La hora de la rebelión contra el leviatán central

Hoy México se contempla en un espejo quebrado que revela no solo sus rupturas profundas, sino la exigencia urgente de que cada ciudadano actúe en el rumbo compartido, participar en la política no es prerrogativa de castas altas ni mero entretenimiento remoto, sino el gesto fundamental mediante el cual el ser humano, sellado por un orden trascendente, ratifica su dignidad al aportar al bien de la comunidad viva, esa trama primordial de hogares, templos y agrupaciones cercanas que sostiene la sociedad antes de que el poder distante pretenda engullirla por completo.

Este año trae pruebas que rechazan toda indiferencia, la revisión conjunta del T-MEC en julio, que probará nuestra autonomía económica sin rendirnos a fantasías aislacionistas, los esfuerzos por recibir el gran torneo futbolístico mundial, capaz de congregarnos en alegría común o de desnudar nuestras desigualdades persistentes y principalmente, la iniciativa de reforma electoral que se presentará a mediados de enero desde el ejecutivo, con intenciones de eliminar legisladores plurinominales, suprimir organismos electorales locales y reducir financiamientos, todo en vísperas de las elecciones intermedias de 2027 donde se renovarán la Cámara de Diputados y numerosas gubernaturas, el partido hegemónico, con su dominio afianzado, intenta modificar las reglas del juego cuando el equilibrio demanda contrapesos frescos, una táctica que evoca aquellas acumulaciones de autoridad, que cubiertas con mantos de austeridad, ahogan las instancias medias donde las regiones y las colectividades respiran con autonomía.

El populismo seduce con salvaciones rápidas mediante el lider y el reparto dependiente, agravando nuestras grietas, asistencialismos encubiertos, equilibrios debilitados en nombre de una voluntad popular vaga y una centralización que sofoca la energía de las entidades federales, los núcleos familiares y las asociaciones voluntarias, el progresismo liberal, en paralelo, deshace las herencias culturales en un relativismo que abandona al individuo desarmado ante el aparato estatal absoluto, ante este doble cerco, la intervención política de 2026 debe recuperar lo orgánico y cercano, decisiones adoptadas en el nivel más próximo al afectado, hogares que forman en deber cívico, comunidades que custodian sus ritos enraizados, aquellas romerías y devociones que elevan el alma hacia lo perdurable y ciudadanos reunidos en cuerpos intermedios que supervisen y equilibren al centro sin rendirse ante redentores terrenales.

No es sermón ético, sino demanda existencial para una nación herida, intervenir es revitalizar asambleas municipales, reclamar claridad en procesos como los comicios locales en diversos estados, oponerse con razones mesuradas a las concentraciones que acumulan lo que debe dispersarse y nutrir esa prudencia eterna que reconoce que el cambio genuino emerge de las raíces, no de mandatos desde cumbres palaciegas, en 2026, cuando las miradas del orbe se fijen en nuestros terrenos de juego, que no nos hallen como simples observadores de nuestro relato, sino como artífices conscientes de un porvenir que pese a las cicatrices, retiene la vitalidad de un orden al servicio del bien de todos, la comunidad nos convoca, abdicar sería defraudar no solo a la tierra propia, sino a esa llamada honda que nos hace libres en armonía.

Por eso hay que participar.