Albores engañosos: la prosperidad aparente y las sombras de un endeudamiento desbocado

En el umbral de 2026, México exhibe indicadores macroeconómicos halagüeños: desempleo en torno al 2.6-2.9%, peso fortalecido, Bolsa en alza, salario mínimo elevado a 315 pesos diarios, y poder adquisitivo recuperado en más de 150% real desde 2018, signos de resiliencia que contienen inflaciones externas y avivan consumo interno ante tormentas globales.

Mas, en esta galería de indicadores luminosos, se oculta un reverso más oscuro, como aquellas novelas donde el narrador confiable desvela lentamente las ilusiones del protagonista, el régimen, persiste en un paradigma estatizador que antepone la concentración del poder y la soberanía absolutista del Estado a la fertilidad de las iniciativas dispersas, aquellas que brotan de la familia, la comunidad y las asociaciones intermedias, un Estado que todo lo absorbe, todo lo regula y ya sabemos lo que esto conlleva a largo plazo: estancamiento crónico, dependencia perpetua y la asfixia de las libertades creativas que han florecido siempre en esferas más cercanas al hombre concreto, mientras los mercados celebran una estabilidad aparente, la administración se afana en consolidar su dominio: supermayorías en el Congreso que han allanado el camino a una reforma judicial controvertida, donde la elección popular de magistrados ha generado dudas sobre la independencia de los contrapesos, y ahora, rumores de ajustes al sistema electoral que, según voces críticas, buscan eternizar una hegemonía, erosionando la certeza que la inversión anhela como el aire.

Bajo el pleno empleo aparente late una informalidad tenaz, que ronda el 54-55%, significando que más de la mitad de los ocupados carecen de redes de protección social, prestaciones plenas y horizontes de productividad, esta precariedad no es mero accidente, sino fruto de un modelo que desconfía de los incentivos a la formalización: simplificaciones administrativas, capacitación vinculada al empresariado, apoyo fiscal a las pequeñas y medianas empresas que generan la mayoría de los empleos, en su lugar prevalece una redistribución directa que, aunque equitativa en intención, se resiste a la coinversión público-privada, a los modelos duales de formación y a las reformas fiscales progresivas que capturen rentas sin ahogar el espíritu emprendedor y que destina más de un billón de pesos a programas sociales en 2026, recursos que, transferidos directamente, sostienen consumos efímeros pero no engendran riqueza duradera ni elevan la productividad colectiva.

La productividad, ese motor silencioso del crecimiento inclusivo, permanece estancada, condenando proyecciones a rangos modestos: el gobierno aspira a entre 1.8% y 2.8% del PIB, mientras organismos internacionales como el FMI y la OCDE los sitúan en torno al 1.2%-1.5%, insuficientes para absorber el millón anual de nuevos ingresantes al mercado laboral y superar el estancamiento per cápita que nos ata a niveles de hace una década, un letargo que se agrava con la obsesión por empresas públicas ineficientes: Pemex, cargada con una deuda superior a los 100 mil millones de dólares, producción en declive histórico alrededor de 1.6-1.8 millones de barriles diarios y rescates constantes que devoran billones del erario; la CFE, sumida en pérdidas recurrentes y deuda que rebasa el medio billón de pesos, priorizando monopolios estatales sobre alianzas que liberarían energías limpias y eficientes, México atrae relocalización de cadenas productivas por su proximidad y estabilidad macro, mas el dogmatismo ideológico —rechazo a subsidios, limitación a la participación privada en energía, énfasis en empresas públicas— frena el potencial priorizando un control central que recuerda aquellas utopías estatistas donde el leviatán absorbe las vitalidades locales y condena al país a un crecimiento real casi nulo en términos per cápita desde 2018.

Y en el corazón de esta rigidez late una inversión masiva que, en lugar de formar intelectos libres y críticos, se destina a un adoctrinamiento disfrazado de formación, donde los libros de texto gratuitos —distribuidos en cientos de millones de ejemplares bajo la Nueva Escuela Mexicana— infunden narrativas partidistas que perpetúan una visión hegemónica, alejada de la pluralidad que nutre almas independientes y comunidades orgánicas, México ocupa posiciones rezagadas en evaluaciones internacionales, no por falta de recursos, sino porque el gasto se orienta a consolidar lealtades ideológicas en las aulas, en detrimento de una verdadera elevación del espíritu mediante conocimientos universales y valores arraigados en la dignidad de la persona.

El peligro mayor se perfila en las finanzas públicas, donde la deuda —medida por el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público— ronda el 51-52% del PIB, con proyecciones de estabilización alrededor del 52.3% para 2026, el servicio de esta deuda, el pago de intereses y comisiones, alcanzará récords equivalentes al 4.1% del PIB: una suma que supera el gasto combinado en salud y educación, revelando cómo gran parte del nuevo endeudamiento se destina apenas a cubrir obligaciones antiguas, limitando la inversión en lo que verdaderamente fortalece a la nación y legando a las generaciones venideras una carga desmedida.

En este laberinto de paradojas —estabilidad que coexiste con vulnerabilidad, logros que enmascaran rigideces—, el camino adelante demanda una visión que honre la dispersión de responsabilidades: incentivos a la formalización desde lo local, inversión en formación técnica y infraestructura mediante alianzas reguladas, fortalecimiento del Estado de derecho más allá de narrativas preventivas, la revisión del T-MEC en julio, las bases macro y la relocalización global ofrecen una ventana histórica, mas dependerá de si el oficialismo abandona su afán centralizador y abraza el diálogo concertado, donde gobierno, privado, sindicatos y sociedad civil tejan un crecimiento que no sea efímero, sino arraigado en la subsidiaridad de las esferas naturales, de lo contrario, estos albores prometedores se disiparán como niebla matutina, profundizando fracturas en un México que anhela unidad orgánica por encima de imposiciones ideológicas, el momento clama por sensatez, esa virtud antigua que equilibra ambición con prudencia, antes de que la inacción convierta oportunidades en lamentos.