Vals con el Diablo, ¡Pacto Diabólico!

En la vasta telaraña de la política mexicana, donde cada hilo de declaración se entreteje con sombras de traiciones ancestrales y velos de significados ocultos que revelan la podredumbre de un sistema corrompido por ambiciones centralistas, Adriana Marín, esa figura que actúa como portavoz de Morena en el Congreso de la Ciudad de México, no surge como voz profética que clame por la disolución de un pacto siniestro con el narco, sino que responde a la provocación de un interlocutor en un debate acalorado, desgranando una realidad que apesta a resignación y connivencia, al exponer cómo el crimen organizado opera como un leviatán económico que absorbe entre 160 mil y 185 mil individuos al año, incorporando cientos más cada semana para reponer las filas diezmadas por la violencia o las capturas, justificando esta aberración como un remedio perverso que cubre las fallas monumentales del Estado y el sector privado en una nación donde las oportunidades se han evaporado bajo el peso de políticas que priorizan el control sobre la prosperidad compartida.

Esta réplica no es un mero comentario inocuo, sino una confesión velada que ilumina la complicidad profunda entre el aparato estatal y las fuerzas del caos criminal, un reconocimiento implícito de que ambos coexisten en una simbiosis destructiva que socava los cimientos de la sociedad, Morena, ese ente que se autoproclama redentor de las masas oprimidas, hereda y perpetúa la doctrina falaz de “abrazos, no balazos” como un pretexto para la inercia paralizante, autorizando que sus emisarios defiendan la pasividad con sofismas pseudosociales que disfrazan la cobardía como sabiduría, mientras Sheinbaum, guardiana férrea de este legado de centralismo asfixiante, preside sobre un México donde el narco no se enfrenta como un adversario mortal a erradicar con determinación inquebrantable, sino que se acomoda como un elemento tolerado e incluso funcional en una economía de la desesperanza que devora regiones enteras.

Este régimen no solo erosiona las raíces vitales de lo local, como esas comunidades autónomas que podrían forjar su propio sustento a través de iniciativas arraigadas en lazos orgánicos de solidaridad o esas familias que anclan su dignidad en labores honestas y compartidas que trascienden el mero intercambio mercantil o esas costumbres ancestrales que elevan el espíritu colectivo por encima del torbellino del desorden económico y la codicia individualista, sino que también ignora deliberadamente el clamor por un orden que empodere lo próximo sin someterlo al yugo de lo remoto, revelando así la victoria insidiosa del populismo que promete redención colectiva pero siembra semillas de dependencia, veneno y del liberalismo economicista que reduce la existencia humana a ecuaciones frías y desalmadas, desoyendo la necesidad imperiosa de un marco que nutra las estructuras intermedias donde la persona florece en su integridad.

¿No es esto el clímax de una hipocresía estructural que transforma al Estado en un coloso indiferente, permitiendo que el crimen se incruste como proveedor alternativo porque las políticas clientelistas han pulverizado las vías genuinas de progreso, como las empresas familiares que tejen redes de responsabilidad mutua o las cooperativas locales que encarnan la esencia de una economía participativa y subsidiaria o las asociaciones comunitarias que custodian valores perennes contra la marea de la fragmentación?, esta complicidad no surge de un vacío, sino que se enraíza en una historia de abdicaciones sucesivas donde gobiernos previos, aunque criticados por su dureza, al menos intentaron confrontar al monstruo, mientras que el actual, envuelto en retórica de paz ilusoria, ha permitido que el narco expanda sus tentáculos hacia esferas como la migración forzada, el control territorial que desplaza poblaciones enteras y erosiona soberanías locales o la infiltración en cadenas de suministro que contaminan la economía formal con lavado de activos, creando un narcoestado disfrazado no como una caricatura burda de dominación total, sino como una red sutil de tolerancias mutuas donde el poder central negocia implícitamente con el mal para mantener su hegemonía.

Debilitando así lo que podría servir de resistencia: los ayuntamientos convertidos en bastiones de autonomía ordenada que defienden el bien común desde lo cercano, los templos y parroquias que actúan como faros de cohesión espiritual y social, inspirando una ética que prioriza la caridad organizada sobre el egoísmo estatal o el individualismo rapaz y las prácticas culturales arraigadas en tradiciones que forjan lazos duraderos contra el aislamiento moderno, en esta división letal que fractura el tejido nacional como un mosaico roto por temblores de corrupción y violencia, donde el crimen no solo consume territorios geográficos sino que devora el alma colectiva al imponer un reinado de miedo que suprime voces disidentes y pervierte la juventud hacia caminos de perdición, urge una renovación radical que trascienda las falsas dicotomías de izquierda y derecha, reviviendo esas conexiones vitales que protegen la existencia auténtica mediante la promoción de una subsidiaridad real que delegue autoridad a los niveles más bajos para fomentar la responsabilidad compartida, fortaleciendo lo cercano para que el trabajo emerja de fuentes honestas y creativas en lugar de abismos criminales, impulsando una economía que respete la persona en su totalidad como ser relacional y trascendente, no como mero engranaje desechable en maquinarias de poder o mercado.

Solo así, desmantelando las máscaras de realismo pragmático que ocultan la cobardía cómplice y las ilusiones de progreso que encubren regresiones morales, México podría cauterizar sus heridas profundas, convirtiendo la pasividad resignada en una lucha colectiva por la paz verdadera que no se basa en concesiones con la oscuridad sino que se ilumina con el fulgor de lo permanente y lo eterno, uniendo al pueblo en una liberación integral que el populismo demagógico y el materialismo liberal nunca podrán lograr, restaurando un mundo donde el poder sirva humildemente sin dominar tiránicamente, donde la herencia espiritual inspire acciones cotidianas sin imponer dogmas rígidos, donde la ruptura social se cure en la amalgama de lo real y lo sagrado, extendiendo esta visión más allá de fronteras internas para confrontar influencias externas que alimentan el caos, como flujos ilícitos de armas y capitales que perpetúan el ciclo vicioso o narrativas globales que relativizan el mal en nombre de un multiculturalismo vacío, proponiendo en su lugar alianzas basadas en principios universales de dignidad humana que fortalezcan soberanías nacionales sin aislarse, integrando lecciones de naciones que han resistido similares plagas mediante la revitalización de sus tejidos locales y espirituales y así forjar un México renacido donde la fractura se transforme en sinfonía de unidad orgánica, libre de las cadenas del pacto diabólico que hoy nos desgarra.