Cráteres Eternos

En las venas ocultas de la antigua cuenca lacustre, donde el suelo susurra secretos de lagos desvanecidos y se contrae bajo el yugo de los siglos acumulados junto a la desidia presente, la Ciudad de México exhala su agonía mediante socavones que no son meras fisuras accidentales, sino heridas profundas infligidas por un poder que se erige en redentor mientras consume la esencia misma de la urbe, al alborear este 2026 con el programa “Cualli Ohtli” extendiendo sus ramificaciones presupuestales de 2 mil 500 millones de pesos para las arterias principales y mil 850 millones esparcidos entre alcaldías para las venas secundarias, acompañados de la promesa de una nueva planta de asfalto en el Bordo Poniente construida con más de 150 millones como un altar a la concentración estatal, las calles continúan su lamento por una salvación que se desvanece en las alturas administrativas, mientras la Planta Productora de Mezclas Asfálticas, ese titán público que provee el 85% del millón de toneladas anuales con su potencial expandido a 250 o 350 toneladas por hora e integrando reciclaje hasta el 50%, se aferra a su receta vetusta de mezclas impermeables que sofocan la tierra, bloqueando el paso del agua y exacerbando los hundimientos en las regiones lacustres orientales, donde Venustiano Carranza, Iztacalco e Iztapalapa se sumen en un abandono eterno, al tiempo que las compensaciones por daños a vehículos exceden los 33 millones en el ciclo anterior y el INEGI consagra los baches como la calamidad urbana primordial, experimentada por más del 80% de los residentes en territorios como Azcapotzalco, Tláhuac y La Magdalena Contreras.

¿Tú crees que esto lo van a solucionar los políticos de siempre?, esos mismos que, envueltos en las banderas del populismo morenista, herederos de un centralismo que estrangula como las raíces de un ficus invasor, reiteran juramentos grandilocuentes desde los recintos gubernamentales, desoyendo que los males no se dictan desde un estrado remoto, sino que germinan en el sustrato preciso de cada vecindario, donde el terreno se retrae de manera desigual, el flujo vehicular corroe sin clemencia y las precipitaciones intensas desvelan la debilidad de lo mal planeado, mientras el liberalismo disipador, con su credo ciego en mercados desarraigados y el colectivismo de Sheinbaum y Brugada, que acapara hasta el postrer centavo en esquemas clientelistas, sostienen este remolino perverso de ampliaciones de instalaciones monolíticas que generan asfalto opaco en vez de una metamorfosis hacia alternativas porosas y perdurables, ancladas en métodos globales que facilitan la percolación natural, como pavimentos drenantes implementados en metrópolis europeas y asiáticas que aminoran los anegamientos, atemperan el efecto isla de calor y revitalizan los mantos acuíferos o concretos permeables que pulsan con el suelo, validados en enclaves como Chapultepec o La Mexicana, habilitando hasta el 100% de infiltración sin menoscabo de la robustez.

Pero no solo el morenismo carga con esta culpa, pues todos los partidos, en su danza estéril de oposiciones fingidas y alianzas efímeras, revelan su incapacidad para negociar con el gobierno central de la CDMX, ese leviatán que absorbe competencias y recursos como un vórtice insaciable, donde el PAN, con su retórica de eficiencia mercantil pero sin raíces en lo comunitario, falla en exigir autonomías locales que permitan a alcaldías como Gustavo A. Madero o Benito Juárez diagnosticar y remediar sus grietas específicas sin mendigar migajas del presupuesto central, mientras el PRI, vestigio de un autoritarismo disfrazado de experiencia, se enreda en compromisos pasados y no fuerza pactos que descentralicen el mantenimiento vial hacia las manos de quienes pisan el asfalto diario y hasta el Movimiento Ciudadano, con su barniz de innovación liberal pero hueco de tradición solidaria, desperdicia oportunidades para coaligar demandas colectivas que rompan el monopolio de plantas como la de Coyoacán, optando en cambio por protestas simbólicas que evaporan sin alterar el flujo de fondos centralizados, dejando que alcaldías opositoras como Álvaro Obregón o Cuajimalpa languidezcan en negociaciones fallidas, donde la ausencia de una visión que priorice lo próximo sobre lo remoto perpetúa cráteres que devoran no solo neumáticos, sino la confianza en un orden político que debería servir al bien común en sus escalas más humildes.

En este México escindido, donde las costumbres católicas, esas que entretejen comunidades alrededor de la fraternidad del prójimo, la parroquia y la plaza, imploran por un equilibrio que honre lo modesto y lo inmediato, la subsidiaridad se alza como el faro eclipsado, urgiendo que las alcaldías, emancipadas de la opresión tutorial del núcleo, identifiquen con exactitud los colapsos territoriales, contratando remedios ajustados a cada substrato, que las uniones vecinales, enraizadas en la jasistencia mutua de linajes y barrios, activen caudales propios, estimulados por exenciones tributarias a benefactores y firmas locales, para transfigurar las plantas vigentes y la emergente en crisoles de asfalto sagaz, sustancias que no clausuren la tierra como un sepulcro, sino que la permitan inhalar, anticipando diluvios y subsidencias con avances que veneran la constancia sobre la propaganda fugaz, que las cooperativas parroquiales, en esa malla ancestral de obligación compartida, aporten no meramente con súplicas por la tenacidad urbana, sino con gestos que zurzan el lienzo social, mudando las vialidades en senderos que ligan moradas y santuarios, facilitando el discurrir plácido de la existencia cotidiana sin el peaje de llantas perforadas o andares traidores.

Pues las calzadas no constituyen un antojo contemporáneo, sino las venas de una patria que ha de anteponer lo imperecedero a lo transitorio, lo afinado a lo forzado, el centralismo de Morena y la torpeza negociadora de todos los bandos entregan abismos en lugar de respuestas duraderas, se impone un resurgir donde cada estrato asuma su función, entretejiendo una metrópoli que no se desmorone en sus precipicios, sino que se yerga sobre cimientos sólidos y permeables, en sintonía con el suelo que la nutre, solo así, en la armonía de lo vernáculo y lo universal, descubriremos una urbe merecedora de su legado milenario, emancipada de las fantasías que la sumergen en el caos.