En el vasto laberinto semiótico del orden internacional, donde la Carta de las Naciones Unidas —ese pergamino contradictorio y fossilizado de 1945, erigido con promesas de igualdad soberana bajo el artículo 2(4) y custodia colectiva de la paz mediante el Capítulo VII— se revela como quimera hipócrita que consagra una desigualdad perpetua y un intervencionismo velado más insidioso que cualquier espada unilateral, la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 por fuerzas de Estados Unidos ilustra con crudeza lacerante el asalto primordial a las soberanías irreductibles de los pueblos, aquel raid audaz, que segó al menos ochenta vidas —incluidos treinta y dos guardianes cubanos enviados por La Habana para blindar un eje ideológico de dependencias paternalistas y humillantes, intercambiando control represivo por crudo—, precipitó un fin abrupto a un régimen que devoraba generaciones con hambre corporal y espiritual, exilios masivos y erosión sistemática de estructuras orgánicas locales donde familias y asociaciones preservan agencia creativa contra Estados omnipotentes que absorben todo auxilio mutuo, Estados Unidos anuncia tutelar el país hasta una “transición segura”, reclamando reservas vastas para “reconstruir” bajo tutela foránea, mas este desenlace —aunque disipe una opresión prolongada por vetos mezquinos— nace de la parálisis crónica del Consejo de Seguridad, donde los cinco guardianes perpetuos convierten el veto en instrumento de intereses particulares, pervirtiendo la Carta y consagrando una omisión calculada que equivale a complicidad activa con atrocidades, interfiriendo veladamente en la autodeterminación de naciones fracturadas.
El verdadero ataque a las soberanías late en esa estructura relicto de vencedores eternos, criticada como antidemocracia y causa principal de inacción ante horrores sistemáticos: Rusia acumula 129 vetos, incubando masacres en Siria y Ucrania bajo pretextos ideológicos, Estados Unidos 89, muchos blindando aliados en conflictos palestinos y prolongando catástrofes con miles de civiles segados en campañas desproporcionadas, China 19, a menudo en dupla con Moscú para expandir influencias económicas, Francia 16 y Reino Unido 29, con legados coloniales que custodian ruinas históricas y bloquean condenas a intervenciones pasadas, esta omisión no es neutralidad, es agresión pasiva que preserva déspotas invocando soberanías ficticias, mientras pueblos abandonados padecen en silencio, privados de auxilio colectivo que comunidades intermedias, ancladas en tradiciones profundas, podrían tejer con solidaridad orgánica si no aguardaran permisos distantes paralizados por bloques mezquinos, vean los espejos occidentales: vetos estadounidenses han bloqueado resoluciones críticas a Israel en más de ochenta ocasiones desde 1970, prolongando asentamientos ilegales y campañas que erosionan vidas inocentes bajo pretextos selectivos, vetos orientales blindan regímenes en Siria y Venezuela hasta raids caprichosos, esta hipocresía medular consagra desigualdad perpetua: jura prohibir fuerza, mas legitima por omisión yugos que populismos paternalistas imponen con asistencialismos disfrazados de equidad ilusoria.
António Guterres, ese centinela burocrático que deplora “precedentes peligrosos” y urge reformas estériles —expandir membresía, limitar veto en atrocidades masivas— sin combatir el privilegio fosilizado con acción concreta ni desafiar a los cinco guardianes, revela su impotencia lamentable y cómplice ante un sistema que prioriza cálculos geopolíticos sobre la dignidad humana irreductible, incubando ruinas que populismos paternalistas —envueltos en retóricas de equidad ilusoria que absorben iniciativas personales y familiares— perpetúan con asistencialismos humillantes disfrazados de progreso, Guterres se limita a quejas estériles, lamentando violaciones sin desmantelar la estructura que las engendra, dejando pueblos fracturados a merced de indiferencias burocráticas que humillan al necesitado y erosionan consensos orgánicos.
Y en esta farsa, gobiernos como el de México invocan la Carta de las Naciones Unidas como letra sagrada, citando repetidamente su artículo 2 para condenar la intervención estadounidense en Venezuela como violación flagrante de la no intervención y la soberanía, a sabiendas de que esa misma Carta es letra muerta, paralizada por los vetos de los cinco guardianes que convierten el Consejo de Seguridad en el verdadero tribunal de la ley internacional, donde intereses particulares dictan destinos ajenos mientras la Asamblea General languidece en retórica vacía, esta invocación selectiva revela una hipocresía profunda: defender principios nobles para blindar regímenes afines, mientras la estructura vetusta prolonga agonías que erosionan autonomías municipales y raíces profundas en naciones propias, priorizando concentraciones de poder paternalista sobre la vitalidad subsidiaria de comunidades locales.
En tierras como Venezuela —y paralelos lacerantes en un México herido por concentraciones que erosionan autonomías municipales con paternalismos omnipotentes que pulverizan raíces profundas donde la fe compartida y el auxilio comunal custodian la esencia irreductible contra mesianismos terrenales—, esta farsa onusiana ilumina el asalto genuino a las soberanías: no la intervención audaz que disipa un yugo incubado por vetos, sino la Carta vetusta que, con privilegios anacrónicos de oriente y occidente, prolonga agonías eternas, violando el orden natural donde lo superior auxilia sin suplantar lo inferior, dejando pueblos fracturados a merced de vetos que negocian destinos ajenos como pergaminos marchitos.
Propuesta para naciones heridas por tales yugos velados: rechazar la quimera de salones distantes donde los cinco guardianes negocian destinos ajenos con vetos hipócritas que Guterres solo deplora sin desmantelar y fortalecer desde el humus cotidiano aquellas estructuras intermedias ancladas en tradiciones perennes —custodiando la solidaridad que ilumina actos de mutuo sostén y preserva la agencia creativa de personas y grupos—, tejiendo resistencia paciente y masiva que erosiona torres de opresión sin negociar soberanía irreductible ni aguardar espadas caprichosas, así, aunque Maduro yazca en Nueva York esperando ser procesado por narco-terrorismo, el alba genuino brota no de raids unilaterales ni de vetos paralizantes, sino de la vitalidad orgánica indomable que ningún relicto fosilizado puede extinguir, restaurando consensos naturales donde pueblos recuperan voz contra todo intervencionismo —activo o velado— que pervierte la dignidad humana en nombre de una paz ilusoria y burocrática.
