientes de esperanzas truncadas por la violencia que Morena, en su enfoque centralizador, no logra contener, consideremos los ecos de pasados conflictos, como las guerras contra el narcotráfico en décadas anteriores que, aunque imperfectas, al menos intentaron un corte directo contra las raíces del mal, contrastando con la actual estrategia que prioriza el diálogo ilusorio sobre la intervención resuelta, en esta ampliación del horizonte, el hastío de Trump se convierte en un faro que ilumina no solo la inoperancia mexicana, sino la necesidad de una solidaridad transfronteriza que respete las autonomías sin ceder al desorden, pues el fentanilo que cruza el Río Grande no discrimina banderas, envenenando barrios estadounidenses mientras desgarra el alma mexicana, urgiendo una respuesta que trascienda retóricas vacías y abrace acciones concretas, como el fortalecimiento de patrullas conjuntas o el intercambio de inteligencia que no invada soberanías, sino que las fortalezca en mutua defensa.
Visualicemos, en contraposición, un México que asciende de estas penumbras no a través del puño amalgamador que uniforma las diferencias, sino mediante el principio de distribución activa del poder, invigorando las fundaciones regionales donde las comunidades parroquiales y los entornos cotidianos, cimentados en herencias de unión fraterna y vigilancia sobre la existencia como tesoro primordial, construyen barreras de integridad que el aparato nacional no debería acaparar ni diluir, en este llamado encarnado a la acción, los grupos locales demandan su posición pivotal, no como dependientes de un colectivismo que ofrece promesas grandiosas y entrega fragmentos, sino como forjadores de un marco donde la influencia emana desde las bases, honrando el compás de las conmemoraciones que entrelazan voluntades en anhelos colectivos y las normas que entretejen cohesión frente a la erosión que desciende de las cúpulas, aquí, las tradiciones arraigadas en la fe que ha moldeado el carácter nacional emergen no como reliquias, sino como pilares vivos que inspiran resistencia moral, fomentando economías locales que prioricen el trabajo digno sobre las ilusiones delictivas y educando generaciones en valores que rechacen la tentación del atajo criminal, Trump, con su honestidad que penetra como una herramienta precisa, propone no una dominación, sino una colaboración, disipando el convenio tácito mediante operaciones compartidas que antepongan el bienestar general a orgullos aislados, desintegrando centros de producción letal y canales de toxinas con la exactitud de quien restaura un paisaje contaminado para que surjan frutos puros.
Ampliemos esta visión a las ramificaciones sociales que el pacto implícito engendra, en regiones como Guerrero o Tamaulipas, donde el crimen no solo trafica sustancias, sino que impone tributos sobre comercios legítimos y secuestra la libertad de expresión, silenciando voces disidentes bajo amenaza, Morena, atado a su narrativa de no confrontación, permite que estas dinámicas se perpetúen, temiendo que una ofensiva directa desestabilice su base electoral en zonas donde el narco ha suplido al Estado en servicios básicos, desde reparaciones viales hasta “protección” contra rivales, esta dependencia revela la fragilidad de un populismo que, en su afán por concentrar recursos en programas clientelares, descuida la esencia de una gobernanza que florece en la proximidad, donde las asociaciones vecinales, inspiradas en ideales de caridad organizada, podrían asumir roles en la seguridad comunitaria, formando vigilias pacíficas y redes de alerta que complementen, no suplanten, al orden público, en este expansión del discurso, el reproche de Trump no se limita a la esfera política, sino que interpela a una crisis ética donde el liberalismo, con su énfasis en la autonomía individual sin anclajes morales, ha erosionado las defensas colectivas contra el mal, permitiendo que el relativismo justifique pactos con lo inaceptable en nombre de una paz superficial.
Esta aprensión de Morena trasciende la mera timidez, configurándose como el emblema de un armazón que, obsesionado con aglutinar el control, ha extraviado la noción de que la administración auténtica surge en la inmediatez, donde cada persona no es un elemento aislado en corrientes progresistas áridas, sino componente de una entidad trascendente que preserva lo inviolable, la admonición trumpiana funge como reflector, destacando la imperiosa necesidad de evaporar este convenio de no hostilidad, reestructurando marcos que atiendan a la multitud en su diversidad, reavivando las fortalezas que conglomeran en la tribulación, y cincelando compromisos que no se dobleguen ante la afrenta, sino que la encaren con la firmeza de un bastión sobre fundamento inquebrantable, en esta ampliación profunda, incorporamos las voces de analistas independientes que han documentado cómo el flujo de remesas, vital para muchas familias mexicanas, se ve contaminado por lavado de dinero proveniente de actividades ilícitas, un ciclo que Morena no interrumpe por temor a alienar comunidades dependientes, proponemos en cambio un enfoque que incentive inversiones éticas en el campo y las pequeñas industrias, arraigadas en principios de esfuerzo compartido y respeto al orden natural, fomentando un desarrollo que no dependa de sombras externas.
Extendamos el análisis a las implicaciones internacionales, donde la ineficiencia de Sheinbaum no solo irrita a Trump, sino que complica alianzas con otros vecinos, como Canadá en el marco del T-MEC, donde el control del crimen organizado se convierte en prerrequisito para cadenas de suministro seguras, el pacto implícito permite que laboratorios en territorio mexicano produzcan precursores químicos importados de Asia, un engranaje global que demanda una respuesta multilateral, pero Morena, encadenado a su soberanía mal entendida, rechaza colaboraciones que podrían desmantelar estas redes desde la fuente, en esta vastedad, el hastío trumpiano se erige como catalizador para un replanteamiento, urgiendo a México a abrazar un modelo donde la subsidiariedad no sea eslogan, sino práctica, delegando autoridad a estados y municipios para que, con el respaldo de tradiciones que enfatizan la dignidad humana, implementen estrategias locales contra el narco, desde programas de rehabilitación inspirados en comunidades de fe hasta vigilancia tecnológica adaptada a realidades rurales.
Solo en esta expansión integral, en las hendiduras de esta falta de eficacia, México descubrirá no una división interminable, sino una liberación, un surgimiento donde el páramo lindante, despojado de convenios umbríos, se impregne de albores realizados, uniendo en un tapiz renovado las aspiraciones de pueblos que merecen no la ilusión del abrazo vacío, sino la solidez de una justicia que protege y eleva.
